miércoles, 11 de junio de 2008

Drunkorexia: un nuevo mal

Qué sucede cuando los trastornos alimentarios se combinan con el alcohol; cómo afecta a las mujeres adultas y qué hacer para ayudar a una amiga en problemas Clara vive contando calorías. Tiene 37 años y pesa 45 kilos, es madre de dos hijos (perdió dos embarazos) y es una de las mejores ejecutivas de cuenta de la agencia de marketing donde trabaja.

Últimamente, descubrió que saltearse el almuerzo es una buena manera de permitirse dos o tres copas de champagne en los eventos de trabajo a los que asiste varias veces a la semana. Es esa tercera copa de champagne la que, calorías más o menos, le alivia las tensiones, la desinhibe frente a los más importantes clientes y la previene de abalanzarse sobre las bandejas de canapés.


Marina tiene 30, es soltera y la obsesiona la balanza. Desde que se separó de su ex, guarda un secreto: vomita y toma laxantes para liberarse de atracones de comida, una práctica que se había insinuado en su adolescencia y que retomó a causa de su depresión por esa ruptura.

Algunas noches, el exceso de alcohol completa el ciclo de insatisfacción, atracón, euforia, purga, depresión y borrachera. Le da vergüenza confesar a sus amigas o a su familia que a esta edad le pasan estas cosas.


El síndrome ya tiene nombre: se llama drunkorexia y es una de las últimas novedades del léxico de trastornos de la alimentación: una combinación de restricción de alimentos o atracones seguidos de vómitos con abuso de alcohol. Una enfermedad que los especialistas de la Asociación Nacional de Desórdenes de la Alimentación de Estados Unidos no dudan en asociar con la obsesión por la delgadez y la legitimidad social del exceso en el consumo de alcohol y drogas que se dan en la actualidad en los países occidentales.

La combinación de trastorno alimentario y alcohol se instaló desde hace rato como preocupación para los especialistas argentinos.

Desde el psicoanálisis, anorexia y bulimia son entendidas como adicciones, al igual que el alcohol, las drogas o el cigarrillo. Desde esta perspectiva, el trastorno alimentario coloca en un objeto exterior –la comida o la ausencia de ella– el canal para manejar la angustia. Angustia que no pocas veces conduce también al abuso de otras sustancias tóxicas.

Anorexia y bulimia son las dos grandes áreas en este tipo de desórdenes, pero también se han definido la "manorexia" (cuando afecta hombres), "ortorexia" (la obsesión por comer sano), "diabulimia" (los diabéticos que rechazan la insulina porque engorda) y, ahora, la "drunkorexia", término presentado por el New York Times y que causó impacto en la comunidad médica estadounidense.


Mujeres maduras y exitosas, también.

Los desórdenes alimentarios suelen iniciarse en la adolescencia y si en ese momento no reciben el tratamiento adecuado, las personas corren el riesgo de tener una recaída en el futuro.

El 60 por ciento de los casos de anorexia y bulimia se vuelven enfermedades crónicas. Aunque en el imaginario popular la anorexia o bulimia son entendidas como problemas propios de la adolescencia, afectan cada vez más a mujeres en edad madura, quienes ocultan mejor que las más jóvenes sus síntomas. Los maridos o familiares recién se enteran cuando aparecen problemas de fertilidad, pérdida de embarazos o crisis agudas.


Según un informe recientemente difundido en España, el 80 por ciento de las pacientes ingresadas en la Unidad de Trastornos Alimentarios del Hospital Gregorio Marañón de Madrid son mayores de 18 años. Muchas de ellas empiezan a padecer estas enfermedades luego de ser madres, como consecuencia de la depresión posparto; en otros casos, es una respuesta a los altos niveles de presión y exigencia que se vive en los grandes centros urbanos.

La incidencia de estos desórdenes en mujeres adultas también puede explicarse por la prolongación de la adolescencia.

Las jóvenes de más de 25 años suelen expresar el miedo a crecer, tardan en irse de la casa de sus padres, postergan la maternidad (o no quieren tener hijos por miedo a engordar) y observan con inseguridad las perspectivas que les presenta el futuro. Se trata de mujeres que se mantienen en 8 o 10 kilos por debajo de su peso saludable, con ciclos más o menos agudos, pero invisibles en una sociedad que exalta la delgadez.


Riesgo de vida.

La comida o la ausencia de comida asociada al exceso de alcohol funcionan como un elemento mágico y peligroso. Brindan a quien padece esta dependencia la sensación de que puede controlar su peso, su estado de ánimo y su euforia. Pero la creencia de tener el control dura poco. Para la salud del organismo, estas combinaciones son literalmente cócteles explosivos.

Si una mujer vomitó antes de ir a una fiesta, su cuerpo ya se encuentra deshidratado en el momento de consumir alcohol. La pérdida de potasio, sales y la falta de oxigenación en sangre son causas de riesgo cardíaco.


Según datos de la Asociación Argentina de Bulimia y Anorexia, el 10 por ciento de quienes padecen esta enfermedad mueren a causa de ella.

Otras consecuencias visibles son los accidentes de tránsito y otros males derivados del abuso de sustancias.


Cómo ayudar.

Ante la sospecha de que una amiga, compañera de trabajo, hija o hermana puede padecer drunkorexia, lo primero que se debe hacer es observar las señales.

Aunque son enfermedades silenciosas, hay algunas alertas identificables por el entorno:

• No comparte las comidas.

• Padece deterioro físico y/o hinchazón de la cara (como consecuencia del vómito recurrente).

• Pierde mucho peso en poco tiempo (entre 3 y 6 meses).

• Está obsesionada por el peso y las calorías de los alimentos.

• En el caso del alcohol, la repetición de la conducta y la dependencia son síntomas de alerta. Es decir, si una persona necesita del alcohol para relajarse o divertirse, sin lograr salir de ese estereotipo, entonces hay un problema.

• Van seguido al baño, especialmente después de comer.

• Se dan largas duchas después de comer.

En esos casos, los especialistas acuerdan que lo mejor es acompañar a la persona, darle la sensación de que no está sola en el proceso y hacer una consulta.
Amigos, familiares, padres y parejas tienen que entender que quien padece este sufrimiento se siente solo y avergonzado. Abrir el diálogo, dar espacio a la palabra, es el primer paso para la contención y la cura.