domingo, 14 de septiembre de 2008

La desatención de los chicos como forma de maltrato


Hoy resulta tan obvio que parece natural, pero la idea de que los niños son personas con derechos y no mera propiedad de los padres es relativamente nueva en la historia. El doctor Arnaldo Rascovsky contaba en su libro El filicidio, un clásico de la bibliografía psicoanalítica en los 80, recientemente reeditado por la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), que la civilización occidental debió recorrer un largo trecho desde la patria potestad romana, con la cual la vida del hijo era propiedad del padre, hasta llegar a la actualidad donde las funciones paternas y maternas se centrarían -por lo menos, idealmente- en la protección y la ayuda al niño.
A mitad de ese camino de evolución quedaron el abandono, la ambivalencia, la intrusión y la educación socializante como formas típicas de trato de padres a hijos. Y todas estas conductas seguirían subsistiendo, aun en formas veladas, cuando muchos padres perciben una mala relación con sus hijos sin saber muy bien la causa.
"Todavía subsisten actitudes de abandono y de uso de los hijos por parte de muchos padres", apunta el doctor Andrés Rascovsky, miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y de la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA, por sus siglas en inglés). Son formas veladas de agresividad que, según agrega el hijo del autor del mencionado libro, "suelen transmitirse de una generación a la otra".
Hay, según argumenta, una idea inconsciente en los adultos que, sin quererlo y tal vez sin saberlo, aplican tales formas veladas de maltrato en la vida cotidiana a través de palabras y actitudes, y es la de no considerar al niño un sujeto, una persona independiente. Y a menudo los obligan a cargar con los mandatos paterno-maternos, como una forma de compensar sus propias dificultades y frustraciones: "Al desconocer las necesidades de sus hijos -explica Rascovsky-, les transmiten inmediatamente todo déficit psicológico".
El sentimiento de culpa
Un ejemplo bastante común de lo que fue una típica carga transmitida de generación en generación (y no a través de los genes, precisamente) es el sentimiento de culpa, fuerza autodestructiva por excelencia en el marco de una cultura represiva con un gran peso de los conceptos del pecado y la transgresión.
Para el doctor José Milmaniene, secretario científico de APA y miembro también de IPA, la transmisión generacional del sentimiento de culpa parece haberse interrumpido, y sin embargo sigue habiendo allí una forma de maltrato.
En los chicos de hoy no es tan frecuente el sentimiento de culpa, asegura Milmaniene, y eso los expone más a la sanción social. Un niño que no respeta a sus compañeros y arremete, hace sobre él recaiga la sanción de la institución, y la de sus propios compañeros.
"Hoy vivimos en una sociedad en la que ha habido enormes progresos en la figura de la maternidad y de la paternidad. Hay padres que dialogan más, mayor intimismo, menos represión innecesaria, menos goce en el castigo, menor culpa frente a la sexualidad, se dialoga más, se plantean mejor los problemas, y todo esto es muy bueno -explica el doctor Milmaniene-. Lo que creo que no es tan bueno es la falta de límites necesarios para la subjetivación."
Por eso el psicoanalista considera que uno de los factores que más enturbian las relaciones entre padres e hijos hoy sería cierto desinterés que haría que los adultos no se preocupen de poner límites, necesarios siempre y cuando "no vayan unidos a una idea de represión culposa y a una inhibición pacata de la sexualidad".
El límite para los límites
"La puesta de límites es excesiva cuando se vuelve autoritaria, violenta [y, sobre todo], cuando no son producto de una necesidad del niño sino más bien de los complejos, de los narcisismos y de los conflictos irresueltos de los padres", define Milmaniene.
Puede que el adulto tenga un modelo de crianza muy autoritario por el tipo de educación que recibió de niño. También es frecuente la reacción contra ese modelo recibido y sufrido en carne propia. E irse al otro extremo: dar a los hijos "una libertad sin ley, sin puesta de límites; un hedonismo a ultranza".
"Es tan negativo para el desarrollo psicosocial del niño el exceso de represión autoritaria, que se veía en otra época, como la falta de ley y de límite que se ve en la posmodernidad", resume el especialista en este sentido.
Otros adultos vacilan entre un modelo y otro. Son unas veces poco racionales en la exigencia y otras están como ausentes: "Psicólogos y psicoterapeutas podemos ayudar al adulto en estas circunstancias -señala Milmaniene-, siempre y cuando esto esté generando síntomas en el niño".
De todas maneras, cabe señalar que la consulta del adulto con un profesional puede tener no solamente un sentido terapéutico para el adulto, sino preventivo para el niño. Pero en el caso en que existan síntomas, agrega, también los médicos pediatras cuentan hoy con muchos elementos para intervenir terapéuticamente en este tipo de casos.
La clave es el diálogo, para que nadie, ni grandes ni chicos, confunda los cambios en aquel viejo rol de padre "terrible" -menos imposición de normas rígidas, más flexibilidad- con desatención y desinterés.
Marcelo Rodríguez


Signos a tener en cuenta

Los niños "denuncian", con sus síntomas, las fallas y los excesos de sus padres y madres para dar afecto, proteger, poner límites.
Pueden aparecer bloqueos sintomáticos, enuresis (no controlar esfínteres y "mojar la cama" repetidamente, después de los 4 años de edad), tartamudez, síntomas hiperquinéticos, problemas en el aprendizaje o en la conducta, en el jardín o en la escuela.
Una vez descartado que exista alguna patología orgánica hay que estudiar rápidamente el contexto familiar en que el niño está siendo criado.
Un niño muy agresivo o violento seguramente está criado en un clima de poco diálogo entre los padres, con mucha violencia contenida.
Las causas más frecuentes de este tipo de síntomas hoy por hoy serían la falta de atención por parte de los padres, el estar cada cual abstraído en su historia, o una situación de conflictividad de la pareja.
Pedirle al hijo que respete normas cuando los propios padres las transgreden, o guiarse por valores diferentes y hasta opuestos a los que se les enseña a los hijos genera estados de confusión y de ambigüedad en la conducta y en el imaginario.
La televisión, que tantas veces actúa como "padre sustituto", aparece como un claro ejemplo cuando proclama valores de respeto y solidaridad a la vez que los mensajes implícitos contienen muchas veces violencia y desprecio por esos valores.
Otra forma es el discurso paradójico, del tipo "Sé espontáneo", por el cual la propia orden inhibe la posibilidad de que el chico sea espontáneo. Lanacion.com