miércoles, 9 de julio de 2008

Manual de instrucciones para llegar a santo

SEPA CÓMO SER UN MIEMBRO PLENO DE LA CORTE CELESTIAL
En los primeros siglos de historia de la Iglesia la posibilidad de convertirse en santo estuvo ligada a reglas caóticas. Hasta que en 1234 Gregorio IX estableció el monopolio del papa para proceder a la canonización. Aunque desde entonces los requisitos para obtener el título parecen severos, no necesariamente hay que ser enteramente virtuoso. Existen innumerables ejemplos de santos desobedientes, intrascendentes, disminuidos mentales, perversos y aun psicóticos. Junto a algunas de sus historias, una guía práctica para ascender bien arriba.


En estos tiempos de tribulación, una noticia nos alegró el año:
Ceferino ha sido beatificado por el Sagrada Congregación. No es santo todavía, pero va en camino. Y si alguno se pregunta qué ha hecho para merecerlo, pues sépase que el mandato del Señor es claro y terminante: vivir rigurosamente conforme con los preceptos religiosos. Ésa es la condición de la santidad. Pero no la única.
Para la religión judía, así como para la mayor parte de las sectas protestantes, la santidad no constituye una cualidad extraordinaria y, en líneas generales, es considerada un requisito básico e insustituible para formar parte del Pueblo de Dios.
Pablo, aún un cristiano primitivo, denominaba “santos” a todos los miembros de su comunidad y los mormones reivindican el mismo significado de la palabra cuando se autodefinen “santos de los últimos días”.
De esto se deduce que los santos en mayúscula –por así decirlo– son propiedad exclusiva de la Iglesia Católica, principalmente en su variante Apostólica Romana. Y puede interpretarse también que el primer requisito para llegar a santo es esencialmente uno: profesar la religión Católica Apostólica Romana.
Si algún desprevenido dedujera que el segundo requisito pudiera ser practicar la piedad, la obediencia o la virtud en cualquiera de sus formas, estaría completamente equivocado.
Tenemos santos desobedientes, otros de extraordinaria heroicidad, pero muchos llevaron una vida completamente intrascendente. Un santo no es un ser perfecto. Se cuentan por docenas los miembros de esa corte celestial que han sido disminuidos mentales, perversos, obsesos o aun psicóticos.
Tampoco es preciso mostrarse retraído o fingir un aire de juiciosa seriedad. San Bernardino no cesaba de reír y bromear, a Tomás Moro había que contarle chistes durante el almuerzo, a Don Bosco sus colegas lo creían un perturbado mental, aunque nunca llegó a los extremos de Felipe Neri, “el bufón de Dios”, que les tomaba el pelo a los cardenales.
¿Consiste entonces el secreto del buen santo en que hay que huir de los placeres de la naturaleza?
De ningún modo, como lo prueban san Francisco de Asís, san Ignacio o san Felipe.
Tampoco las manías y las fobias son excluyentes. Ni las faltas a la virtud: san Carlos el Grande, alias Carlomagno, vivió en permanente pecado de lujuria y es tan santo como el que más.
A esta altura, el lector interesado en seguir la carrera habrá de sentirse levemente confundido. Pero debe comprender que no todos sus futuros colegas en la corte celestial han llegado ahí en el mismo momento. Muchos fueron tenidos por santos en tiempos en que su credo había sido proscrito por las autoridades, para lo que les bastó con ser salvajemente torturados por un prefecto romano o asesinados en plena calle por una horda de paganos sedientos de sangre.
Eran tiempos de mucha santidad.
Luego siguió un duro combate contra el arrianismo, cuando para llegar a santo era preciso recluirse en una cueva del desierto –preferentemente en Antioquía–, alimentarse de alimañas, no tomar jamás un baño y padecer alucinaciones. Más tarde ser monje era un handicap a tener en cuenta, como luego lo fue ir de misionero a tierras salvajes o ser ejecutado por los anglicanos.
En síntesis:
cada época exige una cualidad, y las hay para todos los gustos. Sin embargo, existe un denominador común: el requisito fundamental para llegar a santo es poseer cierta capacidad de propiciar milagros.
GUARDA CON LOS MILAGROS.
El milagro es un asunto delicado. Las personas sencillas se mostrarán propensas a creer que el autor de los milagros es usted. Cuidado con eso. Puede valerle una severa reprimenda, la objeción implacable del “abogado del diablo” y, de haber reincidencia, hasta la excomunión papal.
Los milagros, en rigor, son obra de Dios.
Como santo, su participación en ellos –importante, pero no crucial– consiste en escuchar las rogativas, trasmitirlas al Señor y, apelando a Su infinita bondad o con el argumento que se estime necesario, gestionar Su intervención.
A favor de sus posibilidades y en tanto se sustancie el proceso de canonización, debe procurarse que los milagros se produzcan ante testigos confiables. Esto vale oro.
Pero no todo fue siempre tan sencillo.
Durante los primeros siglos de la Iglesia el ejército celestial era un verdadero caos, hasta que en 1234 Gregorio IX puso un poco de orden estableciendo el monopolio del papa para proceder a la canonización, y elevó los requisitos de santidad. Pero puesto que los obispos seguían insistiendo en permitir el culto público a quienes no eran canónicamente santos, se fue estableciendo paulatinamente la diferencia entre beato, que los obispos hacían constar mediante una beatificación, y santo, a lo que se llegaba mediante el método papal de canonización.
Urbano VIII introdujo un cambio decisivo en el siglo XVII: la veneración pública sólo podía iniciarse después de un proceso, lo que supuso un obstáculo para la devoción popular espontánea. Para peor, una veneración anticipada llevaba directamente a excluir la posibilidad de la canonización.
A fin de que su cambio no fuera tan traumático, Urbano amnistió a los santos cuyo culto se hubiera iniciado más de 100 años antes, pero al mismo tiempo quitó a los obispos la posibilidad de nombrar beatos, reservándose tal atribución para sí y sus sucesores.
A partir de ese momento el Codex Iuris Canonici establece que para llegar a santo es preciso haber sido previamente nombrado beato, lo que viene a darnos la posibilidad de un grado intermedio en la carrera, o carrera corta.
ANTES DE LLENAR EL FORMULARIO.
El proceso es complejo y sólo puede iniciarse una vez transcurridos cinco años de su muerte, cuando a usted todo le importe un pito, pero de eso se trata, de la vida eterna. Si bien gracias a la reforma introducida en 1983 por Juan Pablo II, con un solo milagro alcanza para la beatificación, es importante interceder con éxito ante el Señor la mayor cantidad de veces, de modo que sean muchos los devotos que lo recuerden luego de su muerte y, transcurrido un lustro, promuevan su postulación, que puede ser hecha por una diócesis, una parroquia, una congregación religiosa y hasta por un particular.
Una vez postulado, el obispo le designa un defensor, preferiblemente entendido en teología, o directamente teólogo o historiador de la Iglesia que se integra al tribunal. Lo preside el prelado y consta de un promotor iustitiae (un “portador de dudas y reparos”, el famoso Abogado del Diablo), diversos expertos y un notario.
El primer paso consiste en examinar sus escritos publicados y sin publicar por si contienen infracciones contra la doctrina de la fe y de la moral. Luego, debe comprobarse si falleció con fama de santidad, y si practicó las virtudes cristianas o si incluso padeció el martirio (ser empalado por los paganos no es en modo alguno imprescindible, pero ayuda).
Y finalmente, si existen pruebas de inhabituales complacencias de ruegos, que viene a ser el nombre técnico de los milagros.
También se interroga a todos los testigos posibles de su círculo de relaciones, así como a todas las personas que tengan algo que exponer sobre hechos paranormales.
El último paso de esa fase estriba en aclarar la cuestión del culto, es decir, si usted ha sido alguna vez objeto de veneración oficial (que, dado el caso, debe cesar de inmediato).
Si el fallo es favorable concluye el proceso de exaltación episcopal y su caso es transmitido a la Sagrada Congregación para las canonizaciones, con sede en Roma. Se inicia entonces el verdadero proceso.
PARA LA OBTENCIÓN FINAL DEL DIPLOMA.
Ocupa la presidencia un cardenal prefecto, representado operativamente por un secretario con pleno voto, cuya función consiste en vigilar que los procesos transcurran correctamente, así como de convocar a la comisión de expertos en el campo de la medicina para analizar curaciones insólitas.
Cuando los informes de los médicos, teólogos e historiadores han sido finalmente elaborados, el abogado de la fe (promotor fidei) presenta el asunto ante la congregación de cardenales y obispos nombrada por el Papa, que decide sobre la causa en la asamblea plenaria de sus miembros por una mayoría de dos tercios.
Si el fallo ha sido positivo, el último paso es la decisión del pontífice, único a quien corresponde el derecho de juzgar si está permitido profesarle a usted alguna clase de veneración oficial.
El Papa dio el OK y usted ya es beato.
¿Qué sucede entonces?
En principio, puede ser venerado dentro de un sector de la iglesia (diócesis, nación, región, comunidad de una orden), pero en imágenes no le corresponde el nimbo sino la gloriola. Si se conforma con eso, bien. Pero si va a por más, si pretende ser verdaderamente santo, es preciso que ponga manos a la obra y gestione al menos un nuevo milagro. Las autoridades eclesiásticas iniciarán entonces el proceso de canonización propiamente dicho y usted estará, finalmente, a la auténtica vera del Señor, en la balbuceante compañía del esquizofrénico san Hermán y santa Cristina la Asombrosa, patrona de los psiquiatras.
08.07.2008-Crítica de la Argentina
Teodoro Boot: Periodista, escritor, autor de Pido a los santos del cielo. Sepa cómo, cuándo y a quién recurrir en casos de extrema necesidad, en edición.