viernes, 20 de marzo de 2009

Los destinos más exóticos


Por Martín Seldes
La Costa argentina, Chascomús, la Patagonia, Punta del Este, Brasil, Miami, Europa y hasta Tailandia o Kuala Lumpur están a la vuelta de la esquina si uno compara las vacaciones más frecuentes de un argentino con las que tuvo el año pasado Richard Garriott.
El magnate de los videojuegos pagó 30 de sus millones para pasar 10 días en el espacio con el programa ruso Soyuz TMA-13. Estuvo a punto de lograr la medalla de ser el primer civil en orbitar, pero siete años antes de despegar el británico sufrió la crisis de las puntocom y tuvo que entregar su pasaje, a último momento, a Dennis Tito.
El multimillonario estadounidense puso más dinero, unos 20 millones, y se calzó el casco de astronauta. Y no serán muchos más, al menos en el corto plazo. Este año podría ser el último -hasta nuevo aviso- en el que se permitan viajes espaciales tan frecuentes porque Japón y otros países de Europa tendrán también sus módulos y los rusos deberán reducir su tripulación.
El profesor Rodolfo Bertoncello, geógrafo de UBA-CONICET y autor del libro “Mapa turístico de la Argentina” explica que los turistas buscan ampliar sus horizontes culturales y sus experiencias o vivencias personales.
“Los viajes a nuevos y exóticos lugares permiten este tipo de experiencias, al tiempo que también aportan una dosis de distinción social significativa, cuya búsqueda siempre está presente en el turismo”.
Por otra parte, el turismo es una actividad económica y es también su mercado el que determina la oferta que puede demandar el viajante. Perla Zulman, una de las compiladoras del libro “Viajes y Geografías”, agregó que “la adquisición de mercaderías es incentivada por los agentes turísticos, que logran a través de ellas incrementar el consumo y, en consecuencia, el negocio”.
Y no hace falta volar al espacio para sentirse fuera de este mundo. Hace no mucho tiempo, Irak abrió sus puertas al turismo. Aún en medio de una guerra en casi todo su territorio, la ciudad de Erbil, en la semiautónoma región de Kurdistán, recibe a extranjeros para visitar su extensa oferta cultural. Por la módica suma de US$ 5.860 por persona (sin contar el traslado hasta la ciudad), una compañía californiana ofrece 12 días en una de las zonas más seguras en el norte de Irak.
Según The New York Times, allí se podrá observar a niños iraquíes que corren por la calle contentos y fábricas de alta tecnología que funcionan normalmente. Algo así como si no hubiera una guerra en un país del que tanto se habló en el mundo por su destino bélico.
Hay más opciones.
Pero ¿qué busca un turista no-convencional cuando elige destinos exóticos?
Queda claro que lo más común es que alguien elija vacaciones en las que pueda relajarse y descansar en una playa o una montaña luego de un año de trabajo. Bertoncello explica que “el turista no-convencional se diferencia por el énfasis que coloca en la experiencia personal y en la satisfacción de necesidades lúdicas en sí mismas”.
Entonces, si el anhelo para sus próximas vacaciones es estar recluido, olvidar la vorágine de una gran ciudad y nunca preocuparse por tener que elegir qué hacer en cada momento del día, quizás la solución esté en Liepaja. Esta ciudad, ubicada al oeste de Letonia, sobre el mar Báltico, ofrece un destino muy peculiar: vacaciones en la cárcel. Karosta es una prisión en la que miles de personas fueron encerradas, torturadas y fusiladas por el régimen soviético.
Luego de la caída del Muro de Berlín siguió funcionando como prisión hasta 1997. Quien llega hoy a Karosta es recibido por un hombre de dos metros y despojado de su bronceador, sombrilla y guía de turismo. Un cepillo de dientes es suficiente. Un disparo al aire, mientras los visitantes son obligados a mantenerse en cuclillas durante 10 minutos, es un aviso de que esto no es una broma. El hotel es una cárcel y el turista es un preso.
Tras ser interrogado, el preso (perdón, el turista) es invitado a comer algo de pan rancio, un pepino y una taza de té ruso antes de ir a la cama, donde deberá permanecer en silencio. Claro, salvo que un guardia decida despertarlo a los palazos. Sí, a los palazos. El temor dura hasta las 7:30, hora en la que uno queda libre (sin desayuno). Si bien en cualquier momento de la noche uno puede salir si así lo desea, son pocos los que dejan de aprovechar el económico ticket (unos $ 36 pesos) que pagaron antes de ingresar.
No es éste el único hotel-cárcel. Suecia (Longholmen Hotel), Eslovenia (Celica) y Boston (Liberty), en Estados Unidos, también ofrecen vivir en una vieja cárcel, aunque ahora cuenten con las comodidades de un hotel, algunos de lujo, inclusive.
Ángeles Rubio Gil, socióloga del turismo y profesora de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, explicó a NEWSWEEK qué le pasa por la cabeza a un turista a la hora de meterse en una cárcel: “Vivir una experiencia intensa, seguramente propiciada por una motivación muy parecida a cuando se ve películas de acción, hace que el turista pase a ser el protagonista”, asegura. Para la experta española se trata del turismo que funciona como “compra de experiencias humanas”, pero también como consumo demostrativo frente al grupo con el que convive cotidianamente. “Gracias a la novedad, permite diferenciarse del resto”, dice.
No menos impactante es el “turismo de catástrofes”. Chernobyl aún mantiene vestigios del desastre nuclear y constantemente cuenta con cientos de visitantes que deben seguir al pie de la letra todas las recomendaciones del guía para no poner en riesgo su vida. También sorprende que los residentes de las ciudades que tantas pérdidas sufrieron con el desastre apoyan la visita de curiosos. La divulgación del estado en el que viven en la post-tragedia les sirve para que se acerque un apoyo económico, a veces de parte de los mismos turistas.
Y así es también como ciudades impactadas por el tsunami en el sudeste asiático o el huracán Katrina en Nueva Orleans son visitadas cada vez con mayor frecuencia por los curiosos que buscan el “turismo dark”. Y hasta se visita la casa donde vivió Jack “el Destripador”.
¿No hay límites?
Es cierto que estas nuevas conductas y destinos forman parte de un proceso continuo de cambio. Para citar un ejemplo, la playa y el mar es un destino nuevo si se toma en cuenta toda la historia, ya que comenzó a recurrir a ellas recién en el siglo XIX. Era difícil que alguien pudiera tomar como positivo broncearse al sol o como saludable entrar al mar. “Yo sería muy prudente respecto a decir que estas tendencias implican que los turistas son más osados. En rigor, el turista siempre busca un lugar diferente, pero no tan diferente. De hecho, el ‘exotismo’ de los nuevos destinos turísticos habla, en rigor, de las sociedades de donde provienen los turistas, y no sólo ni tanto de los lugares de destino”, continúa Bertoncello.
No menos extraña y llamativa, aunque sí más relajada, es la opción que se ofrece en la costa oeste de Holanda. El creador del “De Vrouwe van Stavoren Hotel” recicló barriles de 14.500 litros de vino y los convirtió en habitaciones para dos personas con baño incluido. En verano, una doble cuesta entre 79 y 114 euros, pero en invierno es aún más económica que muchos hostales para jóvenes.
Stanley Plog, una eminencia en el tema, diferenció cinco tipos de turistas en su libro “Why destination areas fall and rise in popularity” (“Por qué sube y baja la popularidad de los destinos”), de los cuales se destacan tres: los psicocéntricos, que son personas que no quieren correr riesgos y prefieren destinos familiares y menos novedosos; los alocéntricos, aquellos más atrevidos que prefieren la novedad cuando viajan; y los céntricos, un promedio entre las otras dos opciones. Queda claro que la mayoría de los destinos turísticos que se mencionaron forma parte del grupo alocéntrico. Estos buscan descubrir nuevas tierras, emociones y lugares poco frecuentados. Pero cuando ese destino pasa a ser visitado por los otros grupos, el alocéntrico lo abandona.
Estos viajes no son para cualquiera. Los estudiosos coinciden en que los que buscan ser originales suelen ser jóvenes o personas que gozan de la bonanza económica y quieren elevar su estatus social. “Es la cultura Jackass”, remarca Rubio Gil en referencia a la serie de la cadena musical MTV en la que el reparto lleva a cabo actividades cómicas basadas en el sufrimiento y el peligro. “Esa misma tenencia conectada con el riesgo, tanto como con el placer de mantener conductas erráticas porque sí, como llevar al extremo la actividad de infringirse dolor y buscar desafíos sin razón aparente para divertirse, es la que busca el turista”, afirma. Estas conductas están asociadas a la falta de racionalidad y búsqueda de escapar del aburrimiento de la vida cotidiana. De eso se trata, después de todo.
elargentino.com