jueves, 20 de agosto de 2009

Papá, el narco


Por Tony Dokoupil
De chico me encantaba salir a pasear en auto con mi madre. En 1986 alquilamos una casa rodante y fuimos del sur de Florida a los altiplanos de Nuevo México para visitar a mis primos y desenterrar cabezas de flechas indias en el patio de mi tía. Después recorrimos Nueva Inglaterra, Nueva York y el sureste, y durante las largas horas al volante, mi madre aprovechaba para darme lecciones sobre amores infantiles y peleas escolares. Pensaba que hacía todo eso para unirnos y llevarme a conocer a la familia. Pero años después supe que los viajes tenían otra finalidad: buscar el efectivo y los valores que papá había ocultado en la época en que fue uno de los principales proveedores de marihuana de primera calidad en el noreste del país.
El mayor botín era medio millón de dólares metidos en una hielera de telgopor que había escondido en una ladera cerca de la casa de mi primo; en la región Redland de Florida, mamá recogió un par de autos de colección (luego los prestó a los productores de la serie televisiva “Miami Vice”); y el viaje a Long Island fue para buscar más hieleras repletas de efectivo. Sin duda mamá disfrutaba de los viajes en carretera, aunque también sabía que no podía tomar un avión con más de 10.000 dólares en efectivo sin informar a las autoridades.
Entre 1975 y 1986, Anthony Edward Dokoupil distribuyó por lo menos 50 toneladas de marihuana colombiana y mexicana al norte de la línea Mason-Dixon. Empezó con pequeñas cantidades que metía en maletas y conducía desde Florida en un auto de alquiler. A medida que desarrolló sus contactos latinoamericanos, compró un Buick que tenía un baúl del tamaño de un jacuzzi y estaba especialmente equipado con amortiguadores de aire para que no perdiera altura con los cargamentos de varios cientos de kilos de “pino Dade County”. Más adelante, papá compró una furgoneta Chevy con capacidad para tres cuartos de tonelada y contrató a otros tres para viajar en convoy por las autopistas, sistema al que denominaba “Reefer Express” (“Expreso mota”).
Para principios de la década de 1980, él y un socio distribuían marihuana por todo Nueva York en camiones de basura y un camión de carga refrigerado con el logotipo “Mario’s Fish”. En su apogeo (1986), mi padre se hallaba a la cabeza de un equipo que logró contrabandear cerca de 17 toneladas de marihuana colombiana en veleros que cruzaban el Caribe, cantidad suficiente para que todos los universitarios de EE. UU. se pegaran un viaje. Mi padre afirma que, en total, reunió 2,5 millones de dólares, equivalentes a 6 millones de los actuales.
Me gustaría decir que Anthony era distinto a cualquier criminal, pero sería una falsedad. Su tocayo, el tío abuelo Anthony, fue un alcohólico que amasó una pequeña fortuna contrabandeando whisky canadiense durante la prohibición de alcohol. Hoy, mi padre es un ex convicto de 62 años que a veces consume crack; un hombre que dilapidó su riqueza en prostitutas y hoteles; que golpeaba a mi madre; dormía bajo los puentes y tocó fondo tan completamente que, de hecho, dio gracias cuando el Servicio de Alguaciles de los EE UU finalmente lo aprehendió. Como aclaración, yo no soy otro Anthony, ni en mi acta de nacimiento ni en lo que hice a lo largo de mi vida. La implosión de mi padre fue tan absoluta que tuve terror de convertirme en él. Tengo una esposa encantadora, buena salud, grandes amigos y un empleo que disfruto, así que no puedo imaginarme siguiendo el atajo de las drogas y el crimen. Sin embargo, esos recuerdos me acosan; me hacen temer mi propia genética y la posibilidad de convertirme en otra persona.
Mi padre moldeó mi vida en ausencia. Como sabía que usaba drogas, las evité, y como no tuve un buen modelo masculino a seguir, lo busqué en otra parte haciendo reportajes sobre la conducta de los hombres, como si la investigación periodística pudiera sustituir al padre que nunca tuve. Hace poco, esa investigación adquirió mayor perentoriedad. A fines de la semana pasada me convertí en padre por primera vez: ahora tengo un hijo. Así como muchos papás ansían transmitir la herencia familiar, mi ambición es sembrar un nuevo árbol genealógico que cambie el sentido de lo que es ser un hombre del clan Dokoupil. Y a tal fin, sabía que tendría que ver a papá, cosa que sólo había hecho una vez en los últimos 20 años.
Un lluvioso día de fines de junio, abordé el tren a Boston para reunirme con él. Lo reconocí, parado al final de la plataforma con aquel mismo bigote recortado que recordaba de mi infancia. Lo estudié con detalle: rompevientos beige, pantalones vaqueros, pelo relamido. Con ojos enrojecidos y cenicientas mejillas, lucía idéntico al modelo de algún anuncio sobre enfermedades hepáticas.
“Cielos, parecés una estrella de cine”, me dijo, y comparado con él, supongo que era cierto. En el absoluto silencio que reinaba en la agencia de autos de alquiler, pude escuchar su respiración, agitada y superficial. Fuimos hasta su apartamento subsidiado por el Estado, cerca de la Universidad de Harvard; un lugar insignificante y sucio, adornado con iconografía cristiana, dos vasos de plástico quemados con cigarrillos y un litro de soda dietética en la heladera. Me contó que no tiene trabajo estable y que su principal fuente de alimento es el almuerzo gratuito del centro local para ciudadanos de la tercera edad.
Durante los 10 primeros años de mi vida, Big Tony (como lo llamaban en la familia) fue mi adoración. Me enseñó a jugar al béisbol, a leer los diarios y a “rasurarme” (sin navaja, por supuesto). Sin embargo, cuando llegó el momento en que realmente necesité una afeitada y me interesó lo que publicaban los periódicos, hacía tiempo que mi padre había salido de mi vida. Obvio, aquello no era lo que quería comentar conmigo cuando nos sentamos a la mesa de juego que ocupaba el centro de la habitación. Dijo que estaba contento con el apartamento y presumió de su salud: “Mis pulmones son perfectos, Tony; tenés mucha suerte, vas a vivir para siempre”. Agregó que estaba orgulloso de su desempeño como progenitor.
“Fui un buen padre. Te llevé a todas partes. Te compré todo lo que querías”, anunció, entre bocanadas de humo. “Siempre me tuviste a tu lado… cuando estaba en casa”. Sin embargo, fue presa de la emoción cuando le pregunté a dónde había ido.
“Te abandoné”, confesó, con los ojos anegados en lágrimas. “Nunca volví a casa. Siempre me sentí muy culpable por eso; a veces me quería morir”. Y le creí, al menos en parte.
Nacido en 1946, Big Tony era el segundo de cuatro hermanos. Fue educado en un confortable hogar católico del norte de Nueva Jersey. Los Hermanos Cristianos lo condujeron a Dios y lo educaron durante el bachillerato, aunque pasaba los fines de semana en Manhattan buscando bulla. Probó la heroína en el verano de 1964, cuando tenía 18 años, y después ingresó en la Universidad de Loyola, en Los Ángeles. Usó drogas durante todo aquel primer año y en poco tiempo fue enviado de regreso a casa, a la Universidad de St. Peter, donde obtuvo una licenciatura en inglés en 1968. Aquel otoño se inscribió en un programa de maestría en filosofía en la Universidad de Detroit, donde se unió a un grupo que protestaba contra la guerra, llamado Estudiantes por una Sociedad Democrática, y fue entonces cuando se enamoró de la ética kantiana.
Sin embargo, para 1970, comenzó la separación definitiva entre la moralidad y papá. Abandonó sus estudios y fue a vivir con un par de amigos bebedores a Milford, Connecticut. Casi siempre drogado con cocaína o heroína, se pasaba las noches en el Beachcomber, bar universitario donde bebía ron con cola y se mecía al ritmo de Velvet Underground.
Se entretenía dando una ojeada a la concurrencia y una noche, encontró allí a mi madre, Ann, alumna de la Universidad Estadual del Sur de Connecticut. Vestida con un largo abrigo rojo, a Anthony le pareció una muñequita rusa. A ella le encantaban sus citas de Kant, sus ojos azules y soñolienta sonrisa. Al año de conocer a papá, realizó una prueba para selección de carrera que señaló su “elevada” capacidad de juicio, abundancia de “sentido común, previsión y habilidad para tomar buenas decisiones”. Y sin embargo, fue a la casa de mi padre aquella noche y permaneció a su lado durante 15 años.
“Siempre sonreía”, recuerda mamá. “Hasta después que comprendí que él no sabía por qué sonreía, que no entendía el significado de la felicidad”.
No obstante, mamá siempre tuvo un instinto protector. La mayor de cinco hijos, creció en Cross River, Nueva York, trabajando en la tienda de víveres de su familia, ayudando a criar a su hermana menor, quien tenía daño cerebral; y durante el primer año en la universidad, trató de controlar a la familia después de que su padre abandonara el hogar y su madre alcohólica finalmente “saliera del clóset”.
Cuando conoció a mi padre, su razón de ser era cuidar de los demás y conseguir un cigarrillo de marihuana para relajarse. Sabía que papá tenía tendencia a las adicciones, “como todos. Era la década de 1970”, advierte.
Compartían una amplia casa de playa con tres amigos y pasaron los últimos dos años de estudios de mi madre entregados a la hierba, el hachís y las pastillas. En sus fiestas siempre tenían tazones a reventar con tranquilizantes, hipnóticos y Black Beauties, mientras los altavoces retumbaban con música de los Stones, The Dead y Janis Joplin.
El grupo comenzó a vender hachís para reunir fondos para sus parrandas. “Éramos flower children, nos ayudábamos unos a otros, preparábamos la comida entre todos y vendíamos algo de mota a nuestros amigos”, recuerda una de sus compañeras de casa, Karen, quien, como otros personajes de este artículo, pidió que no diera a conocer su nombre completo porque no quiere que la gente se entere de su pasado con las drogas.
Todos consideraban que el comercio de droga servía para conseguir algo de dinero para gastar, pero mi padre lo visualizó como un verdadero negocio. Y tuvo razón.
A mediados de la década de 1970 la demanda iba en aumento y casi toda la droga era importada, lo que creó la necesidad de una cadena de distribución. Muchas veces la ley hacía la vista gorda. En 1972, la Comisión Nacional sobre Marihuana y Uso de Drogas recomendó, de manera unánime, que se legitimara el consumo. “Yo quería ser importante”, dice mi padre, cuyas actividades ilegales pude reconstruir a partir de expedientes federales y entrevistas con él, mi madre, tres de sus antiguos socios (incluido mi padrastro), un antiguo abogado suyo y dos amigos cercanos a la familia.
Era buen dinero. Luego de graduarse, en 1972, mi madre ganaba alrededor de 10.000 dólares anuales como maestra mientras mi padre se refocilaba en un trabajo sin futuro haciendo escalones de concreto. Querían tener casa propia, así que en algún momento de 1974, mamá pidió a su padre un préstamo de US$ 2.000 y se lo dio a Anthony para que comprara unos cuantos “ladrillos mexicanos” (argot de kilos) a un par de distribuidores locales.
“Los vendí de inmediato”, afirma mi padre, “pero la gente seguía pidiéndome la colombiana”, que supuestamente no contenía los plaguicidas que el Tío Sam había rociado en grandes extensiones de tierras mexicanas y dañaban seriamente los pulmones.
A través de un pariente lejano, Tony consiguió un nuevo trabajo en 1976: conducir camiones repletos de hierba desde el punto de ingreso, en los Cayos de Florida, hasta el estacionamiento de un importante centro comercial de Miami, donde dejaba las llaves en el neumático trasero para el siguiente conductor. El trayecto por el camino, de un solo carril y plagado de agentes de la policía, fue lo que contribuyó a fortalecer la reputación de mi padre, quien, en poco tiempo, empezó a administrar su propio equipo de choferes. Y de pronto, comenzó a ganar cientos de miles de dólares anuales, suficientes para comprar la nueva casa que deseaba mi madre, quien no sólo sabía de dónde procedía el dinero, sino que creía ciegamente en aquella empresa. “Pensaba que la marihuana era una opción aceptable que debía legalizarse y usarse en medicina”, dice.
Por su parte, papá consideraba que la marihuana servía para muchas otras cosas. Cambió su ropa hippie para adoptar el look Miami Vice (pantalones blancos, camisas de malla, Rolex, anillo de coral y Mercedes azul marino) y alquiló habitaciones de penthouse en Biscayne Bay y el centro de Miami, a donde la cocaína llegaba en forma de bultos del tamaño de una pelota de softball y las prostitutas se quedaban varios días con él. “Era bien emocionante”, rememora. “No quería parar”.
Y a veces no lo hizo, como cuando llevó a una prostituta a una fiesta, en Nueva Inglaterra, repleta de amigos de la familia —incidente que provocó a mi madre a echarlo de la casa durante un tiempo—. También estaban las juergas de fin de semana en el Caribe, donde mi padre comenzó a trabajar en 1978 con un círculo más versátil de contrabandistas de la Costa Este.
La época no pudo ser más propicia. Once estados habían reducido la penalización y condenas por posesión de marihuana al equivalente de una multa de tránsito, mientras que otros 30 habían eliminado la sentencia de prisión para primeros infractores. De hecho, el propio presidente Jimmy Carter respaldaba la legalización. Los nuevos contactos de Anthony (Willie, Ray y Steve) lo lanzaron al mundo de las cargas de 10 toneladas y las recompensas millonarias. Willie —quien según mi padre y otros contrabandistas del círculo adquirió una nueva identidad bajo el programa para protección de testigos, de modo que fue imposible contactarlo para este reportaje— se encargaba de dirigir el aspecto del embarque y logró conducir un viejo buque cisterna lleno de hierba colombiana hasta las islas caribeñas. Allí, dividió la carga en varios veleros privados, algunos de los cuales eran propiedad de incautos residentes de la Costa Este que pagaban para que llevaran sus yates al norte, por cualquier razón.
Sincronizados con el tráfico de las regatas, los veleros navegaban hacia lugares de veraneo: la bahía Chesapeake, Cape Cod, los Hamptons y otros destinos tan lejanos como Maine, en el norte. Ray, carpintero y antiguo miembro del equipo de lucha de su universidad, ayudaba a organizar la recolección usando balsas inflables para transportar la mercancía a tierra.
Steve y Big Tony se ocupaban de la distribución y habían alquilado “casas seguras” para almacenar los cargamentos y repartirlos entre los distribuidores locales. En cierta ocasión, pagaron mil dólares a Karen, la amiga de mamá, para que les dejara usar su casa en Long Island. “Cuando regresé, vi que tu padre contaba un millón de dólares en el living”, recuerda. “Aquel fue un viaje estupendo”.
Cargados de dinero, en 1981 mis padres se mudaron a Miami, donde nací unos meses después. Mi madre renunció al trabajo y con la ayuda de un contador deshonesto, mi padre montó un par de compañías de construcción que le servían para lavar dinero de drogas. Hubo otro Mercedes, un yate de 35 pies en Biscayne Bay y vacaciones frecuentes en el Caribe. Me inscribieron en la prestigiada escuela de párvulos Gulliver Prep, donde mis compañeros de clases incluían a los nietos del presidente George H. W. Bush. No obstante, yo no tenía la menor idea de la profesión de mi padre.
La vida continuó así durante casi una década, pero los vientos políticos comenzaban a cambiar. Durante la campaña presidencial de 1980, Ronald Reagan describió la marihuana como “posiblemente, la droga más peligrosa de EE UU”. Una vez electo, decuplicó los fondos para combatir el narcotráfico, hasta alcanzar la cifra de US$ 205 millones, y respaldó un conjunto de nuevas legislaciones que autorizaban represalias sin precedentes.
Funcionarios incautaron hoteles, ranchos, aviones, barcos y bares nudistas. En un esfuerzo para frenar lo que The New York Times denominaba “la invasión anual” de hierba, cada verano, la Guardia Costera comenzó a abrir fuego contra cualquier barco que se negara a responder a su contacto por radio y, según informes de prensa de principios de la década de 1980, logró importantes capturas: 28 toneladas en un buque de carga anclado frente a la costa de Massachusetts, 32 toneladas en un camaronero cerca de los Cayos de Florida, 70 toneladas en un carguero en la desembocadura del Mississippi.
En 1983, la pandilla organizó una última operación exitosa antes de retirarse del juego: un cargamento de 11 toneladas que redituó medio millón de dólares a mi padre (el dinero terminó en aquella hielera de Nuevo México que fuimos a buscar años más tarde). Lo que no hubo fue la convencional fiesta de jubilación de cualquier otro trabajo, sino una bacanal de una semana a bordo de una goleta de 65 pies anclada cerca de St. Bart’s. Asistimos mamá, papá y yo junto con otros contrabandistas, distribuidores, negociadores y sus familias. Todos parecían pasarla estupendo, menos mi padre, quien para entonces había violado la regla fundamental del narcotráfico y se había convertido en un adicto a la cocaína y la heroína. Así que decidió abandonar la celebración para conseguir más droga.
Fue más difícil renunciar al negocio. En 1986, mi padre se asoció con cualquiera que estuviera dispuesto a correr el riesgo con un drogadicto cada vez menos confiable. El nuevo grupo incluía nombres salidos de una película de piratas: Jimbo, Corky, Inga, Timber Tom y Scrimshaw Mike, amén de otros cuatro lacayos y el viejo socio de papá, Steve. El equipo llevó 17 toneladas y media de mota a Urbanna, Virginia, pequeño puerto dedicado a la pesca de ostras en Chesapeake Bay. Aquella fue la operación más lucrativa de mi padre: tres cuartos de millón de dólares —según él, más que suficiente para volver a encauzar su vida.
Pero no fue así y siguió cuesta abajo, perdiendo casi todo en una inversión no contabilizada en una mina de oro del Yukón, mientras que el capital restante se disolvió en su nariz o sus venas. “No tengo idea de dónde quedó”, dice hoy. “Estaba completamente pasado”.
Entre 1987 y 1989 mi madre pagó lo que hizo falta para ingresarlo en varias instituciones de rehabilitación del sur. Me llevaba a visitarlo, dejándome allí para irse a pescar o recorrer la propiedad en auto mientras escuchaba viejas canciones y arremetía contra recipientes de plástico repletos de pasta casera. “Aumenté como 20 kilos a fines de la década de 1980”, comenta mi madre. “Comer me ayudaba a sobrellevar el dolor”. También comenzó a invertir dinero en su rehabilitación emocional: visitaba a un terapeuta cada semana, obtuvo un certificado en dependencia química y asesoría en drogas de la Universidad de Miami y asistía a conferencias de exagerado sentimentalismo sobre temas como “Curate a vos mismo” y “Superación personal”.
En absoluto desconocimiento de sus actividades, pasé por aquellos años de rehabilitación tragándome mis emociones. Me avergonzaba de mi padre, cuyos intentos de aproximación se limitaban eminentemente a sobrecogedoras cartas y espeluznantes manualidades que me enviaba desde distintas instituciones. Una de ellas fue su silueta recortada en tamaño natural, con los brazos extendidos e inscritos con las palabras “Te quiero tanto así”. Aunque yo apenas tenía 8 años, él me trataba a veces como a un bebé y otras, como a un adulto. No asistió a la fiesta de mi noveno cumpleaños, pero dejó junto al buzón una caja de camioncitos más adecuados para un niño de 4 años y sentí la obligación de jugar con ellos para no lastimar su orgullo paternal. En mi décimo aniversario, me envió una carta en la que recordaba mi nacimiento con profunda ternura; la firmó “Papaíto” e incluyó una posdata: “No tengo dinero por ahora, así que te la debo”.
Todos sus intentos por abandonar las adicciones fracasaron. En 1988 había dilapidado sus “reservas” de Long Island y vivía en un puesto salvavidas de Miami Beach, bañándose en el mar y visitando de vez en cuando a mi madre para pedirle el dinero que, según decía, había escondido por la casa. Y cuando ella no se lo entregaba, le propinaba una paliza (a la larga, mamá y yo encontramos 10.000 dólares de atrás del sofá y 12.000 más de abajo del lavarropas).
Entre tanto, mi madre había reiniciado su vida —si así puede describirse su matrimonio con Ray, uno de los socios de mi padre y también adicto (en su caso, al alcohol)—. Ray tal vez no fuera un caballero en reluciente armadura, pero al menos era conocido, alguien a quien mi madre no tenía que dar explicaciones sobre su forma de ser o su pasado. Se casaron en 1989, cuando yo tenía nueve años. Fui el padrino del novio.
Al poco tiempo, la Fuerza Especial contra las Drogas en Nueva Inglaterra comenzó a tocar puertas. En 1990 detuvieron a Willie en Portugal y muy pronto delató al resto del equipo. El siguiente año, mi padrastro corroboró la historia de Willie durante una entrevista de tres días con agentes de la DEA [Agencia para el Combate a las Drogas] en Fort Lauderdale. En 1992, justamente nueve meses más tarde, los federales detuvieron a mi padre en Miami Beach, donde trabajaba con un equipo de saneamiento que recogía basura.
La acusación: dos cargos de conspiración para importar y distribuir 35.000 libras de marihuana en 1986 —su última operación—. Según los documentos de la corte, los federales incautaron al equipo de mi padre una marina en Urbanna, un restaurante en Maine, dos casas en Massachusetts y casi dos millones de dólares en efectivo. Papá estuvo nueve meses en la cárcel antes de ser sentenciado por el tiempo transcurrido en prisión más seis meses de rehabilitación forzosa en un hospital federal y tres años de libertad condicional. Tuvo suerte; si hubiera cometido esos crímenes un año después, le habrían aplicado los lineamientos obligatorios de condena de 1987: un mínimo de 10 años en prisión. Ray recibió amnistía por su cooperación.
“Era él o yo”, me dijo hace poco, durante la cena, mientras sorbíamos vino. Karen, la mejor amiga de mi madre, explica la situación de una manera más brutal: “Ray lo entregó”. Y sin embargo, mi padrastro duerme con la conciencia tranquila. Culpa a Willie de delatar a los demás, y mi madre está de acuerdo. Papá odia a Ray.
Cuando Ray se enteró del arresto de Willie, nos mudamos a Maryland con el mayor disimulo posible. Mi madre jura que quería escapar de los puños de papá más que de los enemigos que perseguirían a Ray debido a su traición.
Ella consiguió empleo de maestra en una secundaria (donde también daba clases antidrogas vespertinas) y mi padrastro se dedicó a retirar escombros de los sitios de construcción. Hacía mucho que mi madre había rescatado la hielera de Nuevo México, aunque asegura que faltaba la mitad y gran parte del dinero restante sirvió para pagar las cuentas médicas de papá. Mi padre llegó antes que ella a las hieleras de Long Island, pero los autos, así como algunas turbias inversiones en propiedades de Miami, se perdieron en el huracán Andrew de 1992. Por último, la mina del Yukón jamás produjo el esperado tesoro.
Aprendí a llevar la vida de la clase media baja cuando se acabaron el dinero, la escuela de lujo y las vacaciones suntuosas. Mis nuevos amigos de la escuela pública me llamaban “niño pobre”, el chico que muchas veces no tenía suficiente para comprar el almuerzo y un padre ausente cuyo nombre pocas veces cruzaba los labios de su madre. Quizá lo hacía para protegerme, o simplemente porque estaba avergonzada. “Me da mucha vergüenza haber soportado aquella situación tanto tiempo”, confiesa, refiriéndose a la brutal conducta de mi padre. Sin embargo, asegura que no se arrepiente de sus decisiones, que está satisfecha con su vida y orgullosa de su hijo. Demasiado herido o asustado para averiguar qué había sido de mi padre, me engañaba imaginándolo como un poderoso cabecilla que vivía en algún rincón de América del Sur o bien lo daba por muerto.
En el año 2001, siendo un universitario de 20 años en Washington, D.C., descubrí la verdad cuando un pariente me envió el número telefónico de mi padre. Lo llamé y me enteré de que Big Tony era un ex convicto fracasado, temeroso de las multitudes y que tomaba enormes pastillas para prevenir episodios esquizofrénicos provocados por las drogas.
No me reconoció cuando fui a visitarlo, hace dos años —la primera vez que nos veíamos desde que yo tenía 9—.
“¿También te llamás Tony? No fastidies”, dijo cuando lo abordé en la recepción de su edificio. Desde entonces, ocasionalmente me envió cartas inconexas y fantasiosas, alegando que mi madre lo acosa (no es cierto) y que están difundiendo su vida en la radio (falso). Durante una de nuestras raras conversaciones telefónicas, hace como un año y medio, trató de enviarme su computadora; en otra me ofreció sus zapatos.
En mi viaje más reciente, hace unas semanas, dijo que tenía menos de cinco dólares en el bolsillo, así que le compré un atado de cigarros y lo llevé a cenar pescado cerca del campus de Harvard.
Supongo que formábamos una extraña pareja, porque cuando me detuve en un banco para usar el cajero electrónico, el guardia se me acercó para asegurarse de que mi padre no estuviera molestándome. En el restaurante, papá recordó instintivamente lo que era la buena vida: ordenó un daiquiri de fresa (no pudieron preparárselo), vino blanco, un plato de mejillones y café con Sambuca como postre. “Podés hacer lo que sea si sos rico”, sentenció con un guiño.
Pero la realidad volvió a la mañana siguiente, con el desayuno en una tienda de donas. Papá parecía conocer a la mayoría de los vagabundos que pasaban el tiempo en aquel sitio brillantemente iluminado. Volví a observarlo. Sus papilas gustativas están tan requemadas por la droga que vierte 10 sobres de edulcorante artificial en el café. Tiene los brazos destrozados por las agujas. Con las uñas sucias y el rostro marcado por sus peleas en la cárcel y las repetidas caídas que sufrió al perder el conocimiento, parece cualquier vagabundo con el que uno se cruza por la calle. El tipo del que todos se apartan. Pero no es tan fácil para mí.
La verdad es que muchas veces traté de identificarme con mi padre, de reconocerlo como un alma gemela cuya historia, si he de ser franco, a veces utilicé en beneficio personal para impresionar a mis compañeros de dormitorio, a los funcionarios de inscripciones, maestros e incluso posibles empleadores, para que todos sepan lo que debí superar. Su historia también me dio un firme propósito, una guía para seguir mi derrotero y el afán de desvelar la verdad con todas sus tonalidades.
Sin embargo, me avergüenzo de mi colorido pasado y me embarga la ira al pensar en la cómoda vida que se me escapó entre los dedos.
Como adulto, traté de borrar los aspectos más sombríos de mi doble hélice. Me casé con una mujer de clase muy superior a la mía y con un poco de suerte, mi hijo tendrá las cosas que yo perdí en la infancia: una linda casa, exóticas vacaciones, una estupenda escuela, un padre decente con principios morales.
Cuando sea mayor, le hablaré de su abuelo, aunque dudo mucho que lleguen a conocerse.
Cuando le dije a Big Tony que pronto tendría un nieto, se mostró extasiado. Preguntó si pensábamos llamarlo Anthony. “No, papá —respondí—, no lo creo”.
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