miércoles, 30 de septiembre de 2009

Comemos lo mismo, ¿por qué yo engordo y tú no?


Por ESTHER SAMPER (SHORA)
Actualizado 20-07-2009 14:21 CET
Seguro que habrás oído o dicho más de una vez esta queja encubierta en una pregunta. Todos conocemos a personas que ingieren muchas calorías y no engordan mientras que otras se las ven y se las desean para perder algún kilo aún con una dieta estricta.
¿Cuál es la razón?
A menudo se dice que la naturaleza es sabia. Dejando a un lado la verdad tras esa afirmación, habría que complementarla diciendo que, además, es cruel e injusta. Para esos millones de personas que tienen que seguir una dieta a rajatabla para no ganar peso, mientras ven con frustración a muchas personas delgadas dándose comilonas sin engordar un gramo, la madre naturaleza les debe parecer de todo menos equitativa e igualitaria.
Aún así, todos partimos de una misma base, conseguimos energía a través de los alimentos y todos la gastamos para que nuestro cuerpo funcione y podamos realizar actividades físicas y mentales. Sin embargo, la capacidad para almacenar y gastar energías varía de una persona a otra.
Resulta fundamental aclarar que los dos factores principales y universales que van a influir en el peso de una persona van a ser dos: La cantidad de
kilocalorías (kcal.) de la dieta y el ejercicio físico. A más kcal. ingeridas y a menos ejercicio físico más propensa será la persona a guardar la energía extra que sobra en forma de grasa. La grasa es la forma más eficiente para almacenar esas kcal. que no hemos aprovechado (bien porque hemos comido en exceso o bien porque no hemos hecho suficiente ejercicio físico). De hecho, de cada gramo de grasa se libera mucha más energía que de los hidratos de carbono o de las proteínas, alrededor de 9 calorías.
Como hemos dicho, la dieta y el ejercicio van a resultar muy importantes en el peso final que tendrá un individuo pero no son, ni mucho menos, los únicos factores implicados. Todos conocemos a personas que comen como si no existiera el mañana, no hacen ni pizca de ejercicio y siguen estando muy delgadas, mientras otras personas con dietas bajas en calorías y con bastante ejercicio rebajan con mucha dificultad algunos kilos. El secreto detrás de estas situaciones tan desiguales lo encontramos detrás de los siguientes factores (aunque pueden existir todavía más que aún se desconocen):
El metabolismo basal: El mínimo consumo de energía para mantenernos vivos
El
metabolismo basal es la energía que gastamos para mantener las funciones del cuerpo que nos permiten seguir con vida: La actividad del corazón, el funcionamiento de los riñones, el cerebro... Sería la cantidad de energía que gastamos en el reposo más absoluto y es independiente de la actividad física realizada.
Cada persona va a tener un metabolismo basal diferente dependiendo de algunas características. Así, por ejemplo, los hombres (al poseer un porcentaje mayor de masa muscular) van a tener un metabolismo basal ligeramente más elevado que las mujeres. También aquellas personas más altas, con mayor peso o los niños en proceso de crecimiento, tienen un metabolismo basal más elevado. De hecho, la edad va a influir bastante en este aspecto, conforme se van cumpliendo años se va perdiendo metabolismo basal. Otras situaciones especiales que pueden aumentar el metabolismo basal pueden ser la lactancia en las madres, el estrés, la aparición de alguna enfermedad o una temperatura ambiental elevada.
Estas variaciones en el consumo de kilocalorías en reposo van a determinar, hasta cierto punto, que dos personas respondan de forma diferente a una misma dieta y la misma cantidad de ejercicio físico. Y, así, una puede engordar y la otra adelgazar porque ambas necesitan una cantidad de kilocalorías diferente por un metabolismo basal distinto. Teniendo en cuenta que aproximadamente el 55-70% del gasto energético total de nuestro organismo se lo debemos al metabolismo basal (sólo un 30-45% se lo debemos al ejercicio físico y a la producción de calor) resulta muy importante tener siempre presente este factor. Sencillamente, cada persona consume una cantidad de energía diferente para mantenerse con vida. Popularmente, se dice que las personas que tienen un metabolismo basal elevado tienen un "metabolismo rápido" mientras que las personas que tienen un metabolismo basal bajo tienen un "metabolismo lento".
Genotipo ahorrador: Un riesgo en la cultura de la comida en abundancia
Cada vez que nos alimentamos, aumentamos la cantidad de
glucosa (comúnmente llamado azúcar) en nuestra sangre. La elevación de esta molécula en sangre lleva a la producción de la famosa insulina. Esta hormona actúa como una llave, permitiendo que las células "abran sus puertas" a la glucosa y así entre hacia su interior y puedan digerirla para funcionar con normalidad.
Cada tejido va a tener una sensibilidad diferente al efecto de la insulina. Habrá células que sólo dejen la puerta entreabierta a la glucosa ante el efecto de la hormona, otras la abrirán de par en par (como las células musculares), mientras otras no dependen de la insulina para que la glucosa vaya hacia el interior. Las células del cerebro, por ejemplo, reciben constantemente glucosa sin depender de los efectos de la insulina.
Aunque en la mayoría de la gente las células musculares tiendan a captar con facilidad la glucosa gracias a la insulina, existen algunas personas cuyas células musculares apenas se quedan entreabiertas para captar la glucosa. En su lugar, van a ser los adipocitos los que dejen abiertas las puertas de par en par cuando la insulina hace acto de presencia pero no para la glucosa, sino para un tipo especial de grasa, los
triglicéridos. Este comportamiento se debe a una serie de genes (genotipo) que determina, en mayor o menor medida, este resultado.
¿Qué quiere decir esto? Que las personas que tengan estas células musculares que responden poco a la insulina (también puede ocurrir en el hígado) van a almacenar un porcentaje mayor de grasa de los alimentos que consumen. Son "ahorradores" en el sentido de que evitan que gran cantidad de la glucosa sea utilizada por los músculos y, en su lugar, la transforman en triglicéridos para almacenarse en el tejido graso. De ahí que dos personas comiendo lo mismo, con la misma dieta y metabolismo basal, una pueda engordar más que la otra porque transforma un mayor porcentaje de lo que ingiere en grasa.
¿Qué sentido tiene el genotipo ahorrador ante una abundancia de alimentos?
Ser un genotipo ahorrador en el primer mundo es una desventaja. Ante un mínimo exceso de consumo de kilocalorías se engorda con facilidad y, con ello, aparecen otros trastornos asociados (diabetes, obesidad, hipercolesterolemia...) . Además, no sólo engordan, sino que también suelen necesitar ingerir más alimentos para saciar el apetito. Sin embargo, tienen una ventaja en el tercer mundo y en determinadas situaciones como guerras y catástrofes naturales con déficits de alimentos. Son más resistentes y sobreviven mejor a las hambrunas porque tienen facilidad para almacenar lo poco que coman en exceso.
Tenemos que tener en cuenta que somos como somos por nuestra historia evolutiva. Hace millones de años, nuestros antepasados no disfrutaban de la abundancia de alimentos que tenemos ahora (eso llegó gracias a la agricultura y la ganadería). En esa época, donde se cazaba y recolectaba para sobrevivir, no era raro que existiesen largos periodos de hambrunas en los que había muy poca cosa que llevarse a la boca. Ante ese panorama, aquellas personas que mejor pudieran almacenar la energía de los alimentos en forma de grasa para sobrevivir a posteriores hambrunas, tenían más posibilidades de sobrevivir.
Dado que los seres humanos actuales somos los descendientes de los que sobrevivieron para transmitir sus genes, es lógico que muchas personas en la actualidad tengan este rasgo. Un rasgo que supuso una gran ventaja en el pasado pero que en la actualidad es un gran problema cuando tienes cualquier alimento al alcance de la mano.
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