martes, 28 de julio de 2009

Terapia de pareja


Por Alejandra Folgarait

Los personajes de Cecilia Roth y Julio Chávez debaten las vicisitudes de su matrimonio de 22 años por la televisión abierta. Su terapeuta no ahorra lugares comunes a la hora de lidiar con esta terapia de pareja.

El televidente de “Tratame bien” sospecha que, por más terapia que hagan, estos dos pacientes están más para el “hasta siempre” que para los reencuentros ardientes. Pero quizás Clara y José no terminen como en “La guerra de los Rose”. La terapia de pareja es más efectiva de lo que se cree.Mientras la ficción sigue su curso, en la sala de espera de algún consultorio, una pareja de carne y hueso se pregunta si vale la pena asistir a esa ceremonia del adiós o del reencuentro. ¿Funciona la terapia de pareja? ¿o son sólo fórmulas civilizadas para despedirse antes de sacarse los ojos por el auto, la casa y/o las visitas de los hijos?

La pregunta no es menor para uno de cada tres matrimonios que tambalea en la Argentina. Tampoco es ociosa la pregunta en la serie “In Treatment”, de HBO. En la primera temporada, el terapeuta Paul Weston trataba de buscar una respuesta eficaz a la turbulenta pareja conformada por Jack y Amy, que terminaron separándose a pesar de compartir una sexualidad muy hot. El doctor Weston alimentaba sus dudas sobre la terapia de pareja incluso a la hora de consultar por su propia crisis matrimonial.

El personaje protagonizado por el irlandés Gabriel Byrne sabía que había llegado a ocupar el otro lado del mostrador —perdón, del sillón del analista— por las sospechas de infidelidad que alentaba su mujer. Pero también intuía que la punta del iceberg que los había conducido a las tormentosas aguas de la psicoterapia marital tenía raíces mucho más profundas. Tras varias sesiones, el psicoanalista y su esposa tomaron rumbos distintos.

¿Será que no es posible reparar los corazones partidos?

Según los especialistas en tratamientos vinculares, las parejas no sólo van a terapia para intentar salvar sus matrimonios. También pueden hacerlo para juntar fuerzas para divorciarse. O, la mayoría de las veces, para tratar de entender cómo su amorosa relación terminó con esa insoportable sensación de estar durmiendo con el enemigo. Cuando los integrantes de una pareja ya no pueden resolver sus conflictos, los vínculos estallan como fuegos artificiales fabricados con un detonante reciente pero con pólvora muy antigua. La confusión que genera la explosión, entonces, necesita de un testigo imparcial antes de que sea demasiado tarde para lágrimas.Detrás de los reclamos, los celos y los gritos, las parejas en crisis parecen no tomar en cuenta una cuestión básica: el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, y lo que antes era resultaba maravilloso puede ya no interesar en lo más mínimo. Aunque parezca que los integrantes de una pareja caminan siempre al mismo paso, con los años muchas veces toman rutas divergentes.

Y nadie tiene la culpa de eso. “En la historia de las parejas se producen cambios de distinto tipo, entre los cuales figuran las crisis vitales y los vaivenes del amor”, apunta Rosalía Álvarez, del Departamento de Familia y Pareja de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Al promediar la vida, muchos hombres fantasean con romper el vínculo matrimonial, tener una pareja joven, dar las hurras. En realidad, dice Álvarez, están tratando de alejar la fantasía de la muerte. Las mujeres, por su lado, se dan cuenta de que pueden mantener solas sus hogares, y que ya no necesitan sostener el mandato social de la madre sacrificada por el marido y los hijos.

A los 40 años les agarra el “síndrome Cris Morena”, según la expresión de uno de los entrevistados para esta nota: se calzan los tacos y quieren salir a vivir la vida sin responsabilidades ni ataduras. El fantasma de un envejecimiento solitario, sin embargo, permanece para producirles angustia.

¿Qué hacer entonces?

La terapia de pareja es una buena opción para comprender qué está pasando y cuál es el deseo de cada uno. “Estoy convencida de que las intervenciones cortas, de seis a ocho entrevistas, dan mejores resultados que los tratamientos largos para las parejas en crisis”, afirma la psiquiatra Graciela Peyrú, presidenta de la Fundación para la Salud Mental. “Las parejas que tienen mejor pronóstico son las que mantienen una buena sexualidad y son capaces de ofrecer cinco elogios por cada crítica”, receta Peyrú.

Sin embargo, no siempre un erotismo bien aceitado alcanza para diluir quejas y resentimientos. Ricardo ha estado casado 20 años con una mujer con la que tuvo dos hijas y un amor sostenido. Cuando su esposa sopló las 40 velitas, comenzó la crisis de pareja. Por el lado de él, el reproche vino por el estilo teenager que ella empezó a cultivar, por el excesivo tiempo dedicados a su nuevo trabajo, y por descuidar a las hijas. La esposa, en tanto, lo acusaba de abandonar la pareja y de actuar como un tirano. Lo más sorprendente de la historia fue la movida de sus respectivos terapeutas individuales: convocaron a ambos a una terapia de pareja a cuatro voces (él, ella y los dos terapeutas, cognitivistas). “Fuimos ocho meses, parecía que la pareja estaba bien encaminada, hasta que el último día ella dijo que estaba todo bien, pero que ahí el enfermo en realidad era yo.

Y se arruinó todo”, recuerda Ricardo, entre el asombro y la bronca. Pasado medio año, el profesor de historia cree que esa terapia fue un error, desde el tratamiento conjunto hasta la falta de advertencia respecto de las señales del tsunami que arrasó al matrimonio. “Para mí la terapia de pareja fue un fracaso, además de una situación ridícula”, masculla Ricardo desde su departamento de flamante separado. “Pero sigo haciendo terapia individual con mi psicoterapeuta”, se ríe, resignado. Los enredos de parejas son muy complejos. Aunque no es imposible desatar sus nudos.

“Trabajar sobre la experiencia amorosa entre dos sujetos no conduce necesariamente a la separación”, advierte Álvarez. Para la analista, sí es preciso descubrir los pactos inconscientes que unieron y mantienen todas las parejas, comprender que se están repitiendo en la pareja vínculos ancestrales con las figuras primarias (madre, padre), y pasar de lo “mío” y lo “tuyo” a lo “nuestro”.

Bajo la ilusión de ser dos en uno, la mayoría de los matrimonios se sostienen primero en el mito de la media naranja, luego en el enamoramiento y la pasión, más tarde en el entretenimiento de la boda y finalmente en los hijos. Pero diversas circunstancias —amantes, pérdida del empleo, falta de dinero, intereses diferentes— hacen que aquellos que supieron jurarse amor eterno no sean los mismos que hoy se acusan de mil y un pecados ante un tercero neutral. “Yo tuve tres convivencias matrimoniales, y en las tres hice terapia de pareja”, relata Silvia, una psicoanalista porteña de 50 años.

La primera vez fueron a lo de un terapeuta familiar de la escuela sistémica, y desde la primera sesión quedó claro que se separaban, recuerda. Con su segundo marido fueron a un psicoanalista de parejas con el entusiasmo de que las sesiones sirvieran para que se escucharan sin terminar insultándose violentamente. Tampoco funcionó. Con su actual marido —continúa Silvia— fueron “por desesperación, aunque ya sabía que la terapia de pareja no sirve para nada”. Tras tantos maridos y terapias, Silvia concluyó que el tratamiento tiene una eficacia limitada. “Lo que puedo decir es que estas terapias tienen un efecto de apaciguamiento.

Uno se escucha y escucha de otra manera, está mejor por un tiempo, aunque al final todo vuelve a ser como antes: una pelea constante”.

A pesar de tanta frustración, Silvia no se separó de su último marido, Enrique. ¿Por qué? “Porque me angustia estar sola con dos chicos, porque tendría que vender la casa, porque sigo enganchada…”, va enumerando hasta dar con lo importante: “La terapia de pareja no debería servir para enganchar más a uno con el otro sino para producir una separación verdadera del otro, no en la realidad sino en lo fantasmático”. Hasta no poder dar ese paso, Silvia y Enrique siguen juntos.

En general, las mujeres son las que arrastran al marido a la terapia de pareja. Cuando no es así, los matrimonios llegan por recomendación de sus respectivos analistas individuales. Los motivos de consulta, según la psiquiatra Peyrú, son muy variados: infidelidad, falta de comunicación, parejas reensambladas con hijos de matrimonios anteriores, aburrimiento por la rutina, ansiedad o depresión de un miembro de la pareja. “Cuando hay crisis económicas, como en este momento, al principio la pareja se une para enfrentarlas. Pero luego aparece una fatiga y una irritabilidad que promueve la consulta a un terapeuta de pareja”, explica Peyrú.Como sea, en Estados Unidos uno de cada dos matrimonios termina en divorcio. Y los consejeros y terapeutas matrimoniales tienen más trabajo que nunca.

Según datos de la Asociación de Terapia de Familia y Matrimonial de EE. UU. (AAMFT), el número de terapeutas expertos en este ramo creció 50 veces desde 1970. Y hoy hay 900.000 parejas bajo tratamiento, aseguran. Un candidato al diván es el matrimonio de Mark y Jenny Sanford.

El gobernador de Carolina del Sur se hizo una escapada a Buenos Aires para, según dijo, clausurar la relación con la argentina María Chapur, su “alma gemela”, su “trágico amor prohibido”. “Usted no creería las cosas estúpidas que los hombres y mujeres más inteligentes del mundo han hecho en nombre del amor”, confía a Newsweek Mira Kirshenbaum, directora del Instituto Chestnut Hill, de Boston, y autora del libro “When Good People Have Affairs”. Para la terapeuta, a Sanford le diría: “Pare y piense. Reconocer su culpa es un buen primer paso, pero para salvar su matrimonio requiere mucho más. Se necesitan dos personas que quieran estar juntas. Primero, tiene que dejar de hablar con María. Y tiene que ir a una terapia de pareja, escuchar a su esposa, y hacer lo que sea que ella necesite”.
En la argentina, los matrimonios van en franco descenso y las separaciones legales crecen. El último censo nacional reveló que en 2001 había 6.615.115 parejas unidas en el país, el 75 por ciento de las cuales se había casado legalmente, y un 18 por ciento de las cuales se reconocía reincidentes en la convivencia. En cuanto a los divorciados o separados, sumaban 1.283.868 argentinos. En el medio de estos números, quedaban los solteros, viudos, niños y esa gran masa que en política electoral se llamaría “indecisos”.


Son estos últimos los que peregrinan a los consultorios de los terapeutas de pareja con sus mochilas de resentimiento a cuestas.“Es cierto que existe un aumento en las consultas de parejas”, dice el psicoanalista vincular Juan Carlos Benítez Pantaleone, de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupos. Lo que descarta el especialista es que el éxito de una terapia de pareja se mida por si termina en separación o no. “Las parejas consultan cuando están padeciendo un sufrimiento, y el objetivo es que puedan construir un contrato que no se los provoque”, indica.

Actualmente, las parejas suelen llegar al consultorio porque alguno de sus miembros tiene ataques de pánico, o una dependencia excesiva del otro, o celos, o una gran confusión porque no saben qué les pasa. “El terapeuta promueve una terceridad, un espacio en el cual no se trata de recuperar lo perdido sino de seguir construyendo algo nuevo”, explica el psicoanalista. El tratamiento funciona porque hay una tercera mirada, se puede ver las cosas de una manera diferente a la de cada uno por separado, e intervenir favoreciendo el entendimiento de lo que pasa, propiciando el encuentro. “Si después las parejas se separan o no, es otra cuestión”, insiste Benítez Pantaleone.
Hay múltiples estrategias para llevar adelante una terapia de pareja. Desde la terapia conductista-cognitiva hasta la sistémica, la gestáltica y la psicoanalítica, la cuestión pasa por desarmar ladrillo a ladrillo el muro de conflictos que construyó una pareja, restablecer la escucha y el intercambio verbal, fomentar el contacto con las emociones y bucear en las ganas de seguir construyendo juntos un proyecto en común.En la terapia de pareja, son los vínculos los que están en el banquillo, no los individuos que componen el dúo problemático. Se trata de promover cambios en los comportamientos, indagar en las expectativas, trabajar las creencias y malos entendidos. Todo con el objetivo de parir un matrimonio más o menos feliz, en el que se acepte las necesidades de cada uno, se ofrezca soporte emocional al otro, y se le reasegure su valor en la intimidad. “Lo distintivo de las parejas no es la fusión entre dos que forman uno, sino las diferencias que existen”, subraya Benítez Pantaleone.


Una pareja ideal no es más que una ilusión. Según el psicoanalista, no se trata de reconstruir una supuesta completitud perdida ni de esperar a que el otro cambie, sino de elaborar todo el tiempo la diferencia del otro dentro del vínculo, y aprender a convivir con ella.OK, todo muy lindo.

Pero ¿sirve la terapia para conseguir este santo grial?

Para la AAMFT, tres cuartos de los pacientes tratados reportan mejoras en sus relaciones. Un metaestudio realizado por la Asociación de Psicología de EE. UU., que evaluó los resultados de terapias de parejas que fueron publicados entre 1989 y 1993, concluyó que las psicoterapias producen cambios favorables en las parejas, más allá del enfoque teórico utilizado.

Según Neil Jacobson y Michael Addis, del Departamento de Psicología de la Universidad de Washington, el porcentaje de parejas que se consideran satisfechas con su matrimonio después de la terapia ronda el 50 por ciento. “Al parecer, todos los tratamientos ayudan a algunas parejas y dejan a un número sustancial de parejas insatisfechas o igual que antes de la terapia. Todos los tipos de terapia testeadas parecen tener las mismas cifras de éxito”, se sinceraron Jacobson y Addis en un artículo publicado en el Journal of Consulting and Clinical Psychology.

En Estados Unidos, las terapias de pareja suelen basarse en un paradigma conductista y cognitivista, con objetivos claros, terapias breves, ejercicios que favorezcan la comunicación positiva y desestimen los círculos viciosos de enunciados negativos. A pesar de su popularidad, esta terapia de pareja también fracasa. Una investigación mostró en 1987 que un 30 por ciento de las parejas que mejoran con terapia conductista recaen a los 2 años.

Otro estudio, que siguió a las parejas tratadas con terapia conductista durante 4 años, mostró que un 38 por ciento había terminado en divorcio.

En la Argentina no hay datos de eficacia. Pero los terapeutas consultados coinciden en que el hecho de que una pareja siga junta después de una crisis depende de muchos factores, entre los cuales figura la edad. Hay estudios que indican que cuanto más jóvenes son quienes consultan, más chances tienen de recomponer su vínculo. La pareja llega diciendo “lo mío es mío y lo tuyo es tuyo”, señala la analista Álvarez. Pero cuando se dan cuenta de que se trata de poder decir “lo nuestro”, se genera un vínculo mucho más fuerte, añade. En la pareja no se trata sólo de la convivencia —que es lo que mata, según el personaje de Cecilia Roth—.

También se trata de deponer el narcisismo, aceptar que la pasión dé lugar al amor, reconocer que en la pareja actual se repiten estilos del matrimonio parental, enfrentar que la finitud genera miedo. “Cuando hay un deseo de seguir juntos, a pesar de los conflictos y los silencios, el pronóstico es muy bueno”, desliza Álvarez.
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