domingo, 24 de enero de 2010

La felicidad

La búsqueda de felicidad ha gobernado y gobierna el anhelo del hombre en toda la historia de la humanidad. Es suficiente notar la facilidad con la que expresamos el deseo de felicidad: feliz año, felices fiestas, feliz viaje, feliz estadía, feliz cumpleaños, feliz matrimonio, feliz nacimiento, etc. Y seguramente tal afán parece intentar ser un antídoto contra las desgracias de la vida, sus sinsabores, el dolor de existir, en fin, todo aquello que más bien la contraría. Tal vez por ello tales augurios se levanten generalmente frente al futuro por venir, la incertidumbre del mañana. La felicitación, y ya no tanto el voto de felicidad, se declara ante un objetivo cumplido, un fin que se ha realizado, un propósito consumado. Sin embargo no hay término que se preste a tantos sentidos diversos, a múltiples interpretaciones, a una pluralidad de concepciones, de ahí la eterna pregunta: ¿qué es la felicidad? Ya Aristóteles se interrogaba:
“Puesto que todo conocimiento y toda elección tienden a algún bien, volvamos de nuevo a plantearnos la cuestión: cuál es la meta de la política y cuál es el bien supremo entre todos los que pueden realizarse. Sobre su nombre, casi todo el mundo está de acuerdo, pues tanto el vulgo como los cultos dicen que es la felicidad, y piensan que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz. Pero sobre lo que es la felicidad discuten y no lo explican del mismo modo el vulgo y los sabios”.
Diremos que no solo hay disparidad entre la idea del vulgo y la del “sabio”, sino que las filosofías mismas no concuerdan en una concepción del término. ¿Y qué nos dice el psicoanálisis? ¿Cuál es su respuesta no sólo a la eterna pregunta, sino a otra que va a su unísono y que interpela acerca de si la felicidad es factible o no? Tanto Freud como Lacan creen en una felicidad posible y la sostienen, pero luego de haber localizado la que no es posible. El creador del psicoanálisis es contundente cuando en la cercanía de las postrimerías de su obra, afirma sobre el placer:
“Este principio gobierna la operación del aparato anímico desde el comienzo mismo, sobre su carácter acorde con fines no caben dudas, no obstante lo cual su programa entra en querella con el mundo entero, con el macrocosmos tanto como con el microcosmos. Es absolutamente irrealizable, las disposiciones del Todo –sin excepción– lo contrarían; se diría que el propósito de que el hombre sea 'dichoso' no está contenido en el plan de la 'Creación' ”.
Sin embargo, luego de estas afirmaciones Freud asevera que la felicidad es episódica y parcial, amante de los contrastes y de las diferencias, intempestiva y nunca continua. Y prosigue diciendo:
“Lo que en sentido estricto se llama corresponde a la satisfacción más bien repentina de necesidades retenidas, con alto grado de éxtasis, y por su propia naturaleza sólo es posible como un fenómeno episódico. Si una situación anhelada por el principio de placer perdura, en ningún caso se obtiene más que un sentimiento de ligero bienestar; estamos organizados de tal modo que sólo podemos gozar con intensidad el contraste, y muy poco el estado. Ya nuestra constitución, pues, limita nuestras posibilidades de dicha. Resuena la conocida afirmación de Borges: en todo día hay un momento celestial y otro infernal.
Resulta interesante observar cómo hoy en día nos acechan las exigencias de felicidad, los imperativos de dicha, el deber de ser felices todo el tiempo. Pero la felicidad freudiana no es contraria al altibajo, ya que más bien lo supone, ella emerge cual ave Fénix, siempre entre cenizas. ¿No se eliminaría ella misma al intentar hacer desaparecer la disparidad de las tonalidades? Paradójicamente, el hombre siempre eufórico sería el hombre infeliz, ya que cuando la felicidad se transforma en el deber superyoico del ¡siempre¡ deja ella de ser felicidad.
Mirada pesimista. Se sabe de la influencia de Schopenhauer, tanto en Freud como en Borges y no sólo en ellos, sino también en Nietzsche, en Popper, en Cioran, entre otros. Siguiendo en esto a las doctrinas orientales, el filósofo alemán considera que el hombre es esclavo de su deseo, de la voluntad ciega, y este precisamente es el fundamento del pesimismo radical del autor respecto de una felicidad posible siempre a alcanzar y nunca posible por el desasosiego resultante de tales cadenas: “La vida es un anhelo opaco y un tormento”.
Sin embargo, el pesimismo de Schopenhauer no es equivalente al de Freud, ya que para este el carácter episódico de la felicidad no la torna menos valiosa ni la hace por ello desdichada. Es que lo perecedero no queda identificado con lo fútil como tan bien queda expresado en un breve texto llamado “La transitoriedad”, que si bien está escrito sobre el placer estético, importa considerarlo aquí, ya que alude al valor de lo episódico. Se trata de un sencillo y translúcido homenaje a Goethe, a la vez que un canto a la vida, en medio de los horrores de la Primera Guerra Mundial que se hallaba entonces en su segundo año. Freud se limita a contar una anécdota. Paseando con dos amigos, uno de ellos un joven pero ya célebre poeta, los caminantes se sienten de pronto embargados por el hermoso marco que los rodea. Pese a admirar la belleza de la naturaleza circundante, el poeta no puede gozar en plenitud pues le preocupa la idea de que todo ese esplendor esté condenado a perecer. Todo, en suma, le parecía carente de valor por la transitoriedad a la que estaba condenado y que, seguramente por la despiadada guerra se hacía aún más presente.
Freud reacciona frente a la desestimación del carácter perecedero de lo bello indicando primeramente que tal posición puede originar dos tendencias psíquicas distintas: el amargado hastío del mundo (caso del poeta) o la rebelión contra la fatalidad, en otros términos, la negación de la muerte o de la aniquilación. Sin embargo y sin negar la índole transitoria de lo bello, sostiene con implacable coherencia que, al revés de lo que cree el poeta, la brevedad de lo bello, lejos de conllevar su desvalorización, incrementa su valor debido a su rareza en el tiempo. Y lo expresa diciendo que el valor de cuanto bello y perfecto existe reside en su importancia para nuestra percepción; no es menester que la sobreviva y, en consecuencia, es independiente de su perduración en el tiempo. El joven poeta desvaloriza lo bello, se priva de su goce, se sustrae al placer que la contemplación de lo estético entraña, para evitar el previsible penar por su desaparición. Rehúye la experiencia del placer, con tal de no exponerse al dolor y al sufrimiento, no puede entonces experimentar tal goce ya que lo apreciado no acredita duración en el tiempo.
Entonces, nosotros podemos concluir –y ya no sólo en el plano del placer estético– que el anhelo de una felicidad perdurable es aquello mismo que impide experimentar una felicidad posible ¿Qué sería una felicidad perdurable si ella misma jamás pudo ser experimentada? Pronto caemos en la cuenta que ella no sería otra cosa que una felicidad supuesta, soñada, esperanzada, que obstaculiza vivenciar la felicidad episódica, transitoria… como la vida misma.
La búsqueda. En el diccionario de María Moliner respecto de este término aparece una frase muy común: “Correr tras la felicidad”, dicho que da cuenta de que, en este caso no se trata de la felicidad episódica freudiana sino de la que se busca en una loca carrera. Sus señuelos engañosos quedan también ilustrados en el dicho: el que va tras la zanahoria. Que se evoque aquí a la corrida nos lleva a la felicidad como desdicha, cómo búsqueda incesante, desasosiego infinito, deseo siempre de otra cosa. Y aquí encontramos el pesimismo de Schopenhauer para quien nuestro mundo está hecho del mismo material que el de los sueños, el “Velo de maya” de los hindúes. Querer entonces es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. En la medida en que la voluntad se expresa en la vida anímica del hombre bajo la forma de un continuo deseo siempre insatisfecho, Schopenhauer concluye que “toda vida es esencialmente sufrimiento (Leiden)”.
Los hombres descriptos por Schopenhauer se parecen a esos relojes de cuerda que andan sin saber por qué. Cada vez que se engendra un hombre y se le hace venir al mundo, se da cuerda de nuevo al reloj de la vida humana, para que repita una vez más su rancio sonsonete gastado de eterna caja de música, frase por frase, tiempo por tiempo, con variaciones apenas imperceptibles.
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Sin embargo el pesimismo Schopenhauer no lo lleva a rechazar otro tipo de felicidad, aquella vinculada con la alegría y ya no con el ansia. Así, este pensador considera que lo que más que nada contribuye directamente a nuestra felicidad, es un humor jovial, porque esta buena cualidad encuentra inmediatamente su recompensa en sí misma. En efecto; el que es alegre, tiene siempre motivo para serlo, por lo mismo que lo es: “Nada puede reemplazar a todos los demás bienes tan completamente como esta cualidad, mientras que ella misma no puede reemplazarse por nada. Que un hombre sea joven, hermoso, rico, y considerado, para poder juzgar su felicidad la cuestión sería saber si, además es alegre; en cambio si es alegre, entonces poco importa que sea joven o viejo, bien formado o contrahecho, pobre o rico: es feliz”. Así pues Schopenhauer concluye con la idea de que debemos abrir puertas y ventanas a la alegría, siempre que se presente, porque nunca llega a destiempo, en vez de vacilar en admitirla, como a menudo hacemos, queriendo primero darnos cuenta de si tenemos motivos para estar contentos por todos conceptos, o por miedo de que nos aparte de meditaciones serias o de graves preocupaciones; y sin embargo, es muy incierto que ellas puedan mejorar nuestra situación, al paso que la alegría es un beneficio inmediato.
Se infiere que, entonces, para Shopenhauer entre el deseo y la felicidad no hay acuerdo ya que el deseo como voluntad siempre insatisfecha lleva a la desdicha. Se observan las marcas de Platón en tal pensamiento, suficiente con recordar el carácter ilimitado con el que fue descripto el deseo en muchos Diálogos. En Gorgias y en República es definida la intemperancia de la que del él se desprende como aquella que se puede llamar de “plétora” o de “relleno”. Ella consiste en suministrar al cuerpo todos los placeres posibles, antes incluso de que se haya experimentado la necesidad. Intemperancia que es sofocación de la sensación de placer. Como si el deseo enteramente contenido en su apetito, exacerbara una y otra vez al vacío mismo, en su pretensión por saciarlo.
Ese desacuerdo no se le escapa a Lacan cuando afirma que “La felicidad se rehúsa a quien no renuncie a la vía del deseo”. En el comienzo de su obra Lacan concedió un lugar privilegiado al deseo, motor del aparato psíquico para Freud. Sin embargo, prontamente advirtió que no se puede hablar del deseo en general, que no todos tienen el mismo valor, que hay deseos que están más articulados con las pulsiones y que otros surgen sólo por estar prohibidos:
“Hay también deseos vacíos, deseos locos, que parten de que no se trata más que del deseo, por ejemplo, de algo que le han prohibido”. La gran paradoja que descubre el psicoanálisis es que no es exactamente lo mismo querer que desear. Dicho de otra manera: se puede desear mucho algo que en realidad no se quiere y que sólo se anhela porque no se realiza, ello conduciría a la insaciable búsqueda de otra cosa. Es decir, al afán de felicidad que encamina a la desdicha. En un análisis debería producirse un ajuste entre los dos términos, así dice Lacan que “el sujeto está llamado a renacer para saber si quiere lo que desea” y que esta es “la verdad que con la invención del psicoanálisis Freud traía al mundo”. No se trata entonces del mero desear sino de querer lo que se desea. Imposible no evocar el famoso proverbio chino: “ten cuidado con lo que deseas ya que puede realizarse”.
Esa felicidad que Lacan había menospreciado en nombre del deseo es evocada mucho más tarde bajo diferentes formas. Así, afirma que: “Los seres hablantes son felices, felices por naturaleza, es incluso de ella todo lo que le queda” y agrega que “...por intermedio del discurso analítico los sujetos podrían serlo un poco más”.. Miller argumenta que así como la pulsión siempre busca la satisfacción, el deseo conlleva insatisfacción. Por ello, a nivel de la pulsión el sujeto es siempre feliz, felicidad ya no articulada con una meta a alcanzar sino con un presente no reconocido. Esta idea de la felicidad no la hace esclava del deseo como deseo de otra cosa ni de la pasión de la falta en ser, ya que ella está referida al goce. Inclusive podríamos decir que el deseo como deseo insatisfecho es el que impide que el sujeto pueda reconocerse en esa felicidad pulsional.
En una conferencia publicada en Scilicet número 6-7 de fines del 75 Lacan dice que a un análisis no hay que empujarlo muy lejos: “Cuando un analizante piensa que él está feliz de vivir, es suficiente”. “Feliz de vivir” sería una felicidad no basada en la búsqueda del tener ni en el esperar, curada entonces de los desdichados deseos que la malogran. Al final de su obra, el psicoanalista francés le dio mucho mas lugar a la satisfacción que a las ansias que la dificultan, en una orientación donde se resaltan, en todo caso, los deseos más reales, lo que acota necesariamente la proliferación de los anhelos, esos además tan exacerbados por el capitalismo. Pensemos de qué manera el mercado potencia la gula del deseo y ¿galvaniza? la insatisfacción que impulsa al consumo.
La esperanza. Por último, algunas observaciones sobre la felicidad como felicidad esperada, soñada, por venir. Ciertamente, es imposible vivir sin esperanza, pero una dicha basada sólo en la esperanza es la que no tiene en cuenta lo real de la vida que nunca se identificará con los modelos esperanzadores. El neurótico es alguien cuya queja básica es la de que las cosas no son como él quiere, mostrando con esto, su más cara pretensión.
Lacan advirtió el haber visto a la esperanza, “las mañanas que cantan”, conducir a varias personas únicamente al suicidio. Nos referimos con ello a ese extremo donde ya no se vive y solo se espera un mañana. Quizás por ello Nietzsche presentó a la esperanza como la mayor de las infelicidades. El pecado original ha sido comparado con la caja de Pandora que –según los griegos– fue abierta por la curiosidad de “la primera mujer” desatando todos los males y sufrimientos de la tierra. Pero en el fondo del ambiguo cofre quedó la esperanza. Una interpretación sostiene que Pandora cerró la caja dejando allí lo único positivo que estaba encerrado en ella. Sin embargo, el final del mito dejó para muchos ciertos interrogantes: ¿Por qué la esperanza tenía su morada allí donde estaban todos los males? ¿No sería la esperanza un mal como todos los demás, un espejismo para mantenerlos ungidos en la desgracia? ¿Por qué quedó apresada en el fondo, tan pesada era, aunque otras veces es tenida como voladera?
Dijimos que no es posible vivir sin esperanza pero debemos curarnos de los modelos que intentamos imprimir a lo real cuando deseamos la felicidad futura. En el Tratado de la eficacia, Françoise Jullien contrapone el pensamiento occidental al oriental. El occidental antepone siempre el modelo a lo real, es teleológico, busca la adecuación. El oriental privilegia lo real y es de esta orientación donde abreva su actuar, el pensamiento chino no construye un mundo de formas ideales, como arquetipos o esencias puras, separado de la realidad y pudiendo dar cuenta de ella ya que todo lo real se le presenta como un proceso, regular y continuo en el que el orden está allí mismo y no en el modelo. Resuena aquí la posible “felicidad freudiana” hecha de contrastes, amiga de matices, amante más del azar episódico que del gélido formato.
Por Silvia Ons

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ANALISTA. Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.