sábado, 8 de noviembre de 2008

SEXO



En la Naturaleza, la mayoría de los seres vivos se reproducen sexualmente, lo que sugiere que este tipo de reproducción confiere alguna ventaja a quien la practica.
Las teorías que se han propuesto para explicar este hecho argumentan que la mayor variabilidad genética que se produce como consecuencia de la reproducción sexual puede conferir ventajas a la hora de defenderse de enfermedades o condiciones ambientales adversas e impredecibles.
El término ‘inversión parental’ hace referencia a las acciones, generalmente costosas en tiempo y energía, que realizan los progenitores para aumentar las probabilidad de supervivencia de la descendencia.
Según el principio de Bateman, propuesto a mediados del siglo XX, el sexo que hace la menor inversión parental, generalmente el macho, tendrá mayor incertidumbre reproductiva, tratará de aparearse con el mayor número posible de hembras y será menos selectivo en cuanto a éstas; por el contrario, el sexo con mayor inversión parental, generalmente la hembra, será más selectivo en la elección de compañero sexual y desarrollará estrategias encaminadas a aparearse con individuos que exhiban características favorables, a asegurarse la inversión parental del otro sexo o ambas cosas.
Mucho antes, Darwin había observado que las estrategias reproductivas son diferentes en machos y hembras y están sometidas a una forma de selección natural que denominó selección sexual.
En las especies más cercanas a nosotros, los simios antropomorfos, encontramos diversas estrategias reproductivas, tales como la organización en harén (gorila), en bandas con promiscuidad (chimpancé) o la cría solitaria por parte de la hembra (orangután).
Podemos distinguir cinco atributos específicamente humanos en este terreno:
(1) la tendencia a formar parejas estables;
(2) la existencia de cuidados compartidos a la prole;
(3) la convivencia de varias parejas dentro de un grupo social más amplio;
(4) el carácter frecuente y ‘recreacional’ del sexo; y
(5) la ovulación oculta.
Existen diferencias psicológicas documentadas (pequeñas pero significativas) entre hombres y mujeres.
Dichas diferencias tienen una base biológica y no son sólo el producto de una educación determinada. El reconocimiento de este hecho no es incompatible con los fines del movimiento feminista; de hecho debería ser una parte esencial del mismo. Más aun, las diferencias coinciden bastante bien con las observaciones en otras especies y con las predicciones de la Biología Evolutiva.
Diversos grupos investigadores, y en particular el equipo de David Buss, han dedicado las últimas décadas a explorar los fundamentos biológicos de las diferencias de género.
Los puntos principales de estas investigaciones que han sido comprobados experimentalmente son:
1) Los hombres se casan con mujeres más jóvenes (por término medio) en todos los países sobre los que existen datos.
2) Los hombres manifiestan una mayor preferencia por las relaciones sexuales esporádicas.
3) Los hombres dan mayor importancia al atractivo físico de sus parejas y éstas al estatus de sus compañeros.
4) La causa más frecuente de divorcio es la infidelidad conyugal; el hecho de que sea la mujer quien la comete hace mucho más probable el divorcio que en caso contrario.