domingo, 18 de enero de 2009

En busca del talle perdido


Otra vez la misma historia. Aumenta la temperatura y sube la fiebre de las dietas. La llegada del verano renueva repentinamente las ganas desesperadas de adelgazar. Y viene la etapa de volver a probar. Intentar con otro régimen.
Revisar qué novedades hay bajo el sol: que la amiga de una amiga bajó muchísimo gracias al ajo en ayunas; que el método que siguió aquella actriz no sirve porque ahora aumentó más kilos de los que había perdido; que el marido de la prima ya no es más gordo ¡y come bife con huevo frito todos los días! o que la ancestral respiración anti-kilos es la salvación.
Dietas y más dietas. Métodos. Sistemas. Programas. Viejas técnicas, nuevas tácticas, recetas revolucionarias. Cada año se ponen de moda más y mejores formas de conquistar la silueta soñada... en tiempo récord y con el mínimo esfuerzo.
De esto sabe bastante María Fernanda Romano. Esta contadora de 32 años usa una dieta distinta año tras año. Tiene un talle de invierno y otro de verano, cuando pierde esos kilitos de más (que oscilan entre 3 y 6). Porque cada primavera corre al kiosco a ver qué propuesta traen esta vez las revistas femeninas. O debuta en un consultorio que le recomendaron. A veces se copia, por las suyas, del método que sigue alguna de sus amigas. Así, probó de todo: se resignó a sudar mal olor cuando todas seguían la dieta del repollo, dejó que le incrustaran dolorosamente unas semillitas en la oreja, confió en el poder adelgazante de la influencia lunar, llegó a comer quince huevos en un día para hacer "la disociada", apostó a las colaciones cada media hora y hasta a los ayunos totales. Eso sí, de una u otra manera, siempre logra su objetivo.
Aunque la victoria es intermitente. "Es un círculo. Te volvés a ver bien y ya está, te relajás y fuiste –asegura–. Como bajaste tan rápido, subís esos kilos ¡o más! en un minuto. Y al año siguiente intentás con otra cosa. Siempre pienso que la dieta que viene va a ser mucho más efectiva."
Para Marina Torresani, doctora en Nutrición, investigadora de la Universidad de Buenos Aires, el relato cuadra perfecto en el perfil de los pacientes que llama migratorios o golondrinas." Son los que recorren diferentes lugares para encontrar la forma más veloz de obtener el mejor resultado, pero sin comprometerse demasiado". A la demanda, su oferta. La creciente avidez por encontrar "el" método revolucionario alimenta esta carrera interminable de supuestas "novedades" para adelgazar. Y no hablamos acá de remedios para una enfermedad (la obesidad) sino de soluciones "cosméticas" para el sobrepeso estético. Pero si el destino es siempre el mismo, ¿hay realmente tantos caminos diferentes que conducen hacia él?
Para Alberto Cormillot, director de Dieta Club, no. "Es puro marketing del que quiere instalar un sistema como producto. En medicina o hay métodos muy diferentes; lo sumo hay diferencias dentro e un marco que puede ir variando al surgir nuevas observaciones, c omo cuando se empezaron a tener n cuenta el colesterol o las grasas t rans, pero el resto no cambia constantemente." por su parte, Marcela De La laza, médica de la Sociedad Argentina d e Nutrición, tiene algunas dudas y una convicción: "Que todas Las dietas de moda van y llegan al mismo punto, no caben dudas. Con cualquiera podremos perder peso pero, cuando la abandonemos o concluyamos, ¿nos quedan buenos hábitos incorporados?
El mantenimiento del peso alcanzado tiene mucho que ver con mejores hábitos de compra y una mejor elección en la alimentación". Acá es donde un plan de comidas, aun con programa de actividad física añadido, se queda corto. Porque en casos normales, el peso se altera cuando lo que está alterada es la conducta alimentaria y esto se soluciona aprendiendo antes que pasando hambre. Además de lo que se come, "es necesario el manejo de equipos interdisciplinarios para corregir el mal balance", acota Torresani.
Tanto aumentar de peso como bajarlo no son procesos resultantes de la suerte o del tipo de organismo que tocó en gracia. Dependen de muchísimos factores (genéticos, estacionales, emocionales, culturales, ambientales) pero, básicamente, de algo tan elemental como la ecuación entre lo que ingresa (cantidad y calidad de lo que se ingiere) y lo que egresa del cuerpo (el gasto energético que se da en forma espontánea, metabólica o programada). Por eso, no hay una cuestión de albedrío sino de poder interpretar en cada momento cuál de estos factores estaría inclinando la balanza.
Mabel Arias es maestra jubilada, tiene 61 años y lleva la mitad de su vida haciendo dieta. Halló la clave hurgando en los estantes de la librería. Leyó todo lo que encontró y finalmente abrazó con pasión la causa naturista. En forma autodidacta aprendió que "cualquier desequilibrio en mi peso corporal tenía que ver con la calidad de lo que comía. Cambié mis costumbres y logré no volver a aumentar". Primero dejó el café, el té, el azúcar y la carne; luego, se propuso elaborar todos los alimentos con sus propias manos. Recuerda que en su infancia nadie hablaba de alimentación saludable ni de régimen. "El nene gordito era considerado saludable. Para abrir el apetito nos daban hígado de bacalao y vitaminas." Los tiempos cambiaron. Hoy la dieta forma parte de la cotidianeidad de Mabel.
CUESTION DE PESO
Se calcula que más del 60 por ciento de la población tiene un peso superior al que debiera. Entre estos no sólo están los obesos, sino también esos "clientes compulsivos" de las dietas, los que se consideran gordos independientemente de lo que digan los parámetros establecidos por profesionales. Y no es poco, ya que el sabido riesgo de caer en desórdenes como la anorexia, la bulimia y los atracones acecha. "A un estilo de vida que nos lleva a ingerir más calorías de las que gastamos se suma el hecho de que la sociedad actual impone un modelo de hiperdelgadez –afirma De La Plaza–.
Cada vez son más los que tienen trastocada su imagen corporal, los que se ven y se sienten con un exceso de peso que no es real. Si siguen apareciendo cientos de propuestas alimentarias con la promesa de bajar kilos en forma urgente es porque existen miles de personas dispuestas a someterse a dietas de hambre para paliar la disconformidad con su cuerpo." Natalí Rosales ronda por la cocina. Encuentra bizcochitos y chocolates de su hermana menor, toda una tentación. Pasa de largo, casi como si nada, y manotea una galleta de arroz. Sabe a poco, es cierto, pero realmente amargo es el sabor de abandonar la dieta. Tiene 14 años y ya hace cuatro aprendió a distinguir qué engorda y qué no; conoce de memoria los tips para estar en línea y cuenta calorías todo el día. No tiene problema en experimentar regímenes, todo con tal de verse bien. El primero lo hizo a los diez, con la supervisión del pediatra. Muchas veces empezó y dejó. "Al principio aguantaba sólo una semana." ¿Cómo se siente una adolescente que abandona la dieta? "Terrible, mal, con culpa". La única luz visible es La de "el lunes empiezo". Plazo que puede extenderse indefinidamente. O renovarse una y mil veces. Y a menudo, cuando la mirada se fija en el peso propuesto, se pierde de vista que la salud está en juego. "Si el objetivo es que me entre la malla y para eso hago dieta antes de ir a veranear, seguramente mi organismo se lo va a cobrar a largo plazo. Luego de los 50 años nuestras arterias y articulaciones pasan factura y ahí es donde aparecen achaques que van más allá de lo estético", advierte Graciela González, vicepresidenta de la Asociación de Dietistas y Nutricionistas Dietistas. Las estrías superficiales que quedan en la piel después del subibaja de peso cubren algo más hondo. Muchos aceptan pagar (a veces sin tener demasiada conciencia de ello) un precio altísimo para alquilar por un rato un cuerpo perfecto.
A los 19 años, María Fernanda Romano tomó pastillas para adelgazar por primera vez. A los 24 juró no volver a hacerlo jamás. "Se te seca la boca, se te va el hambre, tomás mucho líquido. Las amás porque funcionan... ¡para alguien que sólo quiere adelgazar! Llegué a bajar cinco kilos en una semana. No comía, me veía espléndida y estaba feliz. Hasta que mi amiga, que estaba tomando lo mismo que yo, falleció de muerte súbita. No tengo pruebas de que hayan sido las pastillas, pero fue suficiente. Hoy no dejo de hacer dieta pero ni loca acepto fórmulas químicas", jura. Los medicamentos son remedios para una enfermedad. Cuando los kilos de más atentan sólo contra la apariencia, seguro que la solución no estará en el botiquín. Claro que no siempre hacer dieta es para estar "más lindo".
Durante un tiempo, Carlos Nieva no apuntaba a bajar de peso por una cuestión estética. "Me veía mal y quería estar mejor. Así que hice mil intentos e inventos", dice. Así como adelgazaba, engordaba. Llegó a pesar 158 kilos. Ya casi no podía trabajar (es remisero), no entraba en ningún talle y se ahogaba al dormir boca arriba. Encarar por fin una dieta seria fueuna necesidad antes que una elección: mucha exigencia para el corazón, diagnosticaron los médicos. A los 46 años siente que se sacó "un tipo de encima": bajó 60 kilos. "Conseguí ordenarme con la ayuda de profesionales y el apoyo de mi mujer. Cuando logré mi peso pude volver a mirarme en el espejo y decir: 'Ese soy yo'. Pero no fue fácil ni rápido, ¿eh?"

HABIA UNA VEZ UN MILAGRO
Hasta mediados del siglo pasado, emprender un régimen para adelgazar no era algo tan normal. En todo caso, lo hacían quienes padecían un problema de sobrepeso que excedía la insatisfacción con la propia imagen. Durante la década del sesenta la cosa cambió. En los almacenes salieron a la venta los primeros edulcorantes, aparecieron de a poco los productos bajas calorías y la sociedad "civil" no sólo los obesos) empezó a dirimirse entre tal o cual dieta. Estallaron las modas que luego, en el nuevo siglo, dejarían ya de ser patrimonio exclusivo de las mujeres adultas para inmiscuirse también en el universo de los varones y en la adolescencia.
En 1975 Robert Atkins, uno de los primeros, convirtió su apellido en sinónimo de régimen "infalible". Consiste en suprimir por completo los hidratos y echar mano a gusto a las grasas y proteínas. Tiempo después se comprobó que era tan eficaz para bajar de peso como para subir los niveles de colesterol. Una a una causaron furor: la dieta Mayo (ésa que permite ingerir hasta seis huevos por día), la de la luna (consiste en aprovechar el impulso de la influencia astral para desintoxicar el organismo y decantar excesos), la del astronauta (en tres días, tres kilos menos, como logran los que se entrenan en la NASA), la disociada (se consume de a un solo grupo de alimentos durante todo el día)... Y, por supuesto, la archifamosa dieta Scarsdale, que desde los '80 promete hacer bajar diez kilos en dos semanas cumpliendo tres comidas diarias de alto contenido en proteínas y bajísimo en carbohidratos y grasas. No pan, no postres, no pastas. Más moderna es la teoría del ritmo circadiano, cuya premisa es prestar atención al horario en que se ingiere cada tipo de comida y preparar al cuerpo para llegar a la noche listo para quemar kilos mientras se duerme.
La fórmula del método Ravenna, en cambio, apunta a comer pocas veces al día y un mínimo de calorías (entre 600 y 800 por día). Se sustenta en la idea de que la comida es una adicción y que hay que ir a la acción antes que a la transformación. El pecado mortal de las dietas express es el desequilibrio que se genera cuando no se contemplan todos los nutrientes necesarios o cuando se cae en la insostenible monotonía. También, cuando arman un mundo ideal incompatible con las tentaciones de la realidad. No son planes alimenticios sustentables y los logros duran poco. En resumen: quitan kilos pero en su letra chica hay cláusulas de retorno garantizado, lo que se dice un efecto yo-yo. "Está comprobado científicamente que vivir probando diferentes dietas promueve la transgresión e invita a volver a comer con exceso –dice De La Plaza–. Al ser tan restringidas en calorías y al tener tantas prohibiciones, terminan necesariamente en claudicación total ante el medio ambiente tentador. La reganancia del peso es la regla a pocos días o semanas de haber abandonado el tratamiento. No se puede vivir a dieta." Arrancar una dieta "milagrosa" para pasar el verano suele ser sinónimo de entrar en estado de enamoramiento. Se empieza con una altísima motivación y la respuesta es inmediata. Uno se apasiona, se entrega, confía y la vida se ve color de rosa. Lástima que, en general, terminan siendo tan sólo amores de esos tan intensos y prometedores como fugaces.