martes, 9 de septiembre de 2008

Los casados que viven separados: L.A.T



Marta, Lidia y Ariadna son amigas y residentes en Barcelona. Las tres están entre los 35 y los 40 años. Todas han tenido o tienen novio y ya hay bebés que corretean por casa. La peculiaridad de estas tres mujeres es que un día, hace unos seis años, cuando normalmente una se plantea formar una familia con su pareja, como manda la tradición, ellas decidieron comprar un piso grande con una habitación para Marta, otra para Lidia y otra para Ariadna.

Y sus respectivas parejas siguen siendo, como en aquella copla que decía "novios, siempre novios, no nos casaremos nunca y seremos siempre novios".
Quizá Concha Piquer ya avanzaba con aquel cante lo que ahora se conoce como parejas LAT, las siglas en inglés de living apart together, es decir, viviendo separados, pero juntos. Son un nuevo modelo de familia, un hombre y una mujer, por ejemplo, que se quieren, que incluso tienen hijos, pero no viven juntos, siempre hay dos domicilios.


¿Es eso una familia?
"El concepto familia-hogar, tal y como se ha entendido tradicionalmente, tenía que satisfacer tres requisitos: que existiera convivencia bajo un mismo techo, entre personas unidas por el parentesco, y formando una unidad de carácter económico", explica la catedrática de Sociología de la Universidad Carlos III Constanza Tobío.
Pero desde la copla de la Piquer ha llovido mucho en este país. Ahora una buena parte de la sociedad entiende que los modelos familiares son tantos como la libertad de elección de las personas. A veces, formar una pareja o un matrimonio, pero vivir separados, ni siquiera es una decisión voluntaria. O no la deseada. Pero ocurre y cada vez con más frecuencia. Los motivos pueden ser muchos, pero uno de los más habituales es el trabajo, sobre todo porque ahora también la mujer gana un salario fuera y no quiere frustrar su carrera profesional por seguir al marido a su destino.

Quizá preferirían dormir bajo el mismo techo, pero han elegido libremente. Y, de paso, han descubierto que este modelo puede ser enriquecedor y eterno sin que se resienta la salud de la pareja. Araceli y Pedro llevan así 18 años, una en Madrid y el otro en Barcelona. Él es funcionario y ella periodista. "Al inicio de la relación se hace un poco cuesta arriba, el teléfono puede ser entonces fuente de disgustos y malentendidos, pero cuando te vas conociendo más todo marcha", dice ella. "Para mí es tan importante la calidad del trabajo como la de los afectos. Nos vemos casi todos los fines de semana y normalmente pasamos juntos las vacaciones, aunque a veces, no todas.
¿Ventajas?
Si acudimos al tópico podría decir que la relación se desgasta menos, pero no estoy convencida de eso, porque hemos pasado un año juntos en estos 18 y no he notado una presión indeseada, también estábamos a gusto. La complicidad no tiene que ver con la convivencia", afirma Araceli.

Los dos saben que si no fuera por el trabajo vivirían juntos, claro, pero seguirían manteniendo su independencia. Los inconvenientes no tiene ni que pensarlos: "Hay que tener dinero, porque se gasta mucho en viajes y en tener dos casas abiertas. Y si no te lo puedes permitir...".


Efectivamente, los demógrafos y expertos en familias sospechan que la mayoría de estas parejas goza de una economía holgada, que tienen trabajos liberales que les obligan a vivir en ciudades distintas. Pero las estadísticas son muy pobres, al menos en España. "Si hacemos una explotación de los datos con que contamos, nos salen perfiles muy distintos, pero el número de mujeres y hombres que viven así es tan pequeño en nuestras encuestas que no se puede afirmar nada con rigor científico, la muestra no es significativa", advierte la demógrafa del CSIC Margarita Delgado. "Cuando cruzamos nuestros datos nos salen personas con estudios superiores y básicos, con trabajo y sin él, casi de todo. Si lo miramos por tramos de edades, vemos que hay jovencillas que afirman tener una pareja estable pero vivir separados, pero, en ese caso, podríamos estar hablando de un noviazgo normal y corriente que puede acabar en convivencia o incluso en separación. Eso no es una pareja LAT", concluye Delgado.


A falta de estadísticas fiables hay que acudir a los casos reales que suelen responder a ese perfil de profesionales liberales que optan por alimentar sus carreras profesionales a pesar del inconveniente de estar separados, o disfrutando de las ventajas que también brinda este modelo de vida. Las resume muy bien Ramón Jáuregui, portavoz adjunto del grupo socialista en el Congreso de los Diputados. "No es una situación que hayamos elegido voluntariamente, sino empujados por el trabajo. Mi mujer podía haber optado a una plaza de juez en Madrid, pero prefiere la que tiene en el País Vasco". Los hijos están ahora con el padre porque van a la universidad, pero han estado viviendo con uno y otra según convenía a cada edad.
En cada casa y en cada ciudad encuentran de todo y todo es distinto. "Nos vemos los fines de semana, allí o aquí, yo a veces digo que vivimos en la N-I, pero no, tenemos los dos hogares vivos y nuestra relación de pareja no se ha resentido nada, si acaso al contrario", ríe el político. "A mí esto de la vida doble me gusta, en lugar de limitarme me parece enriquecedor: si estamos en Madrid vamos a unos sitios, con unos amigos; si Madrid ahoga, pues en Vitoria hacemos otras cosas, resolvemos las cuestiones administrativas en un paseíto, salimos con otras gentes. Permite horizontes muy diversos. Creo que esta situación es un privilegio. Si acaso, gastamos más en teléfono", añade.


Después de todo, como él mismo apunta, cuántas parejas que viven en la misma casa sólo se ven tres o cuatro veces a la semana por los viajes de trabajo. Muchas. Jáuregui aporta otro dato relevante para tomar una decisión así: los hijos. "En la crianza estábamos juntos, no podría haber sido de otro modo, porque si te vas y la mujer se queda con los críos se resiente de su despegue profesional".


Así pues, unos toman la decisión impelidos por el trabajo, a otros les ayuda la ausencia de hijos. Esto último ocurre entre gente mayor, cercanos a la jubilación, o uno de ellos jubilado, que deciden vivir separados, uno en la casa del pueblo y otro en la ciudad, por ejemplo. En este caso la decisión es por completo voluntaria.


Voluntaria y deseada fue la que tomaron Marta, Lidia y Ariadna. No vivirían con sus parejas porque preferían vivir ellas por su cuenta. Las dos primeras son profesoras universitarias y la tercera trabajadora social. Tienen sus buenos sueldos y su independencia. Encontraron el piso que buscaban y la vida siguió. Sus parejas ya las conocieron en esa situación, que comparten. Y los hijos fueron llegando y encontraron dos puertas abiertas de par en par para recibirlos. La ventaja en este caso es que ellas y ellos, aunque en barrios distintos, viven todos en Barcelona.
Aunque este modelo parezca novedoso, ya no lo es tanto. Prueba de ello es que los anglosajones ya lo han bautizado como el movimiento just women (sólo mujeres). Así que quizá habría que buscar un nombre en español.


Hubo un momento a lo largo de estos seis o siete últimos años en que dos de las tres amigas estaban emparejadas con dos hombres que también vivían juntos con un tercero. El marido de Lidia murió recientemente y ahora, un hijo de él, ya mayor, ocupa su lugar en la casa de los hombres. En el domicilio de las mujeres, dos hijas pequeñas se han unido a la familia. A veces están con las madres, a veces con los padres. "Sus vidas están muy enriquecidas. Tienen más referentes. En la guardería piensan que son hermanas", cuenta Lidia. "Nosotras no vivimos así porque seamos feministas, ni porque esto sea una opción divertida, nuestra casa no tiene nada de mística ni de cerrada, nuestras parejas vienen y se quedan a veces, cenamos con amigos. Nos vemos con ellos cuando podemos y nos apetece, pero no porque ahora toca. Simplemente vivimos así porque nos gusta y hemos establecido una relación de amistad y solidaridad", sigue Lidia.

Las tres son distintas, alguna más ordenada que otra, alguna prefiere decorar con tonos discretos y otra con colorines. Nada de eso ha sido impedimento. "No tenemos un calendario de actividades estricto. Con el tiempo se encuentra una organización sin necesidad de imponerla. Y así nos ahorramos los roces de convivencia con la pareja", explica Lidia.
Por la televisión no pelean porque no tienen, y el comedor es más bien un sitio de trabajo. A veces, todas bajan a la alfombra y desparraman conversaciones entre amigas. En su casa no admitirían a un hombre para vivir, pero eso no significa que molesten, "ni mucho menos".
En alguna conferencia que ha impartido Lidia, socióloga, destaca algunas ventajas de vivir así: complicidad, prestarse ropa, compartir el trabajo doméstico, el cuidado de los niños, no tener que ver fútbol ni aguantar visitas de suegros.
Pero Lidia no quiere que nada de esto despiste. "Estamos enamoradas de nuestras parejas, yo lo estuve y aún lo estoy". Una hija póstuma de su marido contribuye a mantener fresca esa memoria. "Simplemente somos felices así". ¿Es o no esto una familia?


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