sábado, 20 de diciembre de 2008

"Fitotrón", el invento argentino que anticipó la moda del Bio-arte


Ahí están las spatifilium, frescas, tropicales, con sus hojas alargadas de un verde lustroso y oscuro y sus flores que imitan a las calas. Seres vivos que laten en la sala de un museo; piezas de una obra de arte conceptual que se vincula con la ciencia y provoca a la naturaleza. Es el primer piso del Malba y es Fitotrón de Luis Benedit.
Dentro del programa "Adquisiciones, donaciones y comodatos" este museo volvió a armar después de 36 años la obra que fue encargada al artista y arquitecto en 1972 por el MoMA de Nueva York. Se trata de un vivero hidropónico. Las plantas en su interior crecen sin tierra ni luz solar. En un habitáculo de plexiglás y aluminio en el que son alimentadas por luces artificiales y nutrientes, con sus raíces enterradas en piedritas de origen volcánico.
Fitotrón no es sólo esto.
Es una reflexión desde el arte de sistemas sobre la imitación de la vida, sobre un futuro sin agua, sobre hombres sin alimentos, sobre ciudades superpobladas. Por su increíble vigencia puede entenderse que resultara atrevido en el contexto en el que fue hecho.
En los 70, cuando la frase "cultivos transgénicos" no tenía difusión -ni tampoco la clonación- y cuando no era común que los artistas metieran en museos y galerías seres vivos en tanto creaciones de arte, Fitotrón era como una mosca blanca.
No fue comprendido entonces ni por la crítica, ni por la ciencia. Lo enmarcaron dentro de corrientes como el land art, como también lo leyeron en una crítica a la manipulación de la ciencia. "Era sospechoso para los críticos, y para los zoólogos y biólogos yo era un outsider. Yo estaba seguro de que era arte porque mi intención al hacerla era artística. Y el contexto en el que iba esta obra no era otro que un museo o una galería", dice Benedit, casi cuatro décadas después. A fines de los '60 volvía de vivir en Europa y se encontraba con su amigo, el científico Antonio Battro, que entonces hacía estudios sobre memoria artificial. Fue él quien le pidió que construyera un habitáculo para poder observar en vuelo a las abejas.
"Ahí se me ocurrió trasladar esa experiencia con seres vivos a una dimensión artística", comenta Benedit. El arquitecto ya con su credencial de artista (es pintor autodidacta) fue invitado en 1970 a representar a la Argentina en la Bienal de Venecia que ese año tenía como tema el arte en diálogo con la ciencia.
Así fue que presentó Biotrón, antecedente de la pieza que hoy se expone en el MALBA. Se trató de una obra muy compleja que constaba de una jaula de vuelo que en su interior tenía un jardín de flores artificiales -de acrílico- con un sistema que hacía subir el néctar con el que se alimentaban las abejas. Así los animales podían elegir comer de las flores de un jardín natural o tomar el jugo de las flores sintéticas. Y lo interesante era esta competencia entre lo natural y lo artificial. Tuvo entonces gran repercusión de la crítica mundial. Benedit abandonó esta búsqueda después de siete años en los que trabajó con hormigas, ratones, cucarachas, caracoles, axolotes. Su producción actual, la de los últimos seis años, podrá verse pronto en una exposición que reunirá entre otras sus nuevas acuarelas y trabajos con minerales, meteoritos, piedras semi preciosas y huevos de pájaro. También está trabajando con huesos de perro y resina.
Si algo une su obra es el diseño, la proyección de la arquitectura y la interacción con la naturaleza. Sigue de algún modo en su metáfora hablando desde el arte, de procesos naturales, en un espectro en el que ostentan un sentido nuevo. Fitotrón fue expuesto por última vez en una retrospectiva que se hizo en el Museo Nacional de Bellas Artes, en 1996. Al finalizar la muestra y ser desarmada la obra, Benedit conservó algunas plantas que hoy, a 12 años de entonces, siguen vivas.