viernes, 16 de enero de 2009

Hábitos lingüísticos que señalan la confusión generacional


El tuteo es, desde hace mucho, la modalidad pronominal de uso casi exclusivo entre los jóvenes argentinos. A las personas mayores, las conozcan o no, las tratan como a iguales en ese único terreno: el del tuteo. Sólo allí pareciera acortarse la distancia intergeneracional que, día a día, se acentúa en tantos órdenes.
Otro hábito lingüístico, no obstante, empieza a cundir entre los jóvenes y a minar la hegemonía, hasta ahora invicta, del tuteo. ¿Cuál es y qué lo caracteriza? Bastará un par de ejemplos para hacerlo evidente.
Hace unas semanas, arreglé con el veinteañero productor de un programa político radial una entrevista telefónica que, al día siguiente, me haría su conductora. A la hora convenida, él me llamó. Intercambiamos unas palabras y, al despedirse, le oí decirme: "No corte. Esperá en línea. Ya lo comunico con Marta Clara".
El martes pasado trataba yo de llegar con mi coche hasta la avenida Gaona al 2300. En un momento dado y para orientarme mejor desde donde estaba, le pregunté cómo hacerlo a un muchacho apostado en la puerta de un edificio. "Tome en la segunda a la izquierda", me dijo. Y añadió: "Después le metés siempre derecho".
Las mías no son sino apreciaciones intuitivas, apoyadas en el módico respaldo que puede brindarles la experiencia cotidiana. Aun así, creo advertir que abundan cada vez más, entre los jóvenes, estos trastornos pronominales que van del vos al usted y del usted al vos. Ellos no parecen advertirlo, pero su frecuencia es innegable y me induce a preguntar cuál es la percepción que, de las personas mayores, tienen quienes no lo son y cuentan con más de quince años.
Por medio de los ejemplos brindados puede notarse que ya no estamos ante la mera preeminencia de una confianza abusiva en el trato, sino ante un fenomenal desorden en el empleo de los pronombres personales que mucho dice sobre la desorientación reinante, entre tantos muchachos y chicas de distintos sectores socioeconómicos, en lo que respecta a la forma de dirigirse a los adultos. También aquí, se diría, la brecha intergeneracional podría estar creciendo y empezando a hacer sentir sus efectos de ruptura.
Ignoro si en otros idiomas está ocurriendo lo mismo que en el castellano de nuestro país. Muchos paraguayos humildes nos arrancan una sonrisa de perplejidad y simpatía, por lo menos a quienes tenemos más de sesenta años, debido a la caprichosa alternancia del vos y del usted en la que suelen incurrir cuando se dirigen a nosotros en castellano. Pero, en su caso, la cosa se explica porque en guaraní, lengua materna de todos ellos, no existe el usted como forma pronominal explícita. En nuestro caso, en cambio, la razón, estimo yo, es otra.
Son interdependientes, a mi ver, la decadencia general de la educación, la pérdida de valores compartidos entre una generación y otra y este ejercicio caótico en el empleo de los pronombres.
El fenómeno en cuestión viene a sumarse a otros síntomas de empobrecimiento idiomático del que tantas pruebas tenemos a diario, ya sea en lo que se dice, ya en lo que se escribe. Pero en lo que atañe a la preocupación que inspira estas líneas, lo que importa resaltar es otra cuestión. Lo que nos revela este anárquico desplazamiento del usted al vos, y viceversa, es que los jóvenes no saben ya cuál es el estatuto significativo del otro cuando ese otro es un adulto.
Los desaciertos y las torpezas de la enunciación a que me refiero podrían ser, pues, consecuencia del carácter difuso que ellos revisten para quienes no atinan a saber en qué términos abordarlos. Se los designa con inseguridad, en una especie de errancia pronominal que los dibuja y desdibuja sin cesar porque no se comprende cabalmente ante quiénes se está.
Es que los adultos, para esa muchachada que anda a los tropezones entre el vos y el usted, no encarnan nada claro en los tiempos que corren. Más precisamente: se han extinguido, ante sus ojos, como portadores de una identidad definida. Al no saber razonablemente qué significan, no pueden advertir a qué distancia se encuentran de ellos: si a la distancia atenuada que implica el vos o a la más pronunciada que implica el usted.
No faltará algún conservador que, con sentido del humor, entienda que es preferible esta pendularidad sin fin en la que, al menos de a ratos, retorna, como expresión de un tratamiento más respetuoso, el usted, a ese tuteo inmediato en el que los jóvenes incurren frente a cualquier persona mayor con la que no tienen ningún grado de cercanía. El problema, sin embargo, es serio. Atañe al estatuto indeterminado que los adultos tienen para las nuevas generaciones.
El recuerdo del relato bíblico acerca de la confusión de las lenguas irrumpe como un eco insoslayable al considerar estos flamantes desvaríos. "¿Qué tal, qué dice?", me saludó el mozo, un muchacho de no más de veinticinco años, a mi llegada al restaurante. Luego, viéndome ya sentado, se aproximó, me tendió el menú y me preguntó: "¿Ya sabés que vas a tomar?".
¿Cómo no presentir, en enunciados como éste, la resonancia de aquella miscelánea memorable que perpetúa el nombre de Babel? El tuteo viene ahora a enhebrarse con el uso del usted para dar vida a un híbrido, hasta aquí inédito, que va ganando terreno en las filas juveniles. Y repito: tamaña anarquía pronominal califica a los adultos como seres inespecíficos en la apreciación de quienes no lo son todavía.
Algo representan no obstante, que tras haber sido reconocible en el pasado, ya no lo es y sin embargo está ahí. El uso indistinto y simultáneo del vos y el usted refleja una opacidad de los mayores para los jóvenes, que, convengamos, no es casual ni es arbitraria.
¿Son realmente adultos los adultos del mundo occidental contemporáneo? Vale en nuestras latitudes lo que Alain Finkielkraut afirma con respecto al Viejo Mundo: "Ya se vuelva hacia los profesores, los artistas, los periodistas o los filósofos, el adolescente contemporáneo no encuentra, salvo excepciones, más que a sí mismo. «Europa envejece», comprueba la demografía. «Pero ¿adónde han ido los adultos?», pregunta la antropología."
Siempre y en todo hay desvíos de las tendencias dominantes, claro está. Pero ¿esa tendencia, en nuestro caso, qué señala? El tránsito convulsivo hacia esta modernidad tardía en la que agoniza la modernidad clásica ha barrido prácticamente con la consistencia de los valores que, durante siglos, operaron como verdades estables y orientadoras. Ni siquiera la identidad sexual, ese baluarte de la certeza, se ha salvado de la caída en el relativismo.
El matrimonio, la paternidad, la educación, la fe religiosa, el ahorro, la política (su versión democrática, en particular) se entreveran unos con otros en ese notorio derrumbe de lo discernible en lo indiscernible. ¿Qué orientación son hoy capaces de brindar los adultos a los jóvenes? O como bien podría preguntarle uno de esos jóvenes a cualquier persona mayor: "¿Usted quién sos?".
No sólo, según se ha señalado, se va acentuando la brecha cultural (y por lo tanto axiológica) entre las generaciones más recientes y las previas, a consecuencia del papel desempeñado por la tecnología en la formación y en la concepción de lo real de unas y otras. Los adultos, que se desviven por parecerse más y más a los jóvenes, han invertido la función tradicional de los paradigmas de identidad.
Así es como se empeñan en preservar, como si pudiera seguir perteneciéndoles, lo que, por razones de edad, ya no les corresponde. Han contribuido con ello a su propio descrédito, por más que se empecinen en presumir que una andanada de enmascaramientos les garantiza el acceso a la fuente de Juvencia.
Absurdamente, pretenden ser vistos como jóvenes y ser oídos, a la vez, como gente de experiencia. Detestan el paso de los años y, al unísono, se adjudican una larga veteranía. Semejante contradicción no se les escapa a los auténticos jóvenes. Mediante el usted que pasa a ser un vos y el vos que se transforma en usted, retratan, sin proponérselo, el patético espectáculo que se les brinda.