jueves, 7 de enero de 2010

¿Es usted pesimista? Siga siéndolo. Es bueno para su vida y para su cartera

Tal vez, empezar uno de los primeros artículos del año citando a un borracho no sea lo más apropiado, pero, vaya, éste es un texto sobre el pesimismo, que tampoco es que sea el mejor tema para uno de los primeros artículos del año. Así que déjenme que empiece contando la historia de Sileno. Sileno era un sátiro de la mitología griega a quien se atribuía el don de la sabiduría cuando estaba ebrio. Una vez el rey Midas le preguntó qué era lo mejor que le podía pasar a un hombre. A lo que el clarividente bebedor respondió: «Lo mejor para todos los hombres y mujeres sería no nacer. Si nace, lo mejor que le puede pasar a un hombre es morir rápido».
No es una reflexión muy reconfortante, la vedad, pero Sileno ha tenido desde entonces un buen puñado de fans. Desde el filósofo griego Hegesias, quien en el siglo III a. C. instaba a sus semejantes a dejarse morir de hambre, a Arthur Schopenhauer («Nuestra vida oscila entre el dolor y el hastío»), Jean-Paul Sartre («El hombre no es feliz y muere») o Woody Allen («Naces, enfermas y mueres. Da igual que no hayas hecho nada malo, enfermas y mueres igual. Y lo mismo le pasa a todos los que te rodean sin que nadie entienda nada»).
Paradójicamente, ese pesimismo les ha podido ayudar en la vida. Suena como el colmo del optimismo, pero un buen número de estudios realizados en los últimos años sugieren que ciertas dosis de pesimismo pueden ser beneficiosas. El optimismo puede ser peligroso. Y, desde luego, lo que resulta absolutamente nocivo es tratar de convertir en optimista a un pesimista.
Julie K. Norem, profesora de Psicología de la Universidad de Wellesley, en EEUU, lleva más de 20 años investigando las virtudes del pesimismo. En 2001 publicó un libro titulado El poder positivo del pensamiento negativo (ed. Paidós).
«Lo de ‘tranquilo, todo saldrá bien’ no siempre es cierto», escribe Norem. «Intentar adoptar una actitud positiva cuando sentimos ansiedad puede ser incluso perjudicial. Una mujer o un hombre de negocios nervioso que niega o ignora la ansiedad que le produce hablar en público puede aumentar así sus probabilidades de encallarse, tartamudear o perder el hilo de lo que está diciendo cuando se ponga detrás del atril. Un anfitrión que no considere la posibilidad de una intoxicación alimentaria puede ser poco cuidadoso con el sushi y acabar enviando realmente a sus invitados al hospital. Los inspectores de las centrales nucleares, esperemos, dejarán siempre atado y bien atado su optimismo y darán rienda suelta a su capacidad para prever posibles problemas».
La psicóloga estadounidense ha identificado lo que ella llama pesimistas defensivos, hombres y mujeres que ante un acontecimiento futuro se marcan expectativas muy bajas y se torturan previendo todas las posibilidades de fracaso para saber cómo reaccionar. A menudo son personas de éxito profesional y social, pero siguen sometiéndose al castigo de los nervios porque es la manera más eficaz que han encontrado de combatir la ansiedad.
En uno de sus experimentos, Norem y su equipo seleccionaron a un grupo de pesimistas defensivos y lo dividieron en dos antes de presentarles un test psicotécnico. A la mitad de los participantes les predispusieron al optimismo comentándoles que habían visto sus currículos y sabían que sus resultados iban a ser buenos. A la otra no les dijeron nada. Como esperaba la investigadora, los pesimistas a los que se había vuelto optimistas obtuvieron peores resultados.
Norem, a quien quizá en un exceso de optimismo este redactor llegó a plantear unas preguntas que no han obtenido respuesta, también apunta en su libro posibles beneficios del pesimismo para la salud. O más exactamente, perjuicios del optimismo. «Hay estudios», se puede leer, «que indican que el optimismo irreal está relacionado con la poca constancia en el seguimiento de dietas por prescripción médica o en la poca atención prestada a la seguridad y prevención de accidentes».
Varias docenas de estudios han sugerido que los optimistas tienen la presión sanguínea más baja o que se recuperan antes tras una operación cardiaca. Una investigación llevada a cabo con jubilados holandeses durante 10 años reveló que los optimistas viven más. Pero frente a esta batería de hiperoptimismo, algunos ensayos apuntan que el pesimismo podría beneficiar nuestro sistema inmunológico.
Según uno de esos estudios, realizado en 1992, cuando se sometía a situaciones de estrés a optimistas y pesimistas (estrés que los investigadores materializaron en forma de un molesto ruido), el número de determinados linfocitos en la sangre tendía a ser mayor en los pesimistas si se negaba a los participantes la posibilidad de controlar la intensidad y duración del ruido. En 1999, otro experimento concluyó que, ante situaciones de estrés, los optimistas presentaban un mayor recuento linfocitario en un primer momento, pero tendían a mostrarlo más bajo que los pesimistas cuando el factor estresante persistía en el tiempo.


OPTIMISMO IRREAL. Con mejor o peor sistema inmunológico, lo cierto es que los pesimistas están en minoría. La tendencia generalizada a esperar lo mejor, incluso con los indicios en contra, está más que documentada. No es que veamos el vaso medio lleno o medio vacío. Es que la mayoría lo vemos completamente lleno incluso cuando está completamente vacío.
Se suele citar el artículo de Neil Weinstein Optimismo irreal sobre el futuro, publicado en 1980. Weinstein pidió a 120 de sus alumnas que contestaran qué probabilidades creían tener de que les ocurrieran 42 cosas en el futuro, desde encontrar trabajo o no engordar en 10 años a padecer cáncer o que les robaran el coche. Luego tenían que evaluar las posibilidades de que lo mismo les ocurriera a sus compañeras de clase. De los 18 acontecimientos positivos hubo 15 que las participantes pensaron que era más probable que les pasara a ellas; de los 24 negativos, sólo dos.
Desde entonces, numerosos investigadores han verificado ese sesgo optimista sobre el futuro, en hombres y en mujeres, y respecto a hechos como tener que usar sonotone o ser feliz en el matrimonio. Este optimismo a ultranza ha permeado también la vida pública. «El optimismo se ha convertido en un valor político», explica el ex ministro de Administraciones Públicas Jordi Sevilla, a quien algunos próximos achacan cierto pesimismo en sus artículos del suplemento Mercados de El Mundo. «Por eso, si el dato de paro es bueno, lo da el ministro y, si es malo, el secretario de Estado».
«El problema está en la dosis», prosigue. «Si, en plena crisis, los líderes del G-20 se saludan sonrientes pueden transmitir confianza, pero si se pasan con la sonrisa mientras sigue la crisis, corren el riesgo de pasar por tontos. Cuando tienes a la aviación alemana bombardeándote Londres, tal vez sea preferible el ‘sangre, sudor y lágrimas’ que una sonrisa y un ‘tranquilos, no pasa nada’. Desde luego, es una forma de liderazgo más madura con la que yo me siento más identificado, aunque no estoy seguro de que sea hacia lo que se tiende».


SÍNDROME DEL NECIO. Un fenómeno parecido se observa en las empresas. Cualquier manual de liderazgo defiende la importancia de fomentar el optimismo, con todo su genuino efecto dinamizador. «La realidad es que se prefiere al optimista porque es mucho más cómodo para el empresario», comenta José Enebral, consultor independiente y conferenciante algo escéptico. «Los optimistas dan menos problemas, hacen de mejor gana lo que diga el jefe». A su juicio, lo inteligente sería infiltrar a un pesimista en un equipo de optimistas. «Sin alguien crítico se escapan muchas cosas». Son frecuentes los casos de empresas lastradas por exceso de optimismo.
La actual crisis es un buen ejemplo: las expectativas de revalorizaciones estratosféricas de activos inmobiliarios generó una apertura del grifo de crédito que ha acabado por estrangular a algunos bancos. Aunque ahora sería de agradecer cierto optimismo para reactivar el consumo, en el pasado reciente una dosis de pesimismo respecto a la pretendida revalorización de la vivienda ad infinitum habría sido muy saludable.
«No sé si pesimismo es la palabra adecuada, porque tiene connotaciones negativas», tercia el economista Fernando Trías de Bes, «pero con un poco más de cautela o realismo la situación se habría atajado».
Autor del ensayo ganador del Premio de Hoy 2009, El hombre que cambió su casa por un tulipán (ed. Temas de Hoy), Trías de Bes analiza cómo funcionan las burbujas financieras y describe lo que llama síndrome del necio, uno de cuyos síntomas es dejarse llevar por ese optimismo irracional. «Cuando todo va bien, la gente no quiere malas noticias», añade, «pero muchos emprendedores han triunfado precisamente por estar siempre pendientes de las malas noticias». Célebre es el lema de Andrew Grove, cofundador de Intel, el primer fabricante de procesadores informáticos del planeta:#«Sólo los paranoicos sobreviven».

EL CEREBRO DEL PESIMISTA.Aunque no se ha identificado un gen o grupo de genes concreto que expliquen la inclinación al pesimismo o al optimismo, se estima que esa propensión depende en gran medida (entre el 25% y el 33%) de nuestro ADN. Lo que sí han descubierto los científicos es que el cerebro de pesimistas y optimistas funciona de manera distinta. Investigadores de la Universidad de Nueva York monitorizaron en 2007 a optimistas y pesimistas y descubrieron que imaginar acontecimientos futuros positivos activaba dos regiones del cerebro: la amígdala y la corteza cingular anterior. El riego sanguíneo en esas zonas del cerebro era mayor en los individuos que con un cuestionario previo habían sido identificados como optimistas. Otros estudios han buscado la relación entre optimismo y nivel socioeconómico. Cabría pensar que los ricos son más optimistas y los pobres más pesimistas, pero sólo lo segundo es verdad. Cuando se trata de esperar acontecimientos felices en el futuro no hay gran diferencia. Sí que se observa, en cambio, que los ricos esperan que la vida les depare menos cosas malas que los pobres.

+ En la web de la profesora Norem: www.wellesley.edu/Psychology/Norem/Quiz/quiz.html
elmundo.es

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