sábado, 30 de enero de 2010

La risa universal

CRISTINA DE MARTOS
MADRID.- Un esquimal es capaz de saber si un maorí está triste al reconocer en su rostro la expresión de esa emoción. La cara es el espejo universal del alma y por eso somos capaces de interpretar ciertas sensaciones aunque nuestras culturas sean dispares. Y no sólo los gestos. La risa, el llanto y otros sonidos que acompañan a los sentimientos también son comunes a todos los seres humanos.
"Las personas empleamos una gama de señales para comunicar las emociones, incluyendo la emisión de sonidos, las expresiones faciales y la postura", señalan los autores del estudio publicado en 'Proceedings of the National Academy of Sciences'. "Las señales auditivas permiten la comunicación afectiva cuando el receptor no puede ver al emisor", añaden.
Varias investigaciones han comprobado que algunas de estas herramientas comunicativas son universales, ya que individuos de distintas culturas, que no comparten el idioma ni las costumbres, son capaces de identificar qué emociones pretenden transmitir. Sin embargo, en el caso de los sonidos, la cuestión seguía siendo una incógnita.
Investigadores del University College London (Reino Unido) diseñaron un experimento para resolver esta duda. Y se centraron en las conocidas como emociones básicas (miedo, asco, ira, tristeza, sorpresa, alegría, placer sensual, éxito y alivio). "Se considera que éstas constituyen funciones desarrolladas que comparten todos los seres humanos, tanto en términos de fenomenología como en forma de señales comunicativas", señalan.
Dos grupos de procedencia muy distinta sirvieron para comprobar su teoría. Uno estaba formado por ciudadanos británicos y el otro por miembros de la tribu Himba, que habita en la región norte de Namibia. Las distancias culturales, educativas, lingüísticas, etc., son evidentes.
Cada uno de ellos escuchaba una pequeña historia que hablaba de una de estas emociones (por ejemplo, acerca de la tristeza que sentía alguien por la muerte reciente de un pariente cercano) y después escuchaba dos sonidos -grabados previamente por personas de ambos grupos étnicos- y debía identificar cuál correspondía a la sensación de la que trataba el relato.
"Las personas de ambos grupos parecían reconocer fácilmente las emociones básicas", explica Sophie Scott, principal autora del estudio. "Esto sugiere que estas emociones -y sus señales auditivas- son similares en todas las culturas".
Entre ellos, uno especialmente: la risa. Con las demás sensaciones, las ventajas de pertenecer al mismo grupo eran más evidentes (los británicos acertaban más cuando el emisor era de su misma procedencia, al igual que sucedía con los himbas). Pero, cuando se trataba de la risa descrita en el relato por la acción de hacer cosquillas-, los porcentajes de acierto crecían, los filtros culturales no eran tan patentes.
"Las cosquillas hacen reír a todo el mundo", ha explicado Dina Sauter, otra de las investigadoras. Y no sólo a los humanos. "Hemos visto esta reacción en otros primates así como en otros mamíferos. Esto sugiere que la risa tiene unas raíces evolutivas muy profundas, posiblemente originadas como parte de la comunicación durante el juego entre niños pequeños y madre".

Expresar las emociones, un don innato
ISABEL F. LANTIGUA
La cara de póker que ponen los nominados a los premios Oscar antes de que se desvele el nombre del ganador es para muchos una actuación más merecedora de la estatuilla dorada que el papel por el que aspiran a la misma. Sin embargo, no es mérito de ellos, sino que se trata de expresiones que puede poner todo el mundo, pues esa capacidad está en los genes. Una investigación acaba de demostrar por primera vez que ciertas emociones que se expresan con el rostro son innatas.
"Algunas expresiones faciales espontáneas provienen, seguramente, de una fuente genética, y son comunes a todos los humanos, que nacen con esta capacidad independientemente del sexo, la cultura o la zona geográfica", explica David Matsumoto, profesor de psicología de la Universidad de San Francisco y coordinador del estudio que ha comprobado que estos gestos no se aprenden mediante observación, como se pensaba.
Para llegar a esta conclusión, Matsumoto y su equipo analizaron más de 4.800 fotografías de yudocas que compitieron en los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Atenas 2004. Los atletas, procedentes de 23 países de todos los continentes, tenían una visión normal o eran ciegos (de nacimiento o por algún accidente posterior). Los retratos del rostro estudiados correspondían a tres momentos distintos: al finalizar un combate por los metales (bien por el oro o por el bronce), al entregarles la medalla, y en el podio junto a los otros ganadores.
"Las expresiones de los yudocas ciegos eran idénticas a las de aquellos que tenían vista y coincidían en las mismas circunstancias", explica el investigador en las páginas de 'Journal of Personality and Social Psychology', donde publica los resultados de su trabajo. "El hecho de que los ciegos controlen sus expresiones de emoción de la misma forma que los otros sugiere que es algo que no han podido aprender por observación, sino que tiene que haber otro mecanismo que regule el control de las emociones", indica el autor, quien apuesta por "una evolución genética ancestral".
La sonrisa social
Al estudiar las fotografías, realizadas por un profesional, los investigadores vieron que los ganadores de los combates (tanto para la medalla de oro como para la de bronce) expresaban abiertamente su alegría, con sonrisas francas y sinceras, denominadas sonrisas de Duchenne -aquellas en las que no sólo se mueven las comisuras de los labios sino que los ojos y las mejillas también acompañan a la risa-.
Por el contrario, los ganadores de la medalla de plata (perdedores del último combate) se limitaban a esbozar una 'sonrisa social', que se caracteriza por levantar un poco las comisuras de los labios, pero sin que intervenga ningún otro músculo facial. Estas expresiones espontáneas fueron las mismas en todos los atletas, tanto si veían como si no.
Los ciegos congénitos, los no congénitos y los atletas con visión ponían las mismas expresiones de enfado, contención, disgusto, tristeza, sorpresa o alegría a lo largo de los Juegos Olímpicos.
Aunque aún hay que hacer más estudios, por ejemplo con personas sordas, para averiguar los mecanismos que están detrás de las emociones, nuestros datos indican que "existe una base genética que hasta ahora no teníamos en cuenta", concluyen.

La cara dolorosa de la empatía
Observar cómo alguien se pincha en el dedo desencadena una reacción desagradable en uno mismo. Un estudio acaba de desvelar que esta reacción no sólo es emocional, sino que llega a afectar hasta a los músculos propios.
"Los filósofos han insistido en que nuestras sensaciones corporales son intrínsecamente privadas. Sin embargo, nuestros hallazgos sugieren que, al menos en los humanos, la dimensión social del dolor se extiende incluso a los niveles más básicos y sensoriales de las redes neuronales", concluyen los autores del nuevo trabajo, publicado en el número de julio de 'Nature Neuroscience'.
Hasta el momento, diferentes investigaciones habían constatado que contemplar cómo otra persona sufre 'despertaba' ciertas regiones cerebrales relacionadas con la percepción del dolor. Sin embargo, no se había investigado si las reacciones ante el dolor ajeno van más alla de una reacción cerebral, si también despertaban sensaciones en la parte del cuerpo que vemos 'sufrir'.
"Los estudios anteriores establecían que la empatía del dolor sólo puede ser emocional y, de este modo, afectar a los nódulos afectivos de la red neurológica de la percepción del dolor, es decir, a las estructuras neurológicas que se activan cuando uno experimenta dolor. Nuestro estudio muestra, por primera vez, que también puede darse una empatía 'de carne y hueso', relacionada con las estructuras neurológicas empleadas para representar el cuerpo humano", explica a 'elmundo.es' Salvatore Aglioti, principal firmante del artículo y psicólogo de la Universidad La Sapienza de Roma (Italia).
"Aunque el dolor es una experiencia esencialmente privada y subjetiva, la capacidad de comprender y experimentar indirectamente el dolor de los demás es fundamental para los vínculos sociales", comenta el trabajo.
Para indagar en el asunto, los investigadores -un equipo de neuropsicólogos- realizaron una serie de experimentos a una cincuentena de voluntarios sanos que debían observar imágenes dolorosas (una jeringuilla clavándose en una mano) y otras inocuas (un bastoncillo rozando la extremidad y la jeringa atravesando un tomate). En concreto, se examinó la actividad cerebral y las señales nerviosas que emitían los músculos de la mano.
La imagen dolorosa ocasionaba una reacción muscular en el primer interóseo dorsal (el músculo situado entre el pulgar y el índice, que es la zona que sufría en la imagen). Sin embargo, la reacción muscular no se producía ni en otros músculos cercanos ni cuando se observaban imágenes 'inocuas'.
"Claramente, el efecto estaba relacionado con la valoración subjetiva de las características sensoriales, pero no afectivas, del dolor", señala el estudio.
Un mapa del dolor
"Todos los estudios anteriores indican que sólo la parte afectiva de la red de percepción del dolor [es decir, el cerebro] están implicados en la empatía del dolor. Aquí subrayamos la cara sensorial de la empatía, demostrando que se produce una reducción de la excitabilidad de los músculos de la mano con la mera obsevación de un estímulo doloroso administrado a un modelo", agregan los autores.
Estos especialistas italianos creen que "el efecto puede deberse a la activación de un sistema de resonancia del dolor que extrae los aspectos sensoriales básicos de la experiencia dolorosa del modelo (como pueden ser la fuente o la intensidad de un estímulo desagradable) y los sitúa en el sistema motor del observador".
Anticiparse al dolor
Los autores creen que este mecanismo es el que explica, también, las reacciones ante una amenaza (es decir, la anticipación a un estímulo doloroso). "Creemos que la personificación del dolor ajeno puede ser crucial para el aprendizaje de reaciones ante un estímulo doloroso y puede ayudar a que el observador escape o se quede inmóvil antes de experimentar realmente el estímulo desagradable", postulan.
"La empatía del dolor puede tomar distintas formas en diferentes puntos de la compleja red neuronal que representan las sensaciones, sentimientos y emociones relacionadas con la experiencia del dolor", concluyen.
Ahora, Aglioti y su equipo están invertigando esta forma básica de empatía "en pacientes con dolor y en pacientes con problemas de empatía, como personas autistas", dice el investigador romano.
"Incluso es posible que ver a otros sufriendo pueda ayudar a la gente que tiene dolor. La investigación sobre la empatía es fundamental para los seres humanos porque nos puede ayudar a comprender el modo en que situamos en nosotros mismos los estados sensoriales y emocionales de otros y, en último término, ayudar a otros individuos".
elmundo.es