miércoles, 15 de julio de 2009

Después de 54 años de casados, hicieron un pacto de amor para morir juntos



Ella había dejado de ser aquella muñeca de cajita musical que en la década del 50 bailaba con los pies en puntas. Había llegado la vejez y con la vejez, un cáncer que no le había dado permiso ni a la esperanza más engañosa. Mientras digería el diagnóstico de paciente terminal de su mujer, Edward Downes, un famoso director de orquesta británico, se fue quedando sordo y ciego.
Así, en su pequeña y enorme lucidez, tomaron la más polémica de las decisiones. Se despidieron de sus dos hijos y viajaron a una clínica suiza cuestionada por promover "el turismo de la muerte".
Después de 54 años de vidas compartidas, habían elegido el final para su historia de amor: un pacto de muerte. Pagaron miles de dólares para que los ayudaran a suicidarse.
Edward tenía 85 años y un pasado brillante como director de orquesta en Gran Bretaña. Trabajó durante cuatro décadas en la Filarmónica de la BBC y también colaboró con la prestigiosa Royal Opera House.
Por su habilidad natural, había empezado a tocar el violín a los cinco años. Pero con el correr del tiempo sus sentidos empezaron a ceder y en sus últimos años sufría con problemas de audición y ya casi no veía. Con su marido impedido de valerse por sí solo, Joan, su mujer, se convirtió de a poco en su asistente personal.
Antes de la llegada de ese cáncer necio que le iba ganando el partido, Joan –nueve años menor que Edward–, había sido bailarina clásica, coreógrafa y productora de televisión. Pero todo eso se hizo humo. Ella tenía los días contados y él también, aunque por su propia voluntad. Como la ley inglesa pena hasta con 14 años de prisión a quien asista un suicidio, Edward y Joan decidieron viajar a Suiza.
Allí, la eutanasia no es legal pero el suicidio asistido sí lo es. La diferencia radica en que en el suicidio asistido es el propio paciente quien, con ayuda de profesionales, decide quitarse la vida con una combinación de fármacos. Edward y Joan fueron a la Dignitas, un centro de suicido asistido.
Allí pagaron alrededor de 4.000 libras cada uno (un monto cercano a los 45.000 pesos entre los dos). Una enfermera les inyectó una dosis letal de barbitúricos, un sedante que en altas dosis provoca la depresión del sistema respiratorio.
"Murieron en paz, del modo que ellos eligieron. Después de 54 años juntos decidieron terminar con sus propias vidas en vez de seguir lidiando con sus problemas de salud", dijeron por escrito Caractacus y Boudicca, sus hijos.
¿Cuánto amor tiene que haber para asimilar la decisión de un suicidio compartido como un acto de amor?
El manager de la orquesta de Edward dijo que él era un hombre extremadamente racional, que con su mujer habían vivido una vida fantástica y que esta decisión completaba su vida juntos. Murieron el viernes. Sus hijos prefirieron no velarlos. Ya se habían despedido.
Dignitas, la clínica que ayuda a morir
A los ojos de las asociaciones religiosas, la clínica suiza Dignitas es considerada como una entidad que promueve lo que llaman el "necroturismo" o "turismo de la muerte". Dignitas fue fundada en 1998 bajo el lema "Vive con dignidad, muere con dignidad".
Su primer suicidio asistido fue en octubre de ese año. Se trataba de un físico suizo de 71 años. Si bien muchos casos derivaron en investigaciones policiales, ya asistieron más de 800 suicidios y nunca un caso llegó a la Corte.
En 1999, asistieron a una mujer alemana, lo que planteó un interrogante: atender o no los pacientes extranjeros. Sus autoridades creyeron que el derecho a la muerte digna no distingue fronteras y empezaron a aceptarlos. Hoy, el 85% de los casos son pacientes que llegan desde el Reino Unido, donde la asistencia está penada con 14 años de prisión. Los enfermeros y médicos de Dignitas también debieron afrontar otra crítica: que no sólo aceptaban pacientes terminales -como ocurrió en el caso de Edward y en el de un rugbier de 23 años que tenía el cuerpo paralizado pero no tenía pronóstico de muerte-, sino a cualquiera que quisiera quitarse la vida. Ante las quejas de los vecinos que estaban cansados de ver salir ataúdes, Dignitas se mudó varias veces, incluso a un hotel, hasta que se instalaron en su sede actual.
En Suiza se aprovechó una ambigüedad legal para iniciar la práctica. El Código dice que se pena a quien asista un suicidio "por motivos egoístas", por lo que se desprendió que no había pena si se ayuda a otro a morir de manera altruista. Sin embargo, algunas versiones indican que cobran hasta 6.000 dólares a cada paciente y cuando no cobran reciben jugosas donaciones.
Una vez allí, el paciente debe tomar el vaso con sus manos e ingerir el contenido sin ayuda: si alguien lo hiciera por él la muerte sería considerada un asesinato.
clarin.com