martes, 30 de noviembre de 2010

Claroscuros del agua

Hace un par de décadas el temor a que el agua dulce comenzara a escasear seriamente en ciertas zonas del planeta desató la idea de que las “guerras del agua” podrían estallar en un futuro relativamente cercano. Ahora, en los países más “modernizados”, en cambio, la guerra es cada vez más una serie de batallas de tipo comercial, con enormes presupuestos en marketing destinados a colocar en el mercado una oferta de aguas tan variada y extendida, que es difícil distinguir las diferencias. Como si la necesidad y los beneficios del líquido que compone casi dos tercios del cuerpo humano hubieran sido descubiertos hace apenas unos años, ahora hay aguas saborizadas, aguas con mayor o menor gasificación, aguas con grados de mineralización variada, bares de aguas y hasta dietas del agua.
De algún modo, lo que el marketing redescubrió es lo que está en los manuales básicos de educación escolar: que el agua es (químicamente hablando) insípida e incolora, y que forma entre un 50% y un 60% del peso de una persona, un elemento vital y básico para el organismo. También, que el cuerpo necesita de cierta cantidad promedio de agua para funcionar bien, algo que varía de individuo en individuo, pero que ronda al menos el litro y medio diario como referencia. Lo que el marketing no dice, y lo que pocas personas saben, es que excederse en mucho de esa cantidad no siempre es bueno ni aconsejable. Tampoco es siempre lo mejor optar por un agua envasada antes que por la que sale de la canilla, porque en el caso de ciertas aguas envasadas puede haber cantidades variables de minerales: un hipertenso, por ejemplo, debería esquivarles a las que poseen más altos niveles de sodio.
Ahora, inclusive, hay estudios científicos que le dan la razón a lo que hasta hace poco era parte de una creencia popular, que el agua (especialmente la helada) ayuda a adelgazar, sobre todo en el caso de las personas adultas que siguen una dieta baja en calorías. El problema, nuevamente, es que el exceso de agua puede implicar, además de riesgos serios para la salud, que haya un trastorno de la alimentación que lleva a quienes lo sufren a consumir líquido en cantidades tan exageradas, como para que el agua enferme.
Llenar el espacio. Investigaciones dadas a conocer en la última reunión anual de la Sociedad Química Americana indican que beber medio litro de agua (el equivalente a dos copas) antes de comer, tres veces al día, ayuda a perder peso. Los investigadores que obtuvieron estos resultados ya habían verificado quienes bebían agua antes de cada comida ingerían una media de entre 75 y 90 calorías menos. “Ahora, en este estudio más reciente, hemos hallado que en el transcurso de 12 semanas, las personas que hacen dieta y que, además, toman agua tres veces al día antes de cada comida, pierden alrededor de 2,5 más kilos que los que no aumentan la ingesta del líquido”, explica la nutricionista Brenda Davy, del departamento de Nutrición Humana, Alimentación y Ejercicio del instituto Virginia Tech, de los Estados Unidos.
Los médicos y químicos estadounidenses separaron a las personas que participaron del estudio (de entre 55 y 75 años) en dos grupos: sólo uno de ellos tomó agua antes de las comidas, aunque ambos siguieron una dieta restringida en calorías. Después de tres meses, todos habían adelgazado, pero las que habían tomado el agua entes del desayuno, del almuerzo y de la cena habían perdido casi un 40% más de peso. Datos preliminares muestran que, al año, las personas que siguieron bebiendo agua antes de las comidas no sólo no recuperaron el peso, sino que continuaron perdiendo un poco más, alrededor de medio kilo más, en promedio.
“Estos resultados son los primeros de tipo controlado que demuestran científicamente que aumentar el consumo de agua es una buena estrategia para perder peso”, asegura Davy. No es que el agua haga desaparecer mágicamente la grasa corporal, sino que acentúa la sensación de saciedad.
“Hay investigaciones que muestran que tomar agua antes de las comidas hace que se gasten 50 calorías más, y beber agua mientras se come otorga una mayor sensación de saciedad y un gasto energético más elevado”, explica el médico especialista en nutrición Alberto Cormillot. Pero, advierte, “hay que tener cuidado con los pintoresquismos locales, que a partir de cierta cuota de verdad inventan dietas extremas y peligrosas”. Cormillot, por ejemplo, suele recomendar lo que denomina “sándwich de líquido”: si la persona que está siguiendo un plan alimentario para adelgazar a media mañana come una barrita de cereal, la idea es que antes y después de la ingesta tome un vaso de líquido.
De acuerdo con los endocrinólogos, el agua (la helada, especialmente) ayuda a perder peso porque, además de la saciedad que provoca, la temperatura fría origina una retracción vascular del estómago, lo que disminuye la sensación de hambre. Cuando las personas están hambrientas pueden sentir algo de dolor, provocado por el ácido clorhídrico (uno de los componentes del jugo gástrico) que se acumula en el estómago. El agua lava ese ácido, lo que a su vez reduce la urgencia de comida. Además, el agua que se toma media hora antes de las comidas estimula los mecanismos de la digestión.
Pero tomar más de medio litro puede ser problemático porque ya es una cantidad importante para el estómago, advierte Davy. Y agrega que “es posible que una persona tome una cantidad de agua excesiva, lo que puede desembocar en una enfermedad rara pero grave, la intoxicación por agua”.
Sin exagerar. Cuando los médicos y nutricionistas se refieren a que el agua ayuda cuando se hace una dieta para adelgazar, no se refieren solamente al agua que se toma, sino también a la que contienen los alimentos en sí mismos, o a una comida. Sandías, melones, hojas verdes, tomates, sopas e infusiones, por caso, tienen agua y ella también cuenta como parte del complemento líquido que brinda saciedad y ayuda a acelerar el metabolismo para quemar calorías extra.
Pero ahora abundan dietas “del agua” basadas en el consumo casi constante de agua, a razón de 4 litros o más por día. Y eso puede ser riesgoso. Además de que la persona deja de alimentarse equilibradamente, el agua en sí misma, acumulada en el organismo, es peligrosa. Y más aún si se la toma toda de una sola vez. La hiponatremia o pérdida súbita de los niveles de sodio en la sangre se da cuando hay exceso de agua y puede provocar confusión, temblores, calambres, náuseas, cefaleas, y terminar inclusive en un coma. Cuando el nivel de sodio varía en sangre, también cambia el del potasio, lo que puede dañar el corazón.
En noviembre del 2008 una inglesa de 40 años madre de cinco chicos, Jacqueline Henson, murió por una hiponatremia, como consecuencia de haber tomado 4 litros de agua en dos horas: estaba siguiendo una dieta del agua que, además de la excesiva cantidad de líquido, se basa en el consumo de apenas 530 calorías diarias. Henson tomó tanta agua de pronto, que eso le produjo un edema por acumulación de agua en las células.
Hay un trastorno psiquiátrico que entra dentro de los de tipo alimentario, la potomanía, el deseo frecuente de beber gran cantidad de líquido, de manera compulsiva y sin sentir sed. “No he tenido pacientes que sufrieran hiponatremia por seguir una dieta, pero sí algunos con una potomanía delicada”, aclara Alberto Cormillot.
Normalmente, advierten los expertos, el ser humano puede eliminar a través del riñón de 10 a 14 mililitros de agua por minuto (600-840 ml/hora), de manera tal que la cantidad de agua e infusiones que toma la persona no debería superar ese límite, con algunas variaciones según cada persona.
El planeta es más agua que tierra; el cuerpo es más agua que tejidos. Pero todo lo que exceda de ciertos límites puede volverse peligroso.
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