domingo, 28 de noviembre de 2010

La bebida nacional

Carlos Manzoni
Mendoza.-Los gritos cortan el silencio de la fría madrugada mencodina y decenas de hombres corren entre las viñas para encender cientos de braseros que iluminan la noche . Cada uno emprende una lucha sin cuartel para salvar la plantación de un enemigo tan conocido como inoportuno: la más cruel helada tardía de los últimos años ha dicho presente en el Valle de Uco.
En el mismo momento, del otro lado del mundo, el sonido de un descorche espabila al ejecutivo hongkonés que se dispone a almorzar con un malbec bien argentino en uno de los restaurantes céntricos de la isla. Tanto la adrenalina, el esfuerzo y la pasión de la primera escena como el placer, el disfrute y la distensión de la segunda están presentes en el vino, que el miércoles fue nombrado "bebida nacional" por la presidenta Cristina Kirchner y que en los últimos 15 años dibujó una de las mayores reconversiones que haya concretado industria local alguna en la Argentina.
De las 400 bodegas que había a principios de los 90 se creció hasta las 1341 que funcionan en la actualidad; el sector recibió una inyección de US$ 1500 millones en diez años y el vino argentino pasó en menos de dos décadas de ser un desconocido total en el exterior a ocupar el 5% del mercado mundial. Claro que al destilar la lista se ve que sólo 380 de ellas colocan sus cepas fuera del país, que 250 facturan por ventas al exterior más de US$ 50.000 y que en la cúpula se decanta un selecto grupo formado por los mayores ganadores de este auge: las diez que más exportan explican 56% de los US$ 545 millones que ingresaron al país en ese concepto en lo que va del año.
Este top ten lo ocupan, por facturación, Grupo Peñaflor, Esmeralda (Catena Zapata), La Agrícola (Zuccardi), Trivento (Concha y Toro), Norton, Finca Flichman, RPB (Baggio), Chandon, Fecovita y Salentein. Pero la explosión está sustentada por todo el universo de bodegas. Un universo con varios mundos, en cada uno de los cuales se mueven los diferentes jugadores, alimentados por capitales locales, mixtos y extranjeros.
Alamos (Catena), Fuzion (Zuccardi) o Norton son etiquetas conocidas fuera del país, junto con otras como Graffigna (Pernod Ricard), Luigi Bosca (Arizu) o Finca Flichman. Una frase de José Alberto Zuccardi, director de la bodega Familia Zuccardi, pinta el momento actual del vino: "Si hace 20 años me decían que iba a estar como hoy, firmaba con los ojos cerrados y las dos manos".
Heredera de una tradición bodeguera iniciada en 1963, Zuccardi es una de las pocas grandes que se mantienen como empresa familiar. En medio del aluvión de inversiones foráneas que compraron firmas históricas en los últimos años, construirá en 2011 una bodega para vinos de alta gama, con capacidad para dos millones de litros. ¿El lugar? El Valle de Uco, el terroir estrella en estos tiempos.
Recorrida por la viña
El encargado de finca recorre la viña del Valle del Uco, donde cada hectárea plantada cuesta unos US$ 14.000 (sin contar la tierra). En 2009 se cultivaron en el país 228.575 hectáreas, que dieron 2592 millones de uvas. Gracias a los calentadores y al trabajo de cada hombre, la helada no causó tanto daño. Pero no todos tienen igual defensa y en algunos viñedos las pérdidas fueron cuantiosas. Muchas de ellas, en viñas de productores chicos que nutren a grandes marcas.
La mayoría de las bodegas invirtió fuerte para reconvertirse y competir en el mundo. "Hicimos una reingeniería en todos nuestros vinos y modernizamos el portfolio", cuenta Alejandra Presa, jefa de producto de la francesa Pernod Ricard. La firma invirtió US$ 6 millones entre 2003 y 2005 en Graffigna, en San Juan. Dueña también de Etchart (Salta) y Mumm (San Rafael), puso 1,5 millones por año desde 2005 y 2 millones en 2010.
El grupo Swarosky, propietario de Norton, invirtió US$ 50 millones en la última década y en 2011 sumará otros 6 millones. "Estas son las sumas que manejan las bodegas grandes, porque ésta es una industria muy competitiva en la que hay que invertir constantemente", resume Michael Halstrick, presidente de Norton.
También las medianas hacen lo suyo: con una inversión de US$ 1,5 millones, la bodega mendocina Dante Robino amplió su capacidad de producción de vinos de alta gama e inauguró un área para turismo enológico. Es una empresa familiar, de capitales 100% nacionales, fundada hace 90 años y controlada por la familia Squassini. Entre las chicas, Ruca Malen, invirtió US$ 8 millones desde 2002, según señaló su vicepresidente, Jean Pierre Thibaud.
Barricas costosas
Cuatro hombres por hectárea. Esa es la proporción de mano de obra durante la vendimia. Las viñas del Valle de Uco ya quedan vacías y dejan el centro de la escena a las bodegas, donde se elaborará el vino. Buena parte pasará a las barricas (los vinos de alta gama tienen allí un paso obligado). Toda una industria tonelera francesa y estadounidense nutre a las bodegas locales, con barricas de US$ 1000 y 225 litros, con una vida útil de cinco años. Una bodega chica tiene unas 700 y una grande, 5000.
En medio del boom se plantea un debate entre los que creen que hay que apuntar a los vinos de bajo precio, que son los que más se consumen en el mercado interno, pero que hoy pierden terreno frente a la cerveza, y los que dicen que hay que profundizar la reconversión y apuntar cada vez más hacia los de media y alta gama, que ganan mercado a nivel local y mundial (ver infografía).
Si bien varias bodegas están exclusivamente orientadas a la exportación, sólo un cuarto de lo que se produce aquí va al exterior. La Argentina vende 1310 millones de litros por año y factura US$ 2625 millones, de los cuales 77% corresponde al mercado interno (2021 millones) y 23%, al externo (603 millones).
Guillermo Oliveto, presidente de la consultora W y asesor estratégico del Fondo Vitivinícola Mendoza, opina que si bien se desarrollaron las gamas alta y media, es importante sostener los segmentos que representan la mayor parte del mercado para que el vino siga siendo masivo. El reconocimiento como "bebida nacional" y la promoción genérica son parte de esa campaña, junto con el 5% de retenciones a la exportación que se reparte entre pequeños productores.
Según la consultora CCR, 80% del mercado interno se vuelca a los vinos de bajo precio. Pero, tal como ocurre en el mundo, la tendencia de consumo va hacia los de media y alta gama. Aquí se ve claro el proceso, porque mientras que los de bajo precio caen en volumen entre 8 y 11% respecto de 2009, según el segmento, los de gamas media y alta suben.
Entre los que cuestan menos de $ 8, los líderes son Michel Torino y Santa Ana, mientras que Balbo y Valderrobles ganan en la franja que va desde 8 a 10. La franja de entre 10 y 15 (liderada por Colón y Carcassone) creció 2% en volumen y 18% en facturación; y la de entre 15 y 20 (dominada por Trapiche y Benjamín Nieto) subió 10 y 25%, respectivamente. En los de precios de 20 a 40, que crecieron 12% en volumen y 23% en facturación, descuellan Norton Roble y Terrazas. Por encima de $ 40 se crece lento, pero a ritmo constante, y la cima es para Trumpeter y Luigi Bosca. "Es claro que la estrategia es ir hacia los vinos de media y alta gama", opina Rafael Squassini, director comercial de Dante Robino, que crece con sus marcas Novecento y Gran Dante.
Alberto Arizu, director comercial de Luigi Bosca y presidente de Wines of Argentina, cámara de bodegas exportadoras, opina que hay que olvidar la división entre mercado interno y externo y que para ganar lugar en el mundo no sólo hay que competir en lo premium , sino que también hay que perforar los segmentos más bajos.
Al mercado
El vino está listo para embotellar y 12 millones de litros esperan su turno en toneles y tanques de una bodega de Mendoza. En la Argentina la pelea será feroz y otro tanto ocurrirá en el exterior, donde se compite mano a mano con colosos mundiales. En la pulseada con Chile (exporta por US$ 980 millones), la Argentina gana en segmentos altos, pero el vecino es más competitivo en los medios y bajos.
¿Es pasajero el boom? "Claro que no", responde Alberto Antonini, uno de los enólogos extranjeros más consultados aquí, junto con Michel Rolland y Philipe Laffer. El mismo invirtió en Mendoza, la región más receptora de inversión vitivinícola en el mundo en 2010. "El que invirtió en el vino no se va", dice quien elabora Alto Las Hormigas. También Rolland echó raíces en el país, con su proyecto Clos de los 7, donde se juntó con seis poderosos socios franceses para plantar viñedos y construir cinco bodegas en Valle de Uco. El fabuloso proyecto que el millonario suizo Donald Hess delineó en Colomé (Salta) es otro ejemplo. Luego, claro, todo depende del gusto del consumidor. Y allí habrá que hacer caso a la sabiduría de Hess: "El vino es como la mujer. El mejor es el que a ti más te gusta".

Los peligros que acechan a la industria vitivinícola

MENDOZA.- Hay varias razones que explican el buen momento del vino argentino, entre ellas la reconversión que se produjo en los 90 gracias a que el uno a uno permitía comprar equipamiento de última tecnología en el exterior; la devaluación de 2002, que aumentó la competitividad local, y el boom del malbec, la nave insignia de la vitivinicultura argentina, que arrasa en el mundo y, sobre todo, en EE.UU. Claro que todo eso no habría resultado, si no se hubiera logrado calidad y no se contara con un terroir casi único y con una tradición originada en la cultura del vino, traída por los inmigrantes en el siglo XIX.
Pero no todas son buenas. Hay tres peligros que acechan a la industria y que a algunos bodegueros les causa tanto terror como el granizo que ralea las viñas: la caída de rentabilidad provocada por un dólar estancado y una inflación alta, la concentración del negocio en pocas manos y el avance de la cerveza, que hoy exhibe en el país un mayor consumo per cápita.
Rafael Squassini, director comercial de Dante Robino, afirma que la rentabilidad está casi como en la convertibilidad. "No podés ni soñar con aumentar los precios en el exterior al ritmo de la inflación local, y eso te achica los márgenes", explica. "Nuestra ganancia ha bajado mucho", corrobora Michael Halstrick, de Norton. Algunos de sus colegas, que prefieren el anonimato, son más terminantes: "Hoy, te conviene más vender en el mercado interno."
Si de concentración se habla, la palabra "fosterización" cobra protagonismo. Así se llamó al proceso que se dio en Australia cuando el Grupo Foster, gigante de la cerveza, compró las grandes bodegas y se alzó con 90% de la producción de vino en ese país. Aquí se está lejos de eso, pero no deja de ser una realidad que los grandes grupos están ávidos por comprar. "Todo el tiempo hay ofertas", dice José Alberto Zuccardi.
El avance de la cerveza, que pasó, según la cervecera chilena CCU, de un consumo per cápita de 34,1 litros anuales en 2001 a uno de 43 en 2010 (el vino está en 28 per cápita), preocupa a la industria vitivinícola. En especial, a los segmentos más bajos, que tienen allí un competidor. "Hubo un cambio cultural en el consumo de vino; se hizo más selectivo y por eso perdió terreno frente a la cerveza", dice Alberto Arizu, de Luigi Bosca.
Podría sumarse un cuarto peligro: que el malbec, que hoy representa el 80% de las exportaciones locales, sea sólo una moda pasajera. Si bien expertos como Alberto Antonini dicen que eso no pasará y que lo que hay que hacer es lograr distintos malbec con denominación de origen, otros trabajan en diversificar la producción. Zuccardi tiene una división para vinos experimentales, mucho de los cuales, como Ancellotta, tuvieron éxito con la marca Textual. "El malbec es punta de lanza, pero tenemos que lograr posicionar otras variedades", señala Halstrick.
lanacion.com