martes, 22 de septiembre de 2009

Manuel García Ferré, horas antes de su distinción como Ciudadano Ilustre de Buenos Aires


Manuel García Ferré es, para varias generaciones de argentinos, sinónimo de infancia. Hoy recibirá la distinción de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, en consonancia además con la edición en DVD de todos sus largos. Es el creador más importante de dibujos animados en la Argentina y el hombre que proveyó al imaginario popular no sólo personajes (Hijitus, el genial Larguirucho, Anteojito, Petete, seguir implicaría llenar la nota de nombres propios) sino de frases, modos de hablar, juegos, colores. Está a punto de cumplir ochenta años y se lo ve y se lo escucha tan activo y lleno de proyectos como siempre. La distinción de la Legislatura porteña es justa. “Yo llegué a Buenos Aires –explica– huyendo de la Guerra Civil y llegué acá sin nada, sin un teléfono para llamar, sin un amigo. Pero me quedé maravillado, enamorado de la ciudad”.
El despacho de Don Manuel está lleno de muñecos de personajes animados. No sólo de “sus” hijos: por allí aparecen Betty Boop, Félix y Mickey. Hay también dibujos recientes, perfectos, realizados por él mismo. Hay, en un rincón, enmarcado, una celda original de animación de Pinocho, con su correspondiente sello de autenticidad: el hombre admira a Disney. “El dibujo animado es un arte –dice– y yo no creo que haya diferencias entre arte alto o bajo. La emoción que logra Disney con la caricia que la madre elefanta le hace a Dumbo con la trompa, conmueve a todo el mundo. Lo importante es lo que sale de acá (señalándose el corazón), que esté hecho con pasión. Lo que más me gusta a mí es la creación de personajes, y eso es un arte en sí”.
“Vea, le voy a mostrar”, añade, y sale de la oficina. A esta altura, el cronista sufre una regresión al estadio infantil, rodeado de esos emblemas de cuando era chico que son las tapas de Anteojito, las planchas originales de Pi-Pío, los muñecos. Don Manuel vuelve con dos valijas. De una de ellas sale el original, el único Petete. “Es todo de espuma –dice y estruja (en un movimiento políticamente incorrecto) el cuerpito con forma de pera del pingüino pre-K–, y el pico es un broche de ropa”. El mecanismo del títere es ingenioso, una prueba de que, además de dibujar por placer, el hombre estudió arquitectura. Petete vive unos instantes ahí mismo. “Mire, ¿ve? El cuerpo yo lo fui tallando con una tijera. Pero si le daba un tijeretazo más, el personaje dejaba de existir. Cuando lo manejaba –sí, lo manejaba él mismo– primero grabábamos el guión y las voces y, después, me entrenaba mirándome en el espejo hasta que encontraba los movimientos. Así descubrí cómo tenía que moverse, cómo hacer que la boca se abriera o se cerrara más o menos de acuerdo con la vocal que pronunciaba...”.
–Hay críticos que no creen que la animación sea parte del cine.
–Para mí no es así, porque la animación es caricatura animada. Y la caricatura es lo mismo que hacía Chaplin. Él creaba un personaje con su cuerpo, y nosotros hacemos lo mismo. La caricatura además es buena cuando nos dice algo sobre el mundo.Saca una cartulina dibujada pocas horas antes, donde se ve a Hijitus desde su aparición en Pi-Pío en 1952 hasta hoy. “Siempre fue un vagabundo –dice– porque era un poco como me sentía yo viniendo de un país devastado por la guerra. Pero con el tiempo fue cambiando. En un momento, pensé que siempre las cosas mágicas de los cuentos se hacen con la varita mágica. Hijitus usaba el sombrero para guardar sus juguetes, y como era también un juego, pensé que el sombreritus servía para la magia”.
–Además salía como un superhéroe clase B; con una mezcla de lo argentino, de lo popular y del cuento de hadas tradicional.
–Es un poco como me sentía yo: un europeo que venía al exilio, y se enamoró de esta ciudad. Era mezclar mi amor por la Argentina y la tradición de mi tierra.
–¿Qué opina de la animación digital?
–En Manuelita y Pantriste usamos, pero para fondos y esas cosas: cuando hay un primer plano es casi imprescindible el dibujo, el rasgo del dibujante. Como decía Coppola: la técnica nos maravilla cinco minutos; una buena historia, siempre. Para mí es más importante la historia y el personaje. De todos modos, lo importante del arte es que tenga, como me dijo mi maestra de tercer grado, ángel, duende o misterio. Chaplin tenía ángel y duende, pero no misterio; Piazzolla tiene duende y misterio, pero no ángel. El Padrino tiene las tres cosas. Eso busco yo.
Lo que hay y lo que viene
En estos días, todos los cortos de Hijitus (“éramos como treinta personas trabajando hasta cualquier hora para cumplir con un minuto diario de animación”, recuerda GF sonriendo) están compilados en dos cajas de cinco DVD cada una (y también se consiguen por separado). Y esta semana sale a la venta la caja con todos los largometrajes: Mil intentos y un invento (1972), Trapito (1974), Ico, el caballito valiente (1981), Manuelita (1999) y Corazón-Las alegrías de Pantriste (2000). ¿Habrá más películas? “Sí, pero cuando el país se nivele un poco: uno no sabe cómo van a estar las cosas mañana. Bah, vamos a estar igual que ahora, porque las crisis son así, pendulares. Pero no quiero que pase como en 2000, cuando teníamos un trato con Telefe para hacer una película al año, y vino la crisis y no pudimos hacerlo. Pero tengo dos proyectos: primero un largo con Hijitus y segundo, con La Gallina Turuleca. Pero por ahora, hay que esperar”.
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