sábado, 11 de octubre de 2008

Cómo se trata a las personas adictas al sexo



Están llenos de ratones. Los llevan en el auto, la casa, la oficina. Dicen que no pueden controlarlo, que el impulso los domina y el deseo los atrapa. Son capaces de poner en juego la familia, el trabajo y la salud. Son adictos al sexo, verdaderos esclavos.
“Yo era adicta a la infidelidad”, dice Teresa de unos 40 años, alta, delgada, mirada que intimida. “Llegué a tener hasta tres amantes. Un día fui a una fiesta y me encontré con la esposa de uno de ellos. Ahí decidí parar”.
Son las ocho de la noche de un viernes primaveral en el barrio de Monserrat. La cita es en la iglesia San Ignacio, donde funciona uno de los tres grupos que hay en Buenos Aires de S.A.A (Sexo Adictos Anónimos). Al llegar, un hombre me da la bienvenida: “Es mi primera vez”, le digo incorporándome al grupo. Me siento alrededor de una mesa junto a otros miembros. Enseguida una rubia de treinta años, artista plástica, separada y con un hijo toma un libro y lee: “Ante cada pensamiento o estimulación visual que nos dispare una conducta sexual compulsiva, nos damos un máximo de tres segundos para voltear nuestra atención a otro lado. A esto llamamos la regla de los tres segundos”, me explica la mujer con una guía práctica de recuperación entre sus manos.
“¿Querés contarle al grupo por qué viniste?” me preguntan. Improviso una historia breve, cruzo mis piernas y bajo la vista. La puerta se abre y entra un hombre de unos sesenta años con gesto abrumado. “Estoy con resaca”, confiesa. “Hace una semana que no miro pornografía en internet. A veces me masturbo hasta tres veces por día”. Su coraje me sorprende y paraliza. “Fuerza Mario, estamos con vos”, le dice un adolescente todo tatuado que lleva más de un año en el programa.
Teresa toma la posta y me cuenta en qué consiste lo que llaman el “Síndrome de la abstención”. Se trata de una fase de la recuperación que propone mantenerse sexualmente “sobrio”. Esto no implica la interrupción de la actividad sexual sino de aquella conducta compulsiva que genera descontrol y pone en riesgo la salud física, psicológica y emocional.
Fantasías eróticas obsesivas, affaires extra matrimoniales, encuentros sexuales con desconocidos (hetero u homosexuales), masturbación compulsiva o sexo pago son algunos de los muchos caminos que los adictos sexuales transitan.
En la esquina de Juncal y Coronel Díaz, de Palermo está la iglesia Nuestra Señora de Loreto. Allí los sábados a las 19.30 funciona otro de los grupos para sexólicos anónimos. Llego tarde y me disculpo. Tomo asiento intentado pasar desapercibida y escucho: “Robé varias veces para tener sexo pago”, dice Raúl de Caballito haciendo sonar nerviosamente los dedos de sus manos. ¿Alguien tiene algo para compartir? pregunta la coordinadora, que vive en zona norte y es adicta recuperada. Enseguida, una joven levanta la mano y para que logre soltarme, me mira y me dice: “Salía con todos mis jefes y no me importaba. Me encantaba sentir esa adrenalina de lo prohibido, hasta que un día me agarré una venérea y me quise matar”. Lo dice con culpa, arrepentimiento, intenta con sus palabras hacerme sentir más cercana al grupo. La miro y asiento, luego tenso mis labios. “Choqué dos veces mientras me realizaban sexo oral”, remata Julián de 25 años.
Made in USA.
En Argentina, la organización S.A.A cuya sede central está en Houston, Estados Unidos, tiene también una sede en la parroquia Santísima Trinidad de Nuñez y otra más en la provincia de San Juan (además de grupos online). El programa se basa en los 12 pasos que la organización mundial Alcohólicos Anónimos adoptó y pone su foco en pedirle fuerzas a un “Poder Superior”, sea Jesús, Buda, Alá, el Universo o el grupo mismo. Por eso se definen como una junta de carácter espiritual y no religioso. A los miembros primerizos se les aconseja participar de un mínimo de seis reuniones para ver si encajan con el programa. En caso de auxilio o descontrol (recaídas, impulsos o ataques de ansiedad) existen diversas herramientas para enfrentarlo: asistir a la junta más cercana, hacer cadena de llamados en busca de ayuda, leer la “literatura” recomendada (pequeños libros con una guía de pasos para sobrellevar la situación) oración, meditación y contacto con el patrocinador o tutor personal. Faltan cinco minutos para completar las dos horas del encuentro. Me pongo de pie y en forma de círculo tomo la mano de un compañero, que a su vez sostiene a otro, y a otra y a otro. “Dios, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar y valor para cambiar las que sí puedo”, repetimos al unísono. Hay un gesto cómplice y fraternal entre los miembros. Algunos reafirman su propósito de cambio y otros alientan a los más nuevos. Los miro. Ya es hora de partir.

Internet, la gran tentación
El psiquiatra Enrique De Rosa que actualmente coordina el foro virtual para adictos sexuales, consultasex.com, explica algunos aspectos de estas patologías.
“Si el profesional logra dar con el diagnóstico adecuado, la enfermedad por lo general se controla con terapia comportamental y medicación”. Pero muchas veces no es fácil. En su sitio web las consultas más frecuentes están relacionadas con sujetos hiperobsesionados con Internet, citas anónimas y contratación compulsiva de sexo pago. “El tema se vuelve disfuncional cuando afecta la vida profesional, económica y de pareja”. Además de la adicción sexual, multiplicada casi hasta el infinito desde el advenimiento de Internet, existen otro tipo de adicciones que no por menos frecuentes, carecen de importancia.
La vigorexia por ejemplo, es una imagen corporal distorsionada causada por altos niveles de exigencia: “Por lo general se comparan con fisicoculturistas, con modelos estereotipados extremos. No aceptan que es un patrón y muchas veces se frustran por no alcanzar los resultados deseados”, comenta el Licenciado José Dahab, miembro del CEPECIC (Centro de terapia cognitivo conductual y ciencias de los comportamientos).
Por otro lado, también existe la ortorexia o adicción a la comida sana, que implica seguir una dieta que excluya grasas, carne y azúcar. “Es una distorsión sobre los efectos de determinados alimentos sobre el organismo”, cuenta Dahab.
Para ambas patologías los especialistas recomiendan realizar una terapia cognitivo conductual que apunta a la reformulación de aquellos pensamientos distorsionados para reemplazarlos por otros más racionales y basados en la evidencia.