sábado, 13 de febrero de 2010

Paralizar la risa

La bacteria Clostridium botulinum vive cómodamente en suelos y aguas contaminadas. Sus esporas (algo así como formas latentes o inactivas) tienen la capacidad de producir una neurotoxina llamada toxina botulínica, catalogada como un arma química de destrucción masiva: es la sustancia más tóxica que existe, un veneno poderosísimo, tanto que una vez que ingresa al organismo, y aun en pequeñísimas cantidades -por ejemplo, a través de alimentos mal enlatados y embutidos-, es capaz de producir la muerte. Una muerte espantosa, por cierto. La víctima muere asfixiada por parálisis. Se paralizan sus músculos respiratorios y no puede respirar.
Parálisis.
Eso es -en una palabra- lo que produce la toxina botulínica.
La toxina botulínica actúa inhibiendo la liberación de un neurotransmisor llamado acetilcolina, que permite la contracción muscular y por eso produce una parálisis muscular temporal. Pero como ocurre con la cara y ceca de una moneda, a este poderoso y letal veneno también se le encontró una función positiva, y debido a esa capacidad de paralizar y por lo tanto relajar temporariamente los músculos, se la probó (convenientemente diluida, claro está, para eliminar sus efectos nocivos) en el tratamiento sintomático de una serie de enfermedades: el estrabismo, las distonías y otras patologías que se presentan con movimientos involuntarios y espasticidad (desde el síndrome de Gilles de la Tourette pasando por el bléfaroespasmo hasta distintas formas de parálisis cerebral) o el tratamiento de la sudoración excesiva (hiperhidrosis).
Sin embargo, la versión más popular y difundida de la toxina botulínica se asocia al uso de la sustancia para tratamientos estéticos. Si bien la clientela principal de este método son las mujeres, un estudio de la Sociedad Americana de Cirujanos Plásticos indicó recientemente que entre los años 2000 y 2008 el uso entre los hombres creció un 233 por ciento. Los lugares predilectos para aplicarla son el entrecejo, la frente y las llamadas "patas de gallo", para "planchar" algunas arruguitas alrededor de los labios.
Habrá excepciones, claro, pero las caras pretendidamente rejuvenecidas con toxina botulínica son todas iguales: rígidas, inexpresivas, paralizadas. Y sí, es el efecto que produce. La parálisis en cierto sentido no es solamente reflejo de la acción biológica de la toxina sobre los músculos, sino del intento -a menudo patético- de detener, de paralizar el tiempo: como si con cada aplicación fuera posible inmovilizar las agujas del reloj. O volverlas para atrás.
Una modelo argentina que hizo una carrera internacionalmente reconocida y fue "la cara" de las décadas del 60 y 70 me decía en una entrevista, meses atrás, que cuando ve mujeres con estas aplicaciones no puede contenerse, reacciona como un chico. "Las miro fijo, no puedo dejar de mirarlas, y hasta me dan ganas de tocarlas ahí donde se ve que tienen la aplicación. A veces es difícil, son mujeres que conozco y no puedo disimular la incomodidad que me producen." Ella -de más está decirlo- no se ha hecho ninguna clase de retoques. Advierte que solamente se operaría los párpados si en su inevitable ruta hacia abajo le impidieran la visión. Y enseguida aclara que por esa misma causa tuvo que operar a un perro hace muchos años.
En forma cotidiana, la televisión y la publicidad entregan rostros de mujeres (a veces mayores, pero también relativamente jóvenes) en las que la huella de esta toxina paralizante se convierte en la característica principal de su apariencia. Dejan de ser lindas, sencillamente porque no pueden expresar nada.
Se paga caro tal quimera. Además de ser imposible volver el tiempo atrás, la parálisis muscular temporaria dificulta una acción que parece ser atribuible únicamente a la especie humana y que obra maravillas sobre la salud física, emocional y el espíritu. Las facciones endurecidas dificultan sonreír. Paralizar la risa, qué desatino.

Por Gabriela Navarra-subeditora de LNR
lanacion.com