domingo, 28 de noviembre de 2010

El valor del miedo

Cae una barrera que no puedes atravesar, te detiene, te paraliza, y no sabes cómo continuar; es el miedo que no te deja pensar ni actuar. Puedes alejarte de él y empezar a ver distinto si dejas ese enfoque. Tu espíritu te da el giro para salir del temor que anula y tanto mal hace.
Juana Dolcemelo (Baradero)
Quisiera una orientación sobre cómo puede una persona vencer el miedo; sobre todo si está claro que ha sido su mayor obstáculo.
Héctor Moquete
La de vencer el miedo suele ser una propuesta tan frecuente como voluntariosa y, hay que decirlo, no resulta siempre de exitoso cumplimiento. Aunque su sensación sea concreta, el miedo en sí es algo abstracto. Se trata de una reacción ante un estímulo. Nuestra amiga Patricia nombra varios de esos disparadores. Seguramente no siempre está en nuestras manos suprimir aquello que nos provoca temor, pero sí nos es posible cambiar el modo en que actuamos ante ello. Cuando una emoción, como el miedo, se convierte en padecimiento, quizá se debe a que no hemos aprendido a regularla y gestionarla a través de los recursos de que disponemos. No se trata de eliminar la emoción (así como tampoco podríamos sentirla a propósito, ya se trate de miedo, enojo, amor o alegría), sino de qué hacer con ella.
La propuesta de vencer al miedo equivale a la de silenciarlo. Pero, como bien apunta Norberto Levy en su enriquecedor La sabiduría de las emociones, el miedo es la señal de que existe una desproporción entre la magnitud del riesgo que enfrentamos y los recursos con que contamos. Esa señal puede estar acertada o errada. Acaso cuento con recursos suficientes, pero los desconozco o no los he valorizado lo suficiente. Acaso pueda elevar el nivel de mis recursos gracias al aviso del miedo, en cuyo caso éste habrá sido funcional. Eliminar el miedo como emoción equivaldría a desconectar en el auto el tablero del instrumental. Nos quedaríamos sin recursos que nos adviertan si falta combustible, si subió la temperatura o si bajó el aceite. No es valiente quien desconoce el miedo (ése es inconsciente), sino quien, admitiéndolo, aprende a asistirlo desarrollando herramientas para afrontar, resolver o trascender las circunstancias atemorizantes.
Lo que más nos desprotege es atemorizarnos del miedo, considerarlo un enemigo a vencer. La teóloga Margaret Miles (de la Divinity School de la Universidad de Harvard) recuerda que los seres humanos hemos vivido siempre entre el miedo y la incertidumbre. Cambian algunos tipos y fuentes del temor, pero éste es inherente a la vida, como la esperanza. Aunque no siempre, dice Miles, las sociedades han sido tan activas en el cultivo y contagio del miedo. Cierta soberbia tecnológica y científica nos ha llevado a creer que se puede estar a resguardo de todo. Esto acaba por desprotegernos ante el primer riesgo o imprevisto. Vivir desprovistos de miedo es tonto y peligroso, advierte el rabino Harold Kushner (autor de Cuando nada te basta, entre otros títulos) y nos haría emocionalmente ciegos y vulnerables. El miedo es un don, insiste, que nos recuerda que estamos vivos y nos impulsa a desarrollar recursos para vivir y vincularnos de modos más solidarios.
Siempre hubo y habrá razones para el miedo. Muchas se deben a la irresponsabilidad de autoridades que ignoran el auge del crimen, que no invierten en carreteras o que generan peligros gratuitos cuando con su corrupción dejan que se incumplan normas de seguridad en varios rubros. Otras son parte del hecho de vivir. A menudo, confusamente, mezclamos unas y otras causas para justificar nuestra inacción. Hacernos cargo de nuestra vida y correr el riesgo de vivirla es un modo de ayudar al miedo a no ser una traba sino un sabio consejero. El miedo crece o amengua según cómo fortalecemos nuestros recursos existenciales. Bien atendido, él mismo es un recurso.
sergiosinay
lanacion.com