lunes, 22 de noviembre de 2010

Post ruptura: El duro trabajo de volver a las pistas

El diámetro abdominal no es lo único que delata al varón domado que ya está fuera de forma: la torpeza para la conquista o la inquietud púber ante el encuentro sexual deschavan al que intenta volver a las pistas después de toda una vida en pareja. Si para algunos el matrimonio es un viaje de ida, para otros hay camino de retorno: después del divorcio, y mientras ellas se enfundan en sus calzas de spinning, todas culos apretados en procura de un personal trainer, ellos combaten el temor a no poder presentar el equipo.
"No los uso desde la adolescencia", se justifica el recién separado. La profilaxis es el primer problema del hombre en su nueva faceta de conquistador casual. Se entiende: lleva toda una vida de monógamo, cuando acaso el único látex que vio de cerca fue el de los guantes para lavar los platos. En una primera cita, y ahí donde sea cierto que sólo la mujer sabe si la noche acabará en la vereda o en la cama, lo mejor es presentarse provisto: el mercado ofrece multitud de forros que no existían en los días de soltero, saborizados, texturados, lubricados o extragrandes, y si la amplísima oferta desconcierta al comprador inexperto, que lleve uno de cada. Las farmacias, todavía, no tienen probadores.
Ya con las provisiones y ante una firme candidata, la cita debe ser planeada con el cálculo preciso de una campaña militar. Como dress code, se aconseja un estilo intermedio entre la informalidad y la elegancia. Un asesor de estilo diría que no vaya en remera si ya renovó el registro de conducir más de tres veces y que deje la corbata para salir de testigo en el civil del primo. Y, sobre todo, que se olvide de repetir el look con el que tuvo éxito en sus primeros tiempos de soltero: corre el riesgo de parecer un anacrónico gomazo noventista, o peor: un fan de Don Johnson. Que la esposa de un amigo asesore en el vestuario, que aporte un cauto punto de vista femenino sin, por eso, convertirse en pollerudo ajeno. Al momento de decidir la cena o el trago, que el lugar pase la prueba de la lamparita: ni un garito en penumbras (sugiere antro para coperas ) ni una cantina con tubos de neón iluminada como el Monumental en una final de la Libertadores.
Si aun con toda esta torpeza comprensible ella decide pasar una noche de lujuria desatada, que él no piense que se trata de un milagro (¡más confianza, hombre!) y que la ansiedad por la conquista del cuerpo ajeno no precipite el desborde: cuando hiciera falta devolver los jugadores al túnel, que frene el juego, la pare en seco y, mirándola fijo, le dedique un romántico "es que sos taaan linda". Eso desmotiva a cualquiera. Pero, como nos enseñó el ilusionista, puede fallar. Y si falla, que el separado inexperto ponga cara de póker y, ante el derrame, repita el truco de siempre: "Te juro. Es la primera vez que me pasa".
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