sábado, 20 de diciembre de 2008

Almanaque y espíritu


Norberto Firpo
Para LA NACION
El espíritu navideño se lleva a las patadas con la gente agorera. No es para esos sabandijas que inventaron la crisis financiera, ni para los tipos truculentos que imaginan un mundo todavía un poco peor, ni tampoco para los que se creen dueños de la verdad absoluta, visionarios de bar y billares.
El espíritu navideño les niega el saludo a los egocéntricos, a los codiciosos, a los amarretes, a los buscadores del pelo en la leche, a los necios.
En realidad, el espíritu navideño funciona al margen de cualquier religión y hasta puede prescindir de ella, tal vez porque no necesariamente hay que cumplir consignas dogmáticas para ser honesto y cordial con el prójimo, para ser buen padre o buen hijo, para ser individuo de una sola pieza, solidario y hasta cierto punto abnegado, sin que tal cosa implique sacrificio ni sea causa de martirologio.
En suma, el espíritu navideño no es sectario: es una cualidad privativa del género humano, aun cuando, sin embargo, expresa vínculo más estrecho con el almanaque que con el carácter y el temperamento de las personas.
Como se sabe, las personas comunes y silvestres manifiestan seductora proclividad a la siembra de injurias y litigios, al reparto de broncas gratuitas y, muy a menudo, a la difusión de engaños y falsas promesas.
La fallutería, cabe destacar, es una variante cultural que encuentra sólido sustento en la política, entendida ésta como el arte de dorar la píldora al ciudadano. De paso, sepan los despistados que todo engañador profesional es intrínsecamente mediocre y propenso a la intolerancia, casi siempre de índole racista (porque la necedad, ¡vaya noticia!, también es condición exclusiva de los seres humanos).
El espíritu navideño no se les contagia a fulanos de esa ralea, caracterizados por suponer que sólo el almanaque -los alrededores de la Navidad misma- los conmina a ser generosos y dadivosos, a tributar solidaridad sin hacerse los osos.
El espíritu navideño no es oportunista ni ventajero; no se rinde a las fórmulas de ocasión, que son las del cómodo, fácil e insípido buen augurio, las del abrazo protocolar, las del beso que no logra rozar la epidermis del afecto sincero.
En suma, el verdadero espíritu navideño descree de las fórmulas que tan esforzadamente tipifica un repetido gordo ficticio, de crenchas blancas, muy abrigado, que hace sonar sus cascabeles mientras transpira a raudales.
El gran desafío que afronta la humanidad consiste en que el espíritu navideño, para nada exclusivo de una fe religiosa, trascienda estos escasos días del año y abarque, sin límites temporales, eso que en Belén se ha querido significar.