sábado, 25 de febrero de 2012

Ser la oveja negra de una familia con apellido

Betún fue y será la carta de presentación que acompaña al apellido de quien esto escribe: un apellido en el que resuena lo ecuestre. En medio de caballos potentes, veloces, de grandes saltos , Betún era la oveja negra entre la tropilla. Era negro y se lo veía más bajo que un ponny. Era enano. El representante de una raza extraña creada por un veterinario argentino que los bautizó con su apellido, Falabella.
Era un caballo, pero como uno de calesita . ¿Seña particular? Un tubo que le salía del cogote. Respiraba por él. Años después supe que andaba gracias a una traqueotomía. Pero su vida era normal, como la de cualquier caballo enano .
Antes de continuar, convendrá saber que lo hago ya con el caballo cansado. Rendida, casi sin remedio, después de años de intentar en vano salir de un mundo encerrado en un apellido . En un movimiento incesante en el que como en toda fuga, la fuerza centrífuga tironea para adentro mientras la propia intenta salir.
Quien esto escribe emprendió esa tarea hace años. Incluso eligió ser periodista intentando borrar las huellas de las herraduras. Pero hacer el camino propio con un apellido que remite siempre al primer palenque puede ser un trabajo arduo. Cuando se cree haberlo logrado está el riesgo de una mirada, una pregunta que recuerda que no . Suele sucederles a los inmigrantes instalados por años en otras tierras: nunca se es de ahí por completo. Betún, un caballo extrasmall , fue la señal, la luz verde para un camino distinto. Estaba en la cuna de este intento. El recuerdo de su singularidad fue el amuleto, la herradura de la buena suerte de la que aferrarse para buscar la independencia. Esta es la pequeña historia.
Hay una escena. La primera. El origen. La cuna. En este principio hay también un regalo. El primero. Si de algunas cunas cuelgan camisetas del club de fútbol, en aquella del Hospital Italiano de La Plata, en la de una Heguy, había un regalo a tono con el apellido: un caballo, Betún. El caballo enano.
Betún llegó como un regalo de un veterinario amigo de mi papá y fue el primero que tuve. Aunque automáticamente también se transformó en el caballo de todos los que medíamos menos de un metro.
Reconozcámolo, Betún tenía ciertas ventajas.
Iba y venía en el asiento de atrás del Ford Falcón familiar. Una especie de confusa ilusión provocaba verlo apenas poder asomar la cabeza por la ventanilla. En los lavaderos de auto la pregunta era: ¿Llevan caballos en el asiento de atrás? Betún caminaba mejor con un adulto adelante.
Comía galletitas y solía pasar los veranos en la quinta de mis abuelos paternos en las afueras de La Plata. Pero hubo un diciembre en que Betún fue protagonista de la crónica policial.
En la quinta, además de él, había otros cuatro caballos. Era temprano cuando el teléfono sonó.
Mama , mi abuela, llamaba desesperada. “Robaron a Betún”, anunció sin aliento. A la hora, mi papá ya había hecho la denuncia y removido cielo y tierra . Otra llamada terminó con la angustia.
“Heguy, ¿tiene camión?”, preguntaron. “Entonces, no haga preguntas y vaya a Avellaneda. Entre al campamento que le digo, y directo a la carpa de color azul. Ahí van a estar los caballos.
Cárguelos y váyase sin hacer preguntas”.
La que no podía dejar de hacerlas era yo. Esta vez la escena es la de todo padre que lo único que quiere es que su hija/o detenga el interrogatorio sin sentido. ¿Cómo en una carpa ? ¿Era un campamento gitano? Pero, ¿por qué? Un biógrafo perezoso podría señalar ese momento como aquel en que se vislumbraría una posible vocación.
“En una carpa grande, no tanto como las de circo. Ahí estaban los cuatro solos porque el rescate me costó dejar uno ”, volvió a contestar mi papá hace días cuando insistí con preguntar por el robo. Sospecho que pensó: “Otra vez las preguntas”. Los detalles que él no me dio, los inventé: Betún, en una carpa llena de telas colgadas, una de “Las mil y una noche”, solo, parado en el medio de una alfombra junto a los otros tres caballos. Llevaba un turbante y collares. Era el elegido. Los secuestradores lo adoraban.
Betún había marcado el inicio de una carrera de caballos distintos y quizás por eso decidí dedicarme a algo que no tuviera relación con ellos. Aunque crecí, y él siguió siendo el caballo de los más chicos, le debo el gusto por la celebración de lo diferente.
Con los años elegí ser periodista.
En una profesión donde la firma pesa, le da valor a lo que se escribe, tener un apellido que remite a un mundo que parece de pocos implica tener que dar explicaciones.
La contradicción se acrecenta cuando la cronista con ese apellido no sólo no se dedica al polo sino que el tráfico de bebés, los 50 años de sometimiento juarista en Santiago del Estero, la contaminación ambiental y el cáncer en Ezpeleta, los temas sociales son los elegidos. Por eso Betún es mi carta de presentación, si él fue mi primer caballo, yo puedo dedicarme a lo distinto.
Esa preferencia había ya quedado en evidencia en la línea ecuestre que siguió a Betún. Después de él llegó La Lechuza . Una criolla, baya, panzona, que había salido segunda en la rural de Palermo, pero que estaba lejos de esos días de belleza de pasarela en la Rural. En realidad, no era mía. En el plan original, mi papá había comprados dos caballos.
Pamperito , un criollo rápido y esbelto, para mí y La Lechuza para mi hermana, Bárbara.
Creo que no hubo discusión cuando los vimos: yo me adueñé de La Lechuza y ella de Pampero. Era también la yegua de todos. La montaba Geno, mi otra hermana que prefería más el piano y, por poco tiempo, Adita, que siguió con los caballos hasta ser veterinaria.
Para mí ya era natural la evolución: de Betún a La Lechuza y de La Lechuza al Soda, un caballo altísimo, pero que ya estaba en retirada. Con él, me retiré también de la infancia.
Aunque con el apellido a cuestas era casi imposible despegar del mundo ecuestre.
En una ventanilla de Migraciones británica un oficial vio el apellido y me dijo.
“Oh, Heguy, do you have a horse?” Respondí: “Sí”. De las manos de una rama de los Heguy dedicados al polo, el apellido había trascendido fronteras y hasta llegado a rincones impensables como la literatura. Ricardo Piglia tiene un personaje en Blanco Nocturno que llegó a la pampa argentina para comprar caballos a los Heguy.
Pero, ¿por qué? En la llanura argentina quizás esté la respuesta. Hasta allí llegaron unos hermanos vascos que tuvieron hijos que se entretenían con los caballos y que a su vez tuvieron más hijos –bastantes– que también lo hicieron.
¿Qué tienen los Heguy para ser buenos en polo? Ser de a caballo y tener el espíritu de libertad de los vascos. En la Argentina es en el único país del mundo en el que confluyeron los vascos y los caballos. Cuando ves a un Heguy en una cancha de polo, por ejemplo, no es nada más que un vasco de a caballo.
Alberto Pedro Heguy, uno de los tantos del clan, terminó de brindarme la definición, largó una carcajada y me pidió aplausos por ese concepto con tanto efecto y precisión que merecía una ovación, como las que se ganó miles de veces taqueando en una cancha de polo. El es uno de los famosos polistas Heguy, hijo de uno de los vascos que como mi bisabuelo llegó a Argentina.
Con su hermano, Horacio, y los hermanos Juan Carlos y Alfredo Harriott formó el primer dream team de este deporte: Coronel Suárez. Eran los 70 –yo montaba en Betún– y el polo argentino comenzaba a ser calificado como el mejor del mundo. Después aparecieron los primeros equipos de cuatro Heguy y de handicap perfecto. Alberto Pedro me dio esa respuesta hace ya más de diez años cuando un editor no pudo caer en la esperada tentación de encargar a una Heguy una historia sobre el mejor polo y los mejores caballos.
A esa altura, yo ya tenía un metodología. Contestaba a conveniencia a la pregunta de si era una Heguy de los caballos . Era una época en que no tenía ganas de andar enfrentando prejuicios y admiraciones ajenas. Era redactora de Información General, y había adoptado un segundo apellido: “de Clarín”. En ese rol, varios me preguntaron si una Heguy no debería trabajar en La Nación. Fue en enero de 2002, y después de haber pasado un año con demasiado millaje en el conurbano con informes sobre la peor crisis social argentina, que me tocó cubrir la temporada de Punta del Este. “ Crónicas marcianas ”. Así las calificó Betty, mi psicóloga, a aquellas notas que enviaba a un país devastado.
Ahí al Heguy le solté las riendas. Fui un caballo retozando en la pampa. Por años reprimido, galopaba en un ambiente donde sin duda era una referencia, donde todos lo acariciaban y admiraban. El desfile de Giordano todavía era el clásico. Cené con él la noche anterior para que me contara cómo iba a hacer ese año la pasarela .
Cuando terminó el show, su asistente me llamó para invitarme a una fiesta privada en su casa.
No es para la prensa , me aclaró. Intrigada, fui. Lo entendí cuando la mucama me abrió la puerta y entré al living de la casa en medio del bosque. Giordano estaba parado en medio de la sala rodeado por unos cien invitados. Cuando me vio, gritó en su estilo y a manera de presentación: “Heguy”. Yo creí escucharlo decir: Heguy-caballos-glamour.
Entré tratando de no mover la cabeza.
Andar con un apellido así predispone al resto. Es como la segunda conversación obvia después de la del tiempo, pero con una carga de curiosidad, bastante de prejuicio y mucho de fantasía. Mi amiga, Piru Beccar Varela, se ríe en estas situaciones y dice: “Cartón pintado”. La referencia es porque su abuela buscaba el apellido de cada candidato o novio de adolescencia en el Libro Verde, que nada tenía que ver con la liturgia kadafista.
“Ahh ... un pirugueti ” decía si el pretendiente no aparecía en esa guía del quién es quién de la alta sociedad.
También en esas ocasiones suelo repetir una frase de Federico Peralta Ramos, la tengo pegada en la heladera según pasan las mudanzas. “Toda mi vida me la pasé bajando del palco mientras todo el mundo quiere subir.
La verdad es que en el palco no hay nada pero no hay que decirlo porque, si no, se termina el movimiento”. Es la síntesis perfecta de lo que despiertan ciertos apellidos y lo que nos pasa a quienes intentamos bajar de balcones o caballos.
Porque desde Soda nunca volví a tener uno. Pero si el mejor viaje es siempre el de la vuelta a casa, quien escribe volvió mansa al mundo equino guiada por las mejores manos. Las de Agustina y Juan, mis sobrinos mayores. Gracias a ellos, me rendí al esfuerzo de despegar del mundo de mi apellido.
Muchos fines de semana me quedo sin aire del susto cada vez que Agustina salta en caballos briosos. Ella, además de tener técnica y perseverancia, dicen que es capaz de montar a uno indomable como si fuera Betún. Sospecho que fue lo suficientemente sabia para conservar ese don de la infancia: el que permite establecer una relación especial con los caballos. Un amor de contacto, de entrega sin temores.
El otro responsable es Juan. Tiene 5 años, varios caballos y la capacidad de transformar en uno todo objeto inanimado.
Se pasa horas ensillando y desensillando bancos.
En una siesta de enero mirándolo en ese ritual solitario que son algunos juegos de chicos me acordé de Betún. Juan domaba un potro imaginario mientras yo relataba sus corcoveadas y en los intervalos intentaba dormir bajo el viejo roble que alguna vez fue un retoño del de Guernica.
Un apellido como un árbol puede unir genealógicamente, pero lo que realmente marca es esta forma de pasar la infancia, se me ocurrió pensar al verlo y sentir un poco viva la niñez perdida.
Ser Heguy, para mí, es tener buenos recuerdos para hacer más fácil el andar por la vida. Finalmente la herencia es la manera de ir por el mundo, no importa cuál de ellos se elija transitar ni menos con qué caballo. Si es uno esbelto o la oveja negra de una tropilla. De cerca nadie es normal, nos gusta decir a los periodistas. Sé que para muchos las mejores tropillas son las de pelajes idénticos, pero a mí siempre me parecieron poco interesantes.

Mandatos y traiciones

Es curioso cómo pesa el origen. De a ratos sentimos que no somos libres sino que estamos “predestinados a”: a una profesión, a un rol en la familia, a una pátina de humor o de alta seriedad, a una estética corporal. En una época que predica el valor del camino propio , de ser uno y no lo que otros quieren, las rupturas aún provocan desvelos.
Quizás la idea de lo finito –la muerte, para ser más directos– tenga algo que ver. En la lógica extraña de la naturaleza, hay una sensación de que uno sigue vivo –un poquito– si logró diseñar un mundo que le perdure. Con los hijos, claro, pero también con los amigos o con lo que uno construyó, desde una casa a un libro. Y en ese mapa, los otros a veces son piezas que movemos para asegurarnos el proyecto.
Las genealogías no sólo se asocian a familias tradicionales. También a mandatos y a traiciones que están presentes en todos los niveles y que no respetan una orientación única pero sí trazan caminos. Un mecánico pelea para que su hijo estudie ingeniería. O al contrario, lo incentiva a quedarse con su propio taller con la idea de que ese es su lugar. Algo así como un resabio de la Edad Media : Dios nos puso en este rol, no lo debemos abandonar.
Pero luego está la necesidad y los gustos de cada uno. Conozco a muchos con dinero que terminan perdidos en una pieza en París , que jamás habitarían en la Argentina, felices del anonimato. Sin rumbo, pero sin presiones. Otros que no tienen un peso marchan hacia el Sur –nuestra i magen de tierra sin cepo , del espacio en el que uno puede convertirse en alguien diferente– para emprender un camino con significado idéntico.
La familia cobija, pero la familia también resuena como tierra de fidelidad. Atreverse a conjugar el origen con l a exploración personal , con el formar la propia genealogía e iniciar de nuevo la cadena, se intuye como una tarea endiabladamente compleja. ¿Será por eso de que los frenos intangibles son los que más cuestan destrabar?
clarin.com