lunes, 27 de septiembre de 2010

El tiempo y el amor

Cada vez parece más difícil la convivencia de las parejas, cada vez ella dura menos, cada vez deshace más rápido la relación amorosa. Siempre se supo que la excesiva proximidad era enemiga del amor, pero quizás lo nuevo es la fugacidad con la que tal vecindad afecta el vínculo, al extremo de romperlo prematuramente. Y aún sin llegar a la convivencia, las uniones están –la mayoría de las veces– signadas por lo efímero. Considero entonces que habría que pensar en la manera en la que la velocidad incide en los lazos, y para esto resulta importante dilucidar el tema de tiempo en la época actual.

El amor siempre ha estado desolado por el problema de su finitud como una de sus grandes amenazas, y no hay palabra de amor, que no anhele superar ese límite. Por ello, cada vez que se ama se apela a la eternidad, se desea que el amor sea inmortal, se implora a un “para siempre” haciendo comparecer a un vigor que pueda contrarrestar los ocasos de la vida. Por ello, Balzac dice que “toda pasión que no se crea eterna es repugnante”; en la medida que se trataría de una pasión que, sabiendo de su término, no pretenda superarlo. Es que todo amor sabe que el tiempo lo amenaza, pero no sería amor si no se levantara frente a tal desafío para querer atravesarlo. En definitiva, aunque el amor tenga una duración limitada, él es, en su duración, proyectado hacia la eternidad: “hasta que la muerte nos separe”. Piénsese en las frases de los amantes, escritas en las rocas, que parecen querer aunarse con lo perenne de la naturaleza. ¿Es qué ese anhelo tendría vigencia en los sujetos desengañados de nuestros días, “ilustrados” sobre la fugacidad de los encuentros? Sin embargo, y pese a tal realidad, la mayoría está lejos de los contratos prenupciales, que por otra parte no son válidos en nuestro país; gran parte de los sujetos sigue creyendo en el amor, a pesar de todo. Sin embargo, hoy más que ayer, el tiempo es el gran reto, y nos lleva a reflexionar sobre la razón del… “dura tan poco”.

El tiempo en la hipermodernidad. Clásicamente se separó el ser del tiempo en un intento por preservar al ser de la finitud. El amor y la verdad siempre tuvieron la pretensión de quedar resguardados de los avatares temporales, confinados ellos, al “fuera del tiempo”. No por nada se habla de las “verdades eternas” y de los “amores eternos”. Deleuze decía que el tiempo pone a la verdad en crisis, agreguemos que, también al amor. Ambos parecen atravesados por aquello que Aristóteles1 definió con el nombre de “futuros contingentes” como declaraciones acerca de los estados de cosas en el futuro, que no son ni verdaderas ni falsas necesariamente. De ahí que Deleuze2 afirme que no es que la verdad varíe según las épocas, ya que lo que la pone en crisis no es el simple contenido empírico, sino la fuerza del tiempo.

Allí donde se separaba al ser del tiempo, para guarecerlo de la nadificación que este introduce, Heidegger3 los identificó al punto de afirmar que el ser es el tiempo, es decir que estamos inmersos en la temporalidad que nos toca vivir. La aceleración define muy bien al hombre de nuestro tiempo. También fue Heidegger quien señaló su incapacidad para detenerse en la contemplación y el afán creciente por novedades, como una de sus características. Tal avidez va unida a la inquietud por lo nuevo y por el cambio, a la dispersión creciente, a un no demorarse nunca. Esas características fundan un” ser en el mundo” que es denominado la “falta de paradero” como nombre del desarraigo. Dice Borges que uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única. Pero, ¿no interferiría acaso el estado de agitación hipermoderno, en la demora necesaria para advertirlo? Y, cuando sí parece percibirse, pero “dura tan poco”: ¿no es acaso el valor otorgado a lo “nuevo” lo que lleva a que los sujetos no soporten la inevitable caída del enamoramiento dado por la convivencia?

El culto por lo nuevo es definido por Miller4 como la nueva forma sintomática del malestar en la cultura, claro que cada día algo nuevo se mantiene menos nuevo y menos tiempo, se vuelve obsoleto cada vez más de prisa. El ideal de progreso –pese a las apariencias– tiene un aspecto letal, es que el culto por lo nuevo hace que el propio sujeto pueda devenir prontamente caduco. Ya Guy Debord en los albores de la década del sesenta decía que un nuevo valor había surgido y que no era ya ni “ser” ni “tener”, sino “aparecer”, valor, que desestima cualquier consistencia ya que se precia como bueno solo lo que aparece. La aceleración de la decadencia de toda novedad puebla nuestro universo de objetos que hay que desechar de prisa para ser reemplazados por los del último modelo. Tal devoción incide notablemente en los lazos amorosos, ante la menor decepción, lo “nuevo” será siempre visto como mejor.

Las exigencias de felicidad. Detengámonos en los mensajes publicitarios, en las ofertas de consumo, en el marketing de nuestros días, para observar de qué manera todo está orientado no tanto a vivir mejor sino a hacerlo más intensamente. Resulta interesante observar cómo hoy en día nos acechan las exigencias de felicidad, las imposiciones de dicha, el deber de ser felices todo el tiempo. Lacan supo predecir con acierto la modalidad del superyó contemporáneo bajo la forma del imperativo a gozar. “¡Debes experimentar día a día más placeres!” clamarían estos mandatos que, en la publicidad, siempre agregan: “¡ Vos lo mereces!” como anulando así, la posible culpa ante ciertos consumos. Así, si en la época de Freud, el sujeto podía sentirse culpable por gozar, ahora se siente en falta por lo no hacerlo suficientemente. Necesariamente estos imperativos inciden en la relación amorosa, fundamentalmente en el tiempo en el que se acaba su primavera, ya que tales exigencias tornan inaceptables las menores intensidades del ímpetu libidinal. Los imperativos de goce están ligados indisociablemente con una temporalidad asociada a la velocidad que, paradójicamente, produce un agotamiento del tiempo. Es que ellos no dan tiempo, impelen, suprimen la espera y la duración. Tal es el resorte del poder mediático en el frenesí apocalíptico de los mensajes. Cabe recordar la vieja ley de la comunicación: cuanto más rápido es el impacto del anuncio, más accidental se vuelve y mayor es su pérdida de sustancia.

Pero antes que Heidegger, Nietzsche había anticipado que lo que más le importa al hombre moderno, no es ya el placer o el displacer, sino ser excitado. Su “insaciable avidez” coexiste complejamente con su hastío y vaciedad, en el marco de un “apresuramiento indigno” y una “inquietud febril”. Para Nietzsche este hombre “activo”, desasosegado, es profundamente perezoso, ya que no se toma el trabajo de forjar una opinión singular, para no abdicar de su propia perspectiva, debería demorarse.

La velocidad y la información. En “Ciudad Sobreexpuesta”, Paul Virilio describe una ciudad radicalmente intensa y dinámica, cuyo aspecto es continuamente reconstruido por las pantallas electrónicas. Se refiere con ello a la desmaterialización de la ciudad, inducida por el impacto de las tecnologías de la información, tecnologías que han alterado la percepción temporal de los seres humanos. El tiempo cronológico e histórico ha dado paso al tiempo de la pantalla del ordenador y el televisor, donde todo está ahí de manera instantánea. Ese tiempo anula la noción de distancia física, ya que cuanto más rápido nos desplazamos por el mundo menos tenemos conciencia de su vastedad. La velocidad, en suma, se convierte en una dimensión primordial que desafía todas las medidas temporales y físicas. Ya Heidegger5 había anticipado del efecto de tal anulación cuando refiriéndose a los cambios tecnológicos, ya presentes en la mitad del siglo veinte, y que hoy parecen cosa del pasado, comparados con los actuales dijo: “Todas las distancias, en el tiempo y en el espacio, se encogen. A aquellos lugares para llegar a los cuales el hombre se pasaba semanas o meses viajando se llega ahora en avión en una noche. Aquello de lo que el hombre antes no se enteraba más que pasados unos años, o no se enteraba nunca, lo sabe ahora por la radio, todas las horas, en un abrir y cerrar de ojos” y, siguiendo con la enumeración de todos los progresos tecnológicos presagia de un modo asombrosamente certero que. “La cima de esta supresión de toda posibilidad de lejanía la alcanza la televisión, que pronto recorrerá y dominará el ensamblaje entero y el trasiego de las comunicaciones. El ser humano recorre los más largos trechos en el más breve tiempo. Deja atrás las más largas distancias y, de este modo, pone ante sí, a una distancia mínima la totalidad de las cosas”. Pero deduce que la apresurada supresión de las distancias no trae ninguna cercanía; porque la cercanía no consiste en la pequeñez de la distancia. Y se interroga acerca de qué es la cercanía cuando, pese a la reducción de los trechos, sigue estando ausente. A la cercanía no se la puede encontrar de un modo inmediato, en la cercanía están las cosas en su cosidad. Con su ausencia, también permanece ausente la lejanía. Heidegger interroga al mundo tecnológico preguntando qué pasa cuando, suprimiendo las grandes distancias, todo está igualmente cerca e igualmente lejos. Reino de la uniformidad en el que se suprime la cosa como cosa en su dimensión de unicidad.

Es claro que hay que leer a Heidegger antes que a Virilio ya que sus planteos tienen al gran filósofo como antecedente, sin embargo, lo que es sumamente interesante, es la manera en la que el arquitecto francés lleva estas ideas al campo arquitectónico. Su tema es el del impacto tecnológico en la ciudad, tomando la famosa frase de J. F. Kennedy: “La cámara se ha convertido en nuestro mejor inspector” muestra la manera en la que las cámaras de seguridad, y todas las pantallas “omnividentes” que nos acechan, también están indirectamente presentes en la llamada arquitectura de vidrio que a veces se denomina “arquitectura de luz”, y que proviene de una visión idílica de la sociedad: la de un intercambio constante, de una intercomunicación entre los grupos que habitan una misma unidad, una misma manzana. Basta con escuchar a un prefecto de París declarar que “la utilización de cortinas u otros dispositivos que tengan por efecto suprimir, incluso parcialmente, la transparencia de las terrazas de café no podrá ser tolerado”. Por otro lado, Virilio describe la manera en la que la opacidad de los materiales de construcción se reduce día a día. Con la invención de la edificación con esqueletos de acero, de las paredes cortinas hechas de materiales livianos y transparentes, tales como plásticos y vidrio, reemplazan las fachadas de piedra de igual manera en que el papel de calcar, el acetato y el plexiglás reemplazan al papel en su opacidad en la etapa del diseño. Transparencia e instantaneidad se dan de la mano para borrar así el misterio de las cosas.

La convivencia afectada. En otro orden, considero que tal instantaneidad trastoca el mundo simbólico tornando cada vez más difícil la convivencia en un sentido amplio y ya no limitado al ámbito amoroso. Detengámonos en la rapidez con la que se recibe la palabra del otro: “decílo ya”, dicen los adolescentes cuya prisa va en desmedro de la escucha. Se comprende demasiado pronto, sin preludio ni matiz y tal corte en el discurso puede predisponer a que la palabra, en determinadas ocasiones, sea equivalente a una injuria. Dice Lacan que “un discurso requiere tiempo, tiene una dimensión en el tiempo, un espesor”. En este sentido se trata de pensar en el ocaso de los discursos, cuando la palabra es tomada en su instantaneidad fuera de la modalidad en la que es proferida ¿no notamos acaso de qué forma ella se sobreentiende inmediatamente al ser confinada al grupo partidario de donde supuestamente proviene, a los intereses que la gobiernan, a los propósitos implícitos que la empujan? Cuando todo se “comprende” tan rápido, nada se ha comprendido.

La velocidad también se revela en la prontitud con la que se nombran ciertas situaciones. Reflexiónese, para ilustrar, en las frecuentes cavilaciones de algunos adolescentes acerca de la identidad sexual, esas dudas son prontamente sofocadas cuando lo que antes era una fantasía, es considerado como indicador de una certera preferencia sexual. Así, todo lo que le ocurre a un sujeto es prontamente subsumido a una supuesta identidad del ser: para dar alguno de los múltiples ejemplos: si una chica piensa en demasía en una amiga es por ser lesbiana; si come mucho dulce, bulímica; si experimenta cambios anímicos, bipolar. Eclipsando los carices de las cosas, tales nominaciones borran su misterio y hacen que muchas veces, lo que antes podía ser para un sujeto un pensamiento, una conducta esporádica o una fantasía, se torne prontamente una clave que responde a lo que sería la real identidad. Y cuando un sujeto está desorientado –algo muy habitual en estos momentos– se aferrará tanto más, a aquello que le daría un supuesto ser.

Con esto, quiero desarrollar una perspectiva que se diferencia, aunque no excluye la de Zygmunt Bauman. En su famoso libro “Amor líquido”, este autor analiza la extrema fragilidad de los lazos humanos en la sociedad actual, donde la gente tiene una gran avidez por estrechar vínculos, pero al mismo tiempo, desconfía de una relación duradera por el compromiso subyacente. Así, el término “relación” ha sido sustituido por “conexión”, ya que las conexiones vía red pueden ser disueltas por ser virtuales y, a diferencia de las verdaderas relaciones, son de fácil acceso y salida. Así, el arte de romper las relaciones y salir ileso de ellas, con pocas heridas profundas y sin marcas, supera ampliamente el arte por componer relaciones. La moderna razón líquida ve opresión en los compromisos duraderos, y los vínculos durables despiertan la sospecha de una dependencia paralizante. El homo faber ha sido sustituido por el homo consumes, el otro deviene objeto consumible y prontamente desechable, evaluado según la cantidad de placer que pueda ofrecer, de acuerdo con el índice “costo-beneficio”. Concluye entonces Bauman que el amor en esta modernidad líquida llevará esa herencia y será… un amor líquido. Sabemos que este sociólogo ha escrito varios libros inspirados en esa palabra, que cual comodín permite explicar una multiplicidad de fenómenos: “modernidad líquida”, “vida líquida”, “amor líquido”, “miedo líquido”, “tiempos líquidos”.

Nietzche y el Nihilismo. Llamativamente, Bauman no liga su hallazgo con lo ya pensado por Nietzsche, cuando describió la decadencia de la civilización occidental con el nombre de nihilismo. La muerte de Dios, la devaluación de los valores reverenciados históricamente, genera necesariamente un estado fluido, donde lo sólido metafísico no puede ya sostenerse. El nihilismo nombra la caída profunda, el errar de la falta de fundamentos en que se apoyaban los sistemas especulativos y morales. ¿No había ya augurado Nietzsche que el final de la metafísica inhibe el impulso para empresas de largo aliento, ya que la evaporación de un cimiento sólido impele al sujeto a lo breve, lo efímero, lo fugaz?

Efectivamente, el nihilismo atraviesa nuestros días, de ahí lo líquido al que se refiere Bauman, nihilismo que se entrelaza con el consumo como búsqueda de un objeto que daría una ilusoria solidez. Nihilismo y capitalismo quedan así hermanados. Lacan dijo que el discurso capitalista rechaza el amor, y ello se comprende si advertimos que en el amor, el otro no es una moneda de cambio. Tal vez por ello Kierkegaard vio en el amor a los muertos el amor verdadero, ya que de ellos no se espera ya nada. Ese amor líquido al que se refiere Bauman estaría en las antípodas, ya que se trataría de un amor capitalista, en definitiva, un amor que rechaza al amor. Pero no siempre deberíamos suponer, como lo hace Bauman, un sujeto que evalúa costos y beneficios a la hora de cupido. El encuentro amoroso quiebra los cálculos, no está programado de antemano, su naturaleza es contingente y, por ello usualmente se la vincula al milagro. Son los imperativos de dicha permanente, el apetito por lo nuevo, la temporalidad epocal quienes inciden más que nunca en su sobrevivencia. Frente a tales amenazas, el psicoanálisis nos muestra que tras la ilusión de cambio, los espejismos de una reinvención permanente hay algo en el sujeto que se repite y que no cambia y es allí, en lo generalmente estimado como patológico es donde anida, recónditamente, su singularidad.

Por Silvia Ons
Analista. Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
1 Aristóteles, “Sobre la interpretación”, Losada, 2009.
2 Deleuze, Gille: “La imagen-tiempo: Estudio sobre cine 2”, trad Irene Agoff, Barcelona, Paidós, 1986.
3 Heidegger, M., “El ser y el tiempo”, trad. J. Gaos, México, F.C.E., 1951, p. 192.
4 Miller, J. A., “El síntoma y el cometa”, El síntoma charlatán, Bs. As., Paidós, 1998, p. 15.
5 Heidegger, Conferencias y artículos, “La cosa”, trad. de Eustaquio Barjau, Barcelona, Odós, 1994, p. 43
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