domingo, 13 de julio de 2008

Los "hombres jaula", el lado más oscuro de la glamorosa Hong Kong

Viven en condiciones infrahumanas
Apiladas unas sobre otras, las jaulas son la casa de los más carenciados en Hong Kong
HONG KONG. Visto desde lejos, el lugar podría ser un negocio de venta de animales. Jaulas de techo a piso se ordenan a cada lado de un estrecho corredor y el aire tiene un olor rancio, una mezcla indefinible de comida, sudor y desechos.
A la entrada, un aviso en chino e inglés que cuelga de una pared manchada previene a los intrusos: Area privada, no entrar.
Sze Lai Shan, trabajadora social de una ONG local, ignora la advertencia y entra sonriente en el cuarto, un rectángulo de no más de 50 metros, en cuyo piso desgastado se acumula la mugre entre cubos de plástico, pedazos de diarios y recipientes de telgopor con sobras.
El sol se acaba de poner y una raquítica bombita derrama su luz cavernosa sobre la escena, que tiene algo de prisión, de pabellón psiquiátrico. Algo, incluso, de perrera municipal.
Quienes a esa hora se hacinan en la deprimente habitación saludan a Sze. Ella es una de las pocas almas en Hong Kong que se apiadan de los "hombres jaula", como se conoce aquí a los que viven en estas condiciones infrahumanas.
Acostados en sus camastros, algunos miran ensimismados al vacío, mientras otros se aglomeran frente a un pequeño televisor para ver las noticias que dan cuenta ese día de la reunión en Japón del G-8, el grupo de los países más desarrollados.
En Hong Kong, la ciudad que se ufana de tener el mayor número de automóviles Rolls Royce per cápita y donde alquilar un departamento de 23 metros cuadrados cuesta 500 dólares, hay seres humanos que viven, comen y duermen en jaulas.
Su delito es ser los más pobres entre los pobres: gente sin familia, desempleados, inmigrantes venidos de China continental para quienes el lujo y la opulencia que exhibe la pujante "capital de Asia" no son más que una cruel ironía.
"El gobierno es bueno con los ricos pero no con lo pobres", se queja Lan Wai Man, mientras devora un trozo de chancho mezclado con arroz frito que reposa en el fondo grasiento de una caja de cartón.
Wai Man tiene un leve retraso mental y su paso por una institución de salud es una mancha que lo tiene desempleado desde hace un año y medio.
Su familia no quiere saber de él y hace tres meses Wai Man no tuvo más remedio que pasar a vivir a una jaula en este descascarado edificio de Tai Kok Tsui, un distrito comercial al oeste de Kowloon, la parte de Hong Kong que no es isla sino territorio continental.
A los 32 años, Man es un hombre joven y tiene esperanzas de encontrar trabajo como repartidor de mercaderías, el oficio que dice conocer.
Cuando ya no queda un solo grano de arroz en el recipiente de cartón, Man abandona la caja y estira los brazos para mostrar las picaduras de los insectos que se trepan por las noches a su jaula y no lo dejan dormir.
En Hong Kong, alquilar una jaula de tres metros ha sido una alternativa de vivienda desde hace más de cinco décadas, cuando surgieron los primeros cubículos como solución para albergar a los inmigrantes chinos que llegaban a la ciudad atraídos por la ilusión de la prosperidad.
Con el tiempo, las jaulas se han vuelto el refugio de todos los despojados, cada vez más numerosos desde que China tomó control de la antigua colonia británica y las fábricas se fueron de Hong Kong en busca de la mano de obra barata del continente.
Según la Sociedad para la Organización Comunitaria, la ONG para la que trabaja Sze Lai Shan, hay más de cien mil "hombres jaula" en Hong Kong.
Son apenas una fracción de más del millón de personas que viven por debajo de la línea de pobreza en la ciudad con la propiedad más cara del planeta.
El gobierno provee vivienda de alquiler a precios por debajo del mercado para prácticamente la mitad de los habitantes de su jurisdicción, pero eso no es suficiente.
Generoso en el cobro de impuestos a las clases más altas, el jefe ejecutivo de la ciudad, Donald Tsang, parece administrar con un ojo en las necesidades de la población, pero el otro en las exigencias del empresariado.
"Es un problema de ideología", dice Sze. "El gobierno cree que en Hong Kong sólo es pobre el que quiere y el que no progresa es perezoso."
Son casi las siete en la habitación de Tai Kok Tsui y los "hombres jaula" empiezan a prepararse para pasar la noche.
Es la hora de la cena y algunos hacen pequeñas excursiones a las cafeterías vecinas para buscar comida.
Por el equivalente a 130 dólares mensuales, cada "hombre jaula" tiene derecho a su cubículo y al uso de un baño común, pero no hay cocina porque las autoridades lo prohíben. Todo lo que comen tienen que comprarlo en la calle.
Sentado en su jaula, Tai se concentra en sus fideos. A los 78 años, el anciano es posiblemente el decano de los "hombres jaula": ha vivido en la suya durante las últimas cuatro décadas.
Cansado del desfile de periodistas que de tanto en tanto pasan por su cubículo con sus flashes enceguecedores y sus preguntas ingenuas, Tai opta por hablar poco.
A esa hora, el cansancio y el aguardiente que usa para consolarse ya han hecho mella en él. El antiguo obrero de construcción que paga el alquiler gracias a los servicios de asistencia social, cierra la puerta de su jaula y se acuesta.
Dos ventiladores oxidados hacen lo mínimo por aliviar el calor húmedo y sofocante que se apodera de cada rincón, mientras afuera en la ciudad, la lluvia opaca las luces de neón que iluminan las calles vecinas.
Contrastes
A pocos kilómetros de Tai Kok Tsui, obreros de la construcción trabajan a marchas forzadas para levantar el que será el edificio más alto de Hong Kong. Muchos de ellos, quizás, irán esa noche a dormir en sus propias jaulas.
Mientras tanto, en los bares y restaurantes de los barrios de moda, la gente brindará por los negocios del día y la riqueza por venir.
Y el jefe del ejecutivo mirará la hora en su reloj de marca, preguntándose si no será hora de agregar un nuevo ejemplar a su colección.
Por Adriana La Rotta Para LA NACION