domingo, 23 de agosto de 2009

Mi cuerpo y "Yo"


En el principio de la vida del ser humano, la relación con su cuerpo es definitoria para su existencia.

A partir de su nacimiento y, se sabe que aún antes, el bebé busca satisfacer sus necesidades primarias a partir de la interpretación de los mensajes que le envía su propio cuerpo.

Hambre, sed, calor, frío, necesidad de afecto y, cualquier incomodidad que precise ser resuelta buscará un canal de comunicación a partir del cual expresarse al mundo, para conseguir una solución.

En el bebé, al nacer, esto se dificulta sobremanera por su falta de manejo fluido del lenguaje para la comunicación y, por la poca diversidad de herramientas con que cuenta para tal fin.

Es así como el llanto se transforma en el idioma en el que se traduce todo registro de incomodidad.

La expresión del llanto, entonces, adquiere gran importancia.

El llanto es muy importante por lo que significa pero, también por ser el único medio con el que se cuenta para comunicar el displacer.

Esta exclusividad tiene un gran problema: el niño carece de precisión en la transmisión de los mensajes.

Es como si una sola palabra tuviera que transmitir todo lo que quiero decir. Sería muy difícil.

La poca precisión en la que se cae en esta etapa genera mucha confusión.

Todos opinan, madres, tías, abuelas, el papá. Todos menos el niño, que sólo llora. Todos se atribuyen el privilegio de reconocer, en el mensaje, su significado.

En este marco de situación el adulto mas involucrado, en general la madre, le pondrá nombre a la necesidad pero, lógicamente, esto será de acuerdo a su propio criterio y, a veces, lo hará de manera sumamente arbitraria e inexacta.

La madre en el afán de sentirse apta para su función, buscará con ahínco aquello que termine rápida y eficazmente con el sufrimiento de su hijo. El pecho primero y las demás comidas después suelen cumplir ampliamente con este objetivo.

La mamá necesita encontrar algo que la deje tranquila a ella. Necesita tener la seguridad de saberse idónea en el cuidado del principal objeto de su amor, su hijo.

En este orden de cosas la "relación con el mundo " del ser humano, desde muy temprano, se establece a través de las necesidades primarias pero, mediada por los primeros vínculos de amor.

La madre obviamente, estará en el primer lugar dentro de dichos vínculos.

Es entonces, que empieza a aparecer una respuesta del afuera que busca satisfacer las necesidades del niño, aunque, sin la información suficiente, puede no producir el efecto buscado, y frustrar.

La satisfacción a la necesidad específica puede no llegar nunca.

¿Qué sucede allí?

Como las personas tendemos a la supervivencia y a la acomodación, el bebé humano se conformará.

Empezará a crear un nuevo código interno y, la satisfacción a la necesidad real, quedará pospuesta.

Se iniciará así, el camino de la aceptación de lo posible por encima de lo ansiado.

La distorsión, en el registro de las propias necesidades, ha comenzado su ruta. Lo recibido promueve lo esperado y no al revés.

Ya no siente y luego busca sino que, por el contrario, lo que encuentra le construye lo que busca. Hasta que ya no busca sino que, sólo encuentra, y se conforma. He aquí el principio del "auto desconocimiento".

Este proceso de mediación es una realidad consecuente con lo que se entiende como la "cultura adquirida" y, debiera encontrar su buen cause en situaciones sociales adecuadas y caracterizadas por la mesura y la salud.

No es el caso de la sociedad moderna y posmoderna.

En esta sociedad lo calificado es la abundancia y el acopio.

Es calificado aunque sea a costa de muchas "escaseces".

Hoy por hoy, el lugar del consumo, en este orden de cosas, está privilegiado. Fomenta el exceso pero,a la vez, castiga el desborde.

Se caracteriza por su permanente contradicción.

Castiga el desborde en la conducta y también en el cuerpo.

La incoherencia estimula la confusión y a la obesidad se le opone la anorexia. Dualidad tan engañosa como efectiva que se arraiga en las dificultades de decodificación personales que antes nombraba.

Es difícil saber quién soy cuando ni siquiera sé qué quiero.

Estoy dominado por lo que me dicen que debo querer.

Lo dramático es que, bajo la estructura de lo primario aprendido se apoya la personalidad soportando un contexto que facilita el acceso a lo "enfermante" a la vez que descalifica al enfermo.

La víctima busca desesperadamente una salida de la contradicción que lo alarma y, solo puede chocar con los extremos de los que huye. Es así que termina creyendo que solo hay una opción, y es entre dos males. Exceso o carencia.

Para poder elegir hay que contar con varias cosas.

Primero que nada se debe contar con información suficiente, nunca será toda, pero deberá ser la necesaria.

En segundo lugar se debe tener tiempo para procesar esa información, para considerar los pro y los contra de cada posibilidad.

Por último se debe sentir la capacidad necesaria para acceder a lo que se elije. Además de elegirlo se tiene poder tenerlo.

La posibilidad de centrarse en estas tres instancias es de por sí, una sublevación a los orígenes. Nobles orígenes que se ven atacados por un contexto que no los respeta en sus buenas intenciones y, los degrada.

A partir de aquí se abre un desafío: el de tratar de vivir lo mas parecido posible a lo que de verdad se quiere.

Se impone entender un concepto nuevo de libertad. Autogestado.

Se impone dejar de estar condicionado por los intereses de terceros.

Ya no son "mamá", ya no están bien intencionados. Tal vez estén tan confundidos como nosotros.

La "nueva" y más verdadera libertad implica un alto grado de incertidumbre. Es necesario trabajar sobre el umbral de tolerancia a la frustración para elevarlo.

Es adecuado sentirse inquieto y ansioso. No hay que calmarse impulsivamente. Pasa. Pasa pronto. Queda una idea. Se prueba en la acción y se corrige si fuera necesario. No es grave y, no hay otra. Hacer se hace siempre y, permanentemente. No hay que olvidar que "no hacer" es hacer "nada".

¿Por qué nos importa esto?

Es que en definitiva, somos nuestro resultado. Al menos, que sea bien nuestro.

Nos importa porque queremos vivir mejor. Disfrutar de una identidad integral en cuerpo y alma, que se traduzca en nuestros actos.

Hoy hemos elegido poner ciertas cosas en su lugar.

La comida en su medida y el cuerpo en su dimensión adecuada.

Hoy queremos comer lo justo. Tener el cuerpo justo.

No queremos más. No queremos menos. No queremos responder a unas "ganas" de origen incierto cuando la comida lo calmaba todo.

Hoy tenemos derecho a saber que no hay nada que calme todo, sobre todo porque, no hay porque calmar todo.

Tenemos derecho a saber qué deseamos verdaderamente y, para eso, tenemos que poder desear. Libremente.

No queremos caer en la trampa de los extremos dónde se cree que la delgadez es "belleza" en lugar de bienestar y salud y, donde se critican las consecuencias de un consumo que se promueve.

Un chocolate no consigue un novio y un cuerpo delgado no es en sí mismo un cuerpo bello. Hay más.

La realidad es mas compleja que un montón de reduccionismos sintéticos.

Esto nos importa porque nos importamos.

Tenemos derecho a saber que nuestras emociones y nuestros sentimientos se sienten en el cuerpo y, somos nosotros mismos quienes a través del pensamiento podemos decodificarlos y, si podemos, satisfacerlos. Ahora somos nosotros.

Después de mamá, nadie podrá alegar infinito amor, como justificativo para manipularnos. Hoy somos nuestro dueño y debemos ejercer el "derecho de propiedad" de la mejor manera posible.

La Licenciada Berta G. Spaini es coordinadora del Área Psicoterapéutica del Centro Terapéutico Dr. Máximo Ravenna

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