domingo, 29 de marzo de 2009

Vida de princesa


Mini Maxi
(...) Máxima Zorreguieta comenzó su escolaridad a los cuatro años en el Maryland, un exclusivo jardín de infantes de Palermo Viejo que elegían los padres que aspiraban a que sus hijos ingresaran al prestigioso colegio Northlands, porque ofrecía una muy buena base de inglés. Allí conoció a Valeria Delger, Samantha Deane y Florencia Di Cocco. Con ellas cursó también todo el primario y el secundario, y aún hoy mantienen una amistad a prueba de príncipes y largas distancias. Nunca olvidará su primer día en el Northlands. El viaje desde Barrio Norte hasta Olivos le pareció un poco largo, como si estuviera yendo al campo. Fue calladita, pensando en lo que le esperaba. Sus padres, adelante, hablaban sobre el colegio. Para ellos, que su hija hubiera aprobado el examen de inglés y el pedagógico, condición sine qua non para ingresar, ya era motivo de orgullo. La cuota resultaba altísima, el Northlands es uno de los tres colegios más caros de la Argentina, pero sentían que valía la pena el esfuerzo. Ese lugar definiría su vida; de hecho, en una de esas aulas, once años más tarde conocería a la chica que le presentó a Willem Alexander, el príncipe heredero de Holanda. Maxi se formó con sus compañeritas en el patio del colegio. Por ser la más alta, la preceptora la ubicó detrás de Josefina Meilán Puyuelo -quien algún día sería su compañera de banco-, en el último lugar de la hilera. Se lo dijo en inglés, como le dirían todo de ahí en adelante, hasta el último día del secundario.
"Okey, Miss. I am just going", le respondió segura, exagerando su incipiente pronunciación británica. Se sentía importante, le gustaba resaltar entre tantas chicas lindas. Y estaba fascinada con el uniforme: pollera escocesa en tonos rojos y verdes, camisa blanca y suéter verde de escote en V. Se miraba las medias; su mamá le había dicho que para estar elegante debía mantener las medias altas. Coqui le hacía señas para que se sacara la mochila de Heidi. Pero Máxima dibujó un no rotundo con su cabeza. El padre no insistió; sabía muy bien que su hija había esperado todo el verano para lucirla. Luego se distrajo con otra cosa: tratando de descifrar cuál de todas las maestras que la rodeaban sería la suya (...)
Romance de Estado
No murió de amor apenas lo vio. Tampoco le pareció demasiado apuesto. Es que siempre le gustaron morochos, latinos prototípicos. Y Willem Alexander está muy lejos de serlo. Pero con el tiempo, y gracias al empeño del príncipe, Máxima aprendió a amarlo. Y ahora está convencida, y hasta intenta convencer a sus amigas, de que es un hombre apuesto. Se vieron por primera vez en marzo del 99. El encuentro se produjo gracias a Cynthia Kaufmann. La compañera del último año del Northlands de Máxima, infaltable en los eventos de la elite neoyorquina, había conocido a Willem Alexander en el maratón de Nueva York, cuatro años antes. Luego lo cruzó en alguna que otra fiesta, en la Gran Manzana y en Europa; tenían amigos en común y entre ellos, sin ser íntimos, armaron una relación cordial y confidente. Hasta que aquel día de esquí en Stratton, a Cynthia, celestina amateur, se le ocurrió que Máxima le encantaría a su amigo príncipe. Incluso le envió por e-mail algunas fotos de la argentina que lo impactaron: Máxima bailando, Máxima montando a caballo, Máxima con tailleur de ejecutiva... No hubo imagen en que Willem Alexander no la viera perfecta.
-Esta mujer es divina -le comentó a Cynthia.
-Y cuando la conozcas, te vas a enamorar. Máxima es para vos -le prometió la chica.
A Máxima, que ya estaba al tanto de las tratativas de su amiga, la entusiasmaba la posibilidad de un encuentro. Con Dieter las cosas seguían de mal en peor. Así que no dudó ni un minuto en aceptar la invitación que Willem Alexander le hacía a través de Cynthia para conocerse en Sevilla. Sin embargo, la excitación por la aventura que estaba por vivir se atenuaba con la angustia que desde hacía unos meses le producía la complicada relación con su novio. Después de tomar la decisión de sumarse al viaje que organizaba Cynthia, caminó hacia su departamento dispuesta a plantearle una separación. Pero no le salieron las palabras. Se sentó en el borde de la cama y lloró hasta agotarse. Dieter la miraba sin hacer el más mínimo comentario. Máxima no pudo decirle que quería separarse, pero le avisó que el siguiente viernes estaría viajando a España con unas amigas. Dieter prendió el televisor y puso un canal de documentales. En ese momento, confirmó que con Dieter ya no había retorno posible.
Con la ilusión de una quinceañera, el primer fin de semana de marzo voló a Madrid, y de allí a Andalucía. El encuentro se concretó en una fiesta de la ExpoSevilla. Willem Alexander se sintió un hombre de suerte cuando descubrió a la chica de las fotos bailando sola, en medio de la pista. Máxima improvisaba pasos, cantaba -con desafinación extrema- y no paraba de reírse. Quizás era su carácter, o tal vez fuera el trago a base de ron la razón de su alegría. El todavía no lo sabía, pero se moría de ganas por averiguarlo. Esperó que ella volviera junto a su amiga para acercarse. Cuando Cynthia le dijo que el rubio grandote que caminaba hacia ellas, acompañado de un guardaespaldas, era el heredero del trono holandés, Máxima pensó que se trataba de una broma.
-¿Ese? ¡No jodas!
Cynthia lo saludó con doble beso y los presentó. Máxima dudó si imitar a su amiga, pero en un segundo resolvió estirar la mano. El príncipe se la estrechó, pero no la soltó de inmediato.
La invitó a bailar. La joven economista argentina, más curiosa que deslumbrada, aceptó. Y él la llevó a la pista, aferrado a su mano.
-Te veía bailando hace un rato, lo haces muy bien -le dijo el príncipe en castellano básico.
Bailaron juntos. Se rozaron. Willem Alexander, bromeando, improvisó un tango. Se enroscaron torpemente cuando sonó Elvis. Después de varias canciones, las manos del príncipe se clavaron en su cintura. Tuvo que frenar el impulso de besarla.
Ella lo cargaba, miraba a sus amigas y les gritaba: "¡Es de madera!".
-¿Qué dices? ¿Qué dices? -preguntaba el príncipe confundido.
-That you are made of wood! -le contestó sincera.
Y él se rió. Y se enamoró.
Su primera impresión sobre Willem Alexander no fue muy auspiciosa. Le pareció simpático. Y bastante atrevido, tratándose de un príncipe. Pero la avergonzaba un poco al mirarla sin el menor disimulo. Sin embargo, ese desparpajo terminó agradándole, aunque le costara reconocerlo. También le gustó la primera noche que pasaron juntos y las decenas de llamadas telefónicas diarias que comenzó a recibir en su departamento de Nueva York, cuando volvió de su viaje español. Si su noviazgo con Dieter Zimmermann ya venía a la deriva, terminó de naufragar cuando apareció en escena Willem Alexander. A los tres días de regresar de España, ya lo había expulsado de su departamento.
Nunca más se supo de él; los amigos de Máxima no volvieron a verlo; apenas tuvo una sorprendente y pequeña reaparición tres meses después, cuando el romance real se hizo público y un periodista holandés encontró al novio despechado. "Maxi me engañó con su príncipe. Aún la amo y me dolió lo que hizo, pero por el amor que todavía siento, le deseo lo mejor", declaró. De todos modos, a medida que la nueva relación iba afianzándose, a fuerza de horas de charla telefónica y de viajes relámpago, algunas cosas, no podía evitarlo, le preocupaban a la argentina.
Su flamante pareja -aunque aún no tenía esa categoría- no mostraba pudor alguno en mencionarle a su madre cada vez que se veían. "A mi mamá le vas a encantar", le repetía. Y a Máxima le daba una especie de escozor pensar que su suegra estaría tan presente en la relación. "Much better", le respondía, rogando que él se olvidara por un rato de su familia. Pero esas preocupaciones se entremezclaban con otros momentos soberbios. Momentos que le hicieron entender de qué se trataba eso de ser la novia de un príncipe. Desde que Willem Alexander había entrado en su vida, sus días transcurrían en una especie de fiesta continua. Volaba en su avión privado hasta Nueva York sólo para verla. Eran estrellas en las mejores fiestas de Manhattan. El era, sin dudas, el pasaporte al mundo de los elegidos al que aspiró desde pequeña, ese mundo con el que soñó Carmenza para alguna de sus hijas y que tanto deseó Coqui Zorreguieta. La hacía sentir, al fin de cuentas, como una princesa. Y además de todo demostraba ser un buen hombre, amable, sencillo; el candidato ideal. Aunque... algo pasaba: no se le aflojaban las piernas cada vez que lo veía. No era falta de amor. Porque lo extrañaba cuando no estaba, y esperaba ansiosa que sonara su celular y encontrar la palabra "Alex" en la pantalla. ¿Qué le sucedía entonces?
Una tarde intentó explicárselo a una amiga, en un breve viaje a Miami: no lograba separar a Willem Alexander de su investidura. No era muy buen mozo y usaba pantalones chocantes, pero le gustaba, aunque no podía relajarse a su lado; la seducía, para qué negarlo, transformarse en princesa, en reina. Hasta que recordaba que eso sería para toda su existencia, la suya, la de sus hijos, la de sus nietos. Que una vez dado ese paso, no habría lugar para arrepentimientos. No podría convertir la carroza de nuevo en calabaza. Más tarde o más temprano debería dejar su trabajo, Nueva York, su nacionalidad, convertirse en un personaje público, vivir bajo la lupa de la reina y del mundo. Era más presión de la que estaba acostumbrada a soportar. Le costaba pensar cómo sería criar a uno de sus hijos para que fuera rey. No era que no lo quisiera, era que ni siquiera podía imaginárselo. Su corazón latía más fuerte cuando pensaba en lo que la esperaba si formalizaban la relación. "Por algo será que se te cruzó. No podés hacerte la distraída. Dale una oportunidad, es un buen tipo y lo tenés muerto", la aconsejó su amiga en Miami.
(...) Cuando Máxima celebró la llegada del año 2000 junto a la familia real en la India, se sintió definitivamente aceptada y apostó el resto: decidió jugarse entera para que esa relación que tanto la asustaba terminara en matrimonio.
El 26 de abril viajó a Amsterdam, para asistir al día siguiente a los festejos del cumpleaños número 33 del príncipe. Y para entregar, una semana después, su independencia en bandeja de oro: ya no volvió a vivir a Nueva York. A principios de mayo se mudó sola a un departamento de 225 metros cuadrados en el mejor barrio de Bruselas, propiedad de la reina, para comenzar en Bélgica un período de entrenamiento en pos de convertirse oficialmente en princesa.
La mudanza tenía tres objetivos, según los consejeros de palacio: "Que ella y el príncipe tuvieran el espacio suficiente y necesario para conocerse mejor", que Máxima pudiera "acercarse a nuestra forma de vida y a nuestro idioma" y, por último, que terminara de comprender que "es fundamental que su futuro junto al príncipe será muy distinto de lo que fue su vida en la Argentina y en Nueva York". El comunicado de la Casa Real finalizaba con una notificación: "Se trata de dos personas enamoradas que quieren conocerse mejor y que perciben muy bien que están frente a una decisión importante que tendrá consecuencias enormes".
En Bruselas, había concluido la reina Beatrix, ella podría permanecer cerca de Willem Alexander, estudiar holandés y, a su vez, estaría a resguardo del acoso de la prensa holandesa. Máxima acató todas las órdenes. Como premio a tanta obediencia, en junio de 2000, la Casa Real la incluyó junto al príncipe en una foto oficial durante una fiesta en La Haya. La argentina, al menos ante la lente periodística, ya era parte de la realeza europea. Y en la foto salió preciosa.
Pero Máxima seguía bajo mucha presión. Aunque trataba de disimularlo, comenzaba a sentir el peso de sus nuevas obligaciones. Le costaba eso de cuidarse de cada cosa que hiciera; en cada paso que daba se sentía observada, juzgada. El príncipe se dio cuenta. En sus últimas visitas a Bruselas, luego de la estadía como pupila en una academia de holandés, el Instituto Ceran -donde ella se enclaustró a estudiar-, la había notado más tensa; había perdido esa frescura natural que tanto le gustaba a él y a los holandeses. Decidió entonces darle un respiro. Dejarla sola durante un par de semanas, no atosigarla con nuevos compromisos reales. Sin embargo, no era eso lo que Máxima necesitaba; ella quería sentirse apoyada. Las fotos de Willem Alexander en compañía de su ex, Emily Bremers, en una revista holandesa, no cayeron en el mejor momento...
Willem Alexander esperaba, en realidad, que su novia no hubiera visto la revista. Y cuando se encontraron en la sala VIP del aeropuerto de Bruselas, en su siguiente visita, corrió a besarla. Pero ella lo paró en seco, olvidó por un rato las formas reales y le reprochó a los gritos ese encuentro con Emily. El príncipe intentó darle una explicación lógica. Pero a Máxima no le gustó ni un poco el ocultamiento de la información. Y se lo hizo saber, sin protocolo.
-¿Qué otras cosas hacés mientras yo estoy encerrada en Bruselas? ¿Quién te creés que soy? -le recriminó Máxima.
Cuando hacia finales de 2000 le llegaron nuevos rumores de un encuentro con su ex novia, volvió a explotar. No quería saber si era verdad o no. Sólo quería dejarle en claro a Willem Alexander que había cosas con las que ella no estaba dispuesta a negociar. Si bien no echaría todo a perder, sentía que debía poner límites. Después de una noche de insomnio, llamó a Buenos Aires y avisó que viajaría sola para pasar Navidad en familia. Le pidió a su madre que le guardaran un lugar en el campo de su tía Rita, en Pergamino. María Pame se preocupó, conocía el tono de la voz de su hija. Parecía angustiada, de pésimo humor. Máxima estaba segura de que, si se quedaba en Europa, las cosas empeorarían. Conociendo los rasgos posesivos de su novio, le pidió que no intentara convencerla de nada. "Quiero estar sola. Espero que puedas respetarlo", le dijo. El príncipe simuló entenderla. Nunca antes la había visto tan enojada y la dejó partir sin presentar objeciones. La acompañó hasta la puerta de su avión. Le pidió que lo perdonara. Máxima ya lo había perdonado, pero no lo reconoció. Quería que escarmentara. Cuando llegó a Pergamino, la distancia y el clima campestre le dieron una nueva dimensión a los hechos. Nada podía ser tan grave como para poner en duda la relación. Cuando el 26 de diciembre Willem Alexander la sorprendió con un viaje desesperado a Buenos Aires, volvió a repetir un rasgo posesivo, pero esta vez ella se derritió de amor.
(...) Para la cena de Año Nuevo, la cocinera de El Pedregoso, doña Chela, les preparó un cordero patagónico que el príncipe juró no olvidar por el resto de su vida. Acompañaron con vino malbec y con champán. A la medianoche, Willem Alexander levantó la copa y bromeó: "Por que éste sea el último año de Maxi como plebeya".
Veintiún días. Sólo veintiún días pasaron para que ella escuchara, ya sin bromas, las palabras mágicas: "Do you want to marry me?". El candidato no podía ser mejor: el príncipe de Holanda le suplicaba que se convirtiera en su mujer para toda la vida. Arrodillado sobre el lago congelado de Huis Ten Bosch, el palacio de su madre, Willem Alexander le juró que la amaría por siempre. Ella, que reía y lloraba de felicidad, no tardó más de dos segundos en darle el sí. Entonces, él, con sus manos más torpes que nunca, le colocó en su anular un anillo de diamantes naranjas.
G. Alvarez Guerrero y S. Ferrari
revista@lanacion.com.ar
Máxima básica
La familia de origen.
Nació en Buenos Aires, en 1971. Hija de Jorge Horacio Zorreguieta y María del Carmen Cerruti.
La educación.
Estudió en el Colegio Northlands. Y, luego, la carrera de Economía, en la UCA.
El casamiento.
El 2 de febrero de 2002, en Amsterdam, se realizó la boda. Al banquete de celebración, en el Palacio Real, acudieron 1000 invitados.
La dinastía.
El casamiento de Máxima y Willem Alexander fue el octavo de la dinastía Orange.
La maternidad.
Amalia, Alexia y Ariane son las tres hijas que tuvo con el príncipe.
La actividad social.
Es miembro del grupo de asesores de la Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo de Sectores Financieros Inclusivos.
Los gustos.
Se viste con grandes marcas internacionales, sin dejar de lado a los diseñadores argentinos. Le fascinan el esquí, los caballos, las reuniones con amigas, el arte.
La maximanía
Como dicen los autores del libro, "la maximanía se manifiesta en múltiples e insólitos formatos". Algunos ejemplos de este fenómeno:
Hasta en figuritas . "Vajilla, postales, cuadernos, agendas, pósters, muñecas, revistas especiales, libros, tortas, lapiceras, cartucheras para niños, mosaicos pintados, estampitas, remeras, bombachas, chocolates, pastillas de menta, figuritas, jabones, frascos de mermelada, cucharas de plata, perfumes, flores y hasta píldoras para adelgazar" con el nombre o la figura de Máxima.
Johan Vlemmix .
"El excéntrico millonario que preside el nutrido Club de Admiradores de Máxima decoró su mansión de Eindhoven con todo este merchandising. Desayuna sirviéndose el té en las tacitas Máxima y prepara sus tostadas en los platitos Máxima. En vez de cuadros, tiene banderas y banderines con la cara de la princesa. Para la boda, les mandó a los príncipes un espectacular Porsche rojo de regalo."
En la Web.
"La popularidad de la joven argentina también se palpa en más de un centenar de blogs que la tienen de protagonista; en sitios web y grupos de admiradores en redes sociales como Facebook; en foros de discusión, encuestas virtuales y hasta en el redituable comercio on-line."
Atracción turística .
"Las estadísticas señalan que en las academias de español para turistas de Buenos Aires, el mayor número de inscriptos son norteamericanos, seguidos de cerca por los holandeses. Las agencias de viajes afirman que la demanda de paquetes a la Argentina se duplicó entre 2002 y 2004; y desde entonces sigue aumentando a un promedio del quince por ciento anual."
Gastronomía.
"En la céntrica calle Dam proliferaron las parrillas con nombres elocuentes: Los Gauchos, La Boca, Las Marías, Pampa. Una hamburguesería de Amsterdam ofrece la Maxi Burger de carne auténticamente pampeana y un bar local incluye en su carta el plato «Máxima a la salsa Willem Alexander», una tajada de panceta con especias de Sudamérica que se completa con un aderezo anaranjado", cuentan los autores del libro.
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