viernes, 26 de noviembre de 2010

El eterno encanto de ser adolescente


Alejandra Folgarait
Llega un momento en la vida de todo adulto en que los jóvenes se les vuelven seres extraños, tan raros como los aborígenes de esas tribus perdidas en la selva. Sus costumbres, su dialecto, su vestimenta y hasta sus horarios convocan a todos los fantasmas del conflicto intergeneracional entre padres e hijos. Sin embargo, hoy la cuestión de los jóvenes no pasa tanto por los raros peinados nuevos sino por la perplejidad ante quienes, como émulos de un Peter Pan entrado en años, pasaron ya -a veces largamente- los 18, tienen una autoestima bien alta, pero no dan indicios de aceptar los roles de la adultez. Mientras algunos expertos hablan de una generación que hace del propio ombligo el centro del mundo, otros ya teorizan una nueva etapa vital entre la adolescencia y la adultez.
Consumidores capaces de gastar la mitad de sus ingresos en un celular de última generación o en la entrada a un recital de música, cómodos habitantes de los hogares paternos, entusiastas de los trabajos ligados más a los propios gustos que a los horarios fijos, poco afectos al compromiso representado por el matrimonio y los hijos, los nacidos después de los 70, hoy una franja que puede ir desde la mayoría de edad hasta casi los 40 años, son acérrimos individualistas y prefieren autopromocionarse antes que ayudar a los demás, según la psicóloga Jeane Twenge, de la Universidad de San Diego, Estados Unidos.
En su best seller Generation Me (Generación Yo), Twenge reveló que estos jóvenes piensan que son muy especiales pero tienen alarmantes niveles de ansiedad y depresión. A partir de los estudios de Twenge, ya se habla de la epidemia de narcisismo juvenil que afecta al mundo desarrollado. ¿Pero están enfermos los jóvenes del nuevo milenio o, simplemente, desarrollan comportamientos que se adaptan al nuevo contexto de una sociedad hipertecnológica, una oferta educativa más prolongada y un mercado laboral flexible?
En Italia se habla del fenómeno de los "mammoni" o "bamboccioni", los hijos que se quedan en la casa de los padres hasta tan tarde como los 40 años. Y no sólo porque la mamma plancha y cocina sino porque no pueden encontrar un empleo fijo ni pueden acceder a los carísimos alquileres.
En 2009, los italianos entre 15 y 29 años que no trabajan ni estudian sobrepasaron el 20%. En la Argentina, el 80% de los jóvenes universitarios de nivel socioeconómico ABC1 vive con los padres, el 88% es soltero y más del 60% no trabaja.
Aunque la cuestión convoca a mucha polémica, los expertos no se ponen de acuerdo ni siquiera en quiénes son los englobados en la adolescencia o en la juventud actualmente. Algunos, como el psicólogo norteamericano Jeffrey Jensen Arnett, aseguran que no se trata de una generación centrada en sí misma que tarde o temprano dejará paso a otra. Para él, hay que reconocer la existencia de una nueva etapa vital en el desarrollo humano, que define a los que tienen 18 a 25 años, pero que puede extenderse grosso modo entre los 20 y los 30 años (y a veces más aún). "El concepto de adultez emergente surge porque los jóvenes adoptan más tardíamente los roles adultos de trabajo estable, casamiento y paternidad, haciendo que los mayores los vean como egoístas y los malinterpreten, sin entender que no se trata de un cambio generacional sino permanente", escribió recientemente Arnett en la revista Perspectives on Psychological Science.
Los jóvenes aprovechan hoy la aceptación de la sexualidad premarital y los métodos anticonceptivos para experimentar con distintas parejas antes de tomar la decisión de formar una familia. También se toman más tiempo para definir su identidad y formarse de acuerdo a ella. Después de todo, la sociedad actual adulta les ofrece toda clase de posgrados y les exige cada vez mayor capacitación para darles trabajo. Y redujo los mandatos sociales al mínimo, al mismo tiempo que convirtió a los chicos de clases medias en reyes de la casa.
"Vivimos en una época en la que la autoestima es alentada desde la niñez y la gente joven tiene más libertad e independencia que nunca antes, pero también más depresión, ansiedad, cinismo y soledad", alega Twenge, quien compara a los jóvenes de hoy con los de los últimos 30 años para estudiar sus cambios. "Los jóvenes actuales fueron criados para querer las estrellas en un momento en que es más difícil que nunca ir a la universidad, encontrar un buen trabajo y tener una casa. Sus expectativas son muy altas justo cuando el mundo se vuelve más competitivo", agrega la psicóloga norteamericana, quien insiste en que los jóvenes actuales son más narcisistas que los de antes.
Sin embargo, Brett Donnollan, profesor de Psicología de la Universidad de Michigan, no cree que los jóvenes de hoy sean más egocéntricos que los de hace 30, 20 o 10 años. De acuerdo con sus estudios sobre casi medio millón de chicos norteamericanos de secundaria, los jóvenes sí son más cínicos y se preocupan menos por asuntos sociales, pero no son más individualistas que los de la generación de posguerra (conocidos como " baby boomers ").
Donnollan critica la teoría de la "Generación Yo" como fruto de la típica visión negativa de los adultos sobre los jóvenes, o la de quienes critican a la juventud porque no recuerdan sus propios años mozos. En esto coincide Jeffrey Arnett, quien prefiere ver optimismo y reafirmación de la identidad donde Twenge critica exageración autosuficiente, capricho y desidia.
Transición prolongada
Aunque los expertos subrayan que es difícil generalizar las condiciones de vida y las experiencias de los jóvenes en diferentes sociedades y países, lo cierto es que los rasgos de la adolescencia extendida se han vuelto globales.
"A tu edad yo estaba casada con chicos y llevaba adelante una casa", le dice Susana a su hija Michelle, de 22 años, quien le responde encogiéndose de hombros mientras chequea los mensajes en el Blackberry que le entregaron como vendedora a comisión de planes telefónicos. La joven dejó la facultad en tercer año pero no descarta retomar los estudios universitarios alguna vez. Y ni se le pasa por la cabeza tener hijos.
No es la única que va y viene sin definirse. Silvana está terminando la carrera de Comunicación, trabaja y se fue a vivir sola en un departamento alquilado en el centro, pero ahora se vuelve a la casa de los padres en el conurbano. "Nos llevamos bien con mis viejos, así que voy a aprovechar para ahorrar y comprarme mi casa sin dejar de disfrutar", sonríe. También con 26 años, Alejandro vivió siempre con su familia en el barrio de Chacarita pero siente "una necesidad imperiosa" de irse a vivir solo o con un amigo, aunque no de convivir con su pareja y mucho menos, casarse. El problema para irse de la casa de los padres, subraya, es simplemente económico, ya que trabaja en negro en un bar y está por terminar la carrera de Historia.
Mucha agua pasó bajo el puente de la adolescencia. En las sociedades primitivas, la pubertad biológica que marcaba la llegada a la adultez era reafirmada por rituales, como la muerte en combate de un enemigo de la tribu, o la circuncisión ceremonial. Tras esos ritos de pasaje, el niño se convertía en adulto. La adolescencia como la conocemos fue un invento de la cultura moderna para explicar el lago período de transformaciones que comenzaron a experimentar los seres humanos entre la escuela y su incorporación al trabajo formal. Pero con la flexibilidad del mercado laboral, la explosión de educación superior y muchos otros cambios sociales, parece hora de aceptar que hay un nuevo período en el desarrollo y, como dice Arnett, dejar de criticar a los jóvenes basándose en criterios obsoletos.
¿Se puede aplicar la categoría de la adultez emergente en la Argentina? "Es muy fuerte plantear una nueva etapa en el ciclo vital de las personas", dice la socióloga y doctora en Educación Mariela Macri, quien estudia la situación de los jóvenes en el Instituto Gino Germani de la UBA. Con todo, la investigadora reconoce que en los años 70 se consideraba que a los 24 años se ingresaba a la adultez, porque a esa edad los jóvenes se casaban y lograban un empleo, mientras que hoy se toman los 29 o 30 años como límite de la juventud.
"Es cierto que hay una demora en la transición a la adultez o, más bien, una desestructuración de las transiciones: hoy los jóvenes pueden volver sin problemas a un estadio anterior, como regresar a la casa de los padres o volver a estudiar", apunta Macri.
Para la psicóloga Alicia Facio, investigadora de la Universidad de Entre Ríos, no hay dudas de que la adultez emergente existe aquí. En un estudio de casi 300 jóvenes de 14 a 23 años, al llegar a esta edad, el 47% dijo que ya había llegado a la adultez, mientras que el 50% dijo "que en algunos aspectos sí, pero en otros, no" y el 3% directamente dijo "no".
"Antes se creía que había un tránsito lineal de la educación secundaria al trabajo pero hoy hay un patrón menos homogéneo: el empleo y el estudio pueden ser sincrónicos y las trayectorias son reversibles", confirma la socióloga Analía Otero, investigadora del Conicet en el Programa de Juventud de Flacso. Otero dice que aún se debate si estos cambios se deben a una elección individual o son influidos por la clase social, pero reconoce que los jóvenes de 24 a 27 años que ella estudia, y que han pasado ya la escuela secundaria, son más individualistas, más prácticos y mucho menos idealistas que las generaciones pasadas. "Más que culparlos por apáticos y poco comprometidos hay que ver cómo responden a una sociedad consumista y a los discursos individualistas que los rodean", advierte la investigadora de Flacso.
Parecidos y diferentes
Según Alicia Facio, profesora de Psicología Evolutiva y de la Personalidad en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos, los jóvenes argentinos muestran en la etapa de la adultez emergente aspectos parecidos y diferentes respecto de los norteamericanos.
Como sus pares del norte, los jóvenes argentinos posponen la decisión de casarse y tener hijos. La mitad de los que tienen de 18 a 25 años también se autodefinen entre la adolescencia y la adultez, y destacan la exploración de posibilidades y la considerable libertad personal que viven en esta etapa. Pero, en la Argentina, el 70% de los adultos emergentes sigue viviendo con los padres en sus lugares de origen, mientras que en Estados Unidos los jóvenes dejan a los 18 o 19 años el nido familiar y luego se mudan frecuentemente entre ciudades.
En los países del Norte, los que se van a vivir tempranamente solos suelen provenir de hogares con problemas de violencia o conflictos y adolescencias complicadas. Tomar la decisión de partir del nido fomenta la autonomía y la confianza en sí mismos de los jóvenes en Estados Unidos y en Israel.
Aquí, la situación emocional de los adultos emergentes no sigue estos patrones. Los que habitan solos tenían mayores niveles de ansiedad y depresión durante la adolescencia, pero esto no se asocia con provenir de hogares violentos ni agresivos. Además, los varones jóvenes que viven solos tienen más borracheras que los que conviven con sus parejas. Y las mujeres jóvenes que conviven -pero no los varones- muestran mayor satisfacción con la vida que los que viven solos o con los padres.
En sus investigaciones realizadas en la ciudad de Paraná, Facio también encontró que los adultos emergentes que viven solos tienen niveles de escolaridad y económico más altos que los que no abandonaron la casa paterna, mientras que los que conviven con una pareja tienen menos estudios y dinero que los que habitan aún con la familia.
Paradójicamente, quienes más se niegan a dejar a papá y mamá son los que están en mejores condiciones para hacerlo. Una reciente encuesta de la consultora IPSOS entre 250 jóvenes universitarios de 18 a 25 años y nivel ABC1 revela que, a pesar de no tener problemas económicos, el 80% aún vive con sus padres y no terminó la carrera. Apenas el 37% trabaja, tal vez porque sus familias priorizan los estudios sobre el empleo.
"Cuando alguien está acostumbrado a ir a un determinado club, a usar el auto de papá y a mantener un nivel de consumo, es difícil dejarlo", reflexiona Horacio Garderes, director del estudio de IPSOS-Media.
Sin mayores restricciones en su libertad y cómodos en sus hogares familiares, los jóvenes argentinos de clases altas no ahorran en consumos culturales y salidas recreativas con amigos, gustan ir de compras al shopping o a bailar, la mayoría tiene notebook con acceso a internet, cámara digital y consola de juegos. Algo parecido a lo que muestra la película Soltero en casa , con Matthew McConaughey y Sara Jessica Parker.
Más allá del nivel económico, "en la Argentina, vivir en la casa de los padres en la adultez emergente posee un significado psicológico muy diferente al encontrado en Norteamérica y los países del norte y centro de Europa", subraya la investigadora Alicia Facio.
"Los que residen en el nido no tienen peor salud mental o relaciones más difíciles con sus padres que los otros grupos. Los adultos emergentes que viven con una pareja amorosa no se han visto obligados a dejar el hogar por un vínculo menos protector o más violento con su familia de origen, y la mayoría de los que viven por su cuenta lo hacen por razones académicas y no porque tienen una mayor madurez socio-emocional", resume Facio.
La cercanía con la familia en las sociedades latinoamericanas y europeas del sur parece explicar esta permanencia en el hogar paterno durante una década más que en el Norte. Para la socióloga Ana María Mendes Diz, investigadora de la UBA, "hoy la familia es la principal aliada de los jóvenes argentinos, que no perciben tanto conflicto con los padres sino gustos compartidos y límites más laxos".
Por su parte, Otero explica que "los cambios en la composición familiar, el desvanecimiento de la autoridad paterna y la mayor preponderancia de jóvenes y mujeres en los hogares obligan a nuevas negociaciones, en lugar de conflictos".
Como sea, conviene ir aceptando que Peter Pan ahora tiene veintipico, ya que, como dice Jeffrey Arnett, "la adultez emergente está aquí para quedarse".
© LA NACION
Cuántos son
Se dice que la Argentina es un país joven cuya población envejece. Pero la proporción de jóvenes entre 15 y 29 años no ha cambiado mucho entre 1979 y 2001, de acuerdo con un estudio realizado por Flacso. Los jóvenes siguen siendo el 25% de la población. Dentro de éstos, los que tienen entre 20 y 29 años suman el 10%. En la ciudad de Buenos Aires, según estimaciones del Indec para 2010, hay:
180.279
jóvenes entre 15 y 19 años
200.745
entre 20 y 24 años
231.834
entre 25 y 29 años
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