lunes, 16 de junio de 2008

Padres invasores

El fenómeno
Los padres de los alumnos del nuevo milenio son amigos. Y no de antes, ni a posteriori (como resultado de algo), sino que esto sucede en forma casi automática desde salita de 2, cuando los párvulos todavía están inmersos en el juego solitario y a duras penas se comunican entre sí.
La tendencia crece en las escuelas modernas, públicas o privadas; en los últimos años se contagió con fuerza desde el foco irradiante de Zona Norte, pasando por el lejano Caballito, hasta sur. Que se entienda. No se trata de cooperadoras que administran subsidios gubernamentales para comprar estufas o materiales, sino de matrimonios que salen a cenar los viernes, con sus retoños y sus compañeritos, y en ocasiones sin ellos.
Tampoco nos referimos a mantener una convivencia civilizada, urbana, polite, sino a pasar juntos las vacaciones y hasta las Fiestas. Estamos hablando de la comida mensual de mujeres solas, o, bueno, con bebés; el fútbol masculino de los jueves; el asado en la quinta de Fulano; los cumpleaños con mesa para padres y también del Family Day, el picnic después de la Feria de Ciencias, la clase abierta de natación, y todas las actividades para “compartir” impulsadas desde el seno de la institución escolar contemporánea. Cuanto más contemporánea, de hecho, más actividades.
Causas y Consecuencias
Antes de pedir que no se la nombre en la nota, la directora de una escuela progre, piagetiana y moderna de Palermo dice que es cierto que éste es un fenómeno nuevo, que se agudizó en los últimos tres o cuatro años. Y, ¿de dónde salió?, no tiene dudas: es en esas cenas de mujeres solas donde se incuban algunas amistades, detracciones varias y chusmeríos múltiples que luego se trasladan a maridos, hijos y aulas. Porque si al grupo de “las líderes” les cayó bien la maestra, le pondrán la alfombra roja, y si no, pobre de ella; si ellas están contentas, está contento todo el grado: es un fenómeno absolutamente social, suspira la directora, elevando los ojos al cielo. Y como tal, es un arma de doble filo. Cuando todo está bien entre los grandes, esta cohesión puede ser muy positiva y potenciar al grupo de los niños que eran (¿se acuerdan?) los verdaderos protagonistas de esta historia. Pero cuando no está todo bien, la cohesión se transforma en presión y también recae sobre sus pequeñas cabezas: “Programa con Menganita no, porque la mamá es una idiota”, “¡Cómo no querés que hagamos pool con Fulanito, si es tu mejor amigo!”, “Hoy vamos a lo de Zutanito, jugá sin pelearte así yo puedo charlar”. ¿Por qué una madre, aún con las mejores intenciones, se excede y pasa a ser metida, o, peor aún, controladora?
Según la directora, hay dos factores de riesgo: cuando son medio pendejonas, o no tienen mucho que hacer.
El dilema A esta altura del mundo, nadie duda de que la presencia de padres, madres, tutores o encargados en el ámbito educativo no sólo es benéfica, sino esencial. Hace varios siglos ya que toda pedagogía parte de la base de que la relación entre la familia y el colegio es uno de los pilares para el proceso de enseñanza-aprendizaje; en nuestro país, es un tema recurrente a partir de la Ley Federal de Educación (1993), en la que se define a la comunidad escolar incluyendo en ella a los padres del alumnado.
La pregunta es: todo este fenómeno de hipersocialización entre adultos, ¿en realidad tiene algo que ver con la educación de los chicos? ¿El colegio de nuestros hijos se habrá convertido en un club para que nosotros hagamos relaciones públicas? ¿Seremos todos muy buena onda, o una manga de péndex? ¿Y ellos, las blancas palomitas, en qué lugar quedaron? ¿Cómo los puede afectar toda esta movida de neopadres amigos?
Polluelos digitados
Para algunas madres, la mano viene por el lado de la ansiedad o del miedo. Hay algunas que, así como creen que deben corregir la tarea de sus polluelos, suponen que tienen que gestionarles las relaciones públicas.
Es una confusión: las criaturas sanas establecen fácilmente relaciones de empatía con sus pares. Además, tienen otros parámetros de selección (por ejemplo, buscan más la similitud que lo que les “conviene”), y van variando sus amistades por etapas. Evolutivamente es fundamental que las personitas en crecimiento puedan elegir con qué amigos estar, y que los padres se acomoden, no al revés.
En casos extremos, imponerles o limitarles presencias resultará en un adulto trabado para establecer vínculos espontáneos. Lo mejor que podés hacer por tu hijo es darle autonomía en esto desde ahora: si tus afinidades y las de él coinciden, bárbaro. Si no, siempre podés ir a tomar un café con esa madre que te cae bien mientras él está en el colegio o jugando en la casa del amigo que más prefiera.
Madres al borde
Puede ser que participar de tanto frenesí socio-escolar te agote o te parezca un embole… Y no puedas poner un límite, quizá por miedo a que tu hijo también se quede afuera. Siempre tenés la posibilidad de elegir qué tenés ganas de compartir y qué no: demasiada presencia materna es agobiante para cualquier niño, aseguran los expertos, pero si sabe que a veces estás, sobre todo cuando te necesita, le resulta gratificante.
El mejor consejo es no desentenderse del todo de la vida social que trae aparejada la escuela, pero, cuando la cuestión entre los grandes resulta demasiado intensa, tampoco dejarse abrumar (ni llevar por la manada).
En última instancia, si lo tenés en un gueto donde no se pueden incluir las diferencias, tendrás que pensar qué están haciendo los dos ahí.
Las copadas
Finalmente, podrás decir: “Okey, ninguno de estos es mi caso”. A lo mejor encontraste al grupo de padres de tu vida, con los que tenés altísima onda de veras. Genial. Claro que si irse de vacaciones juntos en el fondo implica sacarse a los chicos de encima, en lugar de aprovechar para compartir más tiempo con ellos, quizás debieras replantearte tus motivaciones y tus prioridades…
Según los especialistas, hay que mantener la capacidad de reflexión y preguntarse qué es lo que estás queriendo, cuánto lo ayuda a tu hijo esa situación, o a quién ayuda. Si la respuesta viene por el lado de las carencias propias o el excesivo temor, mejor sacar turno en terapia; si el fin es tener más amigos o contactos, conviene anotarse en un club.
Conclusión
Podemos acompañar mejor la escolaridad de nuestros retoños si armamos vínculos con gente que esté en la misma. Y esto es saludable… en tanto y en cuanto tengas siempre claro que el personaje principal sigue siendo tu hijo, y el tuyo es un papel secundario. Si no recordás que el que va al colegio es él, te podés volver una invasora. (¿Y a qué hijo/a del mundo no le resulta traumática una progenitora que le esté haciendo sombra o hinchando los quinotos en el escenario donde se supone que él es la estrella?).
En definitiva, no es cuestión de flagelarse, pero sí de practicar lo que los psicólogos llaman “saber correrse”. Y para ser una buena madre moderna, así como hay que conocer las dosis de los remedios –de más, se convierten en veneno–, también se requiere de esta sutil habilidad.
Por Mariana Fusaro