martes, 2 de agosto de 2011

Estrés y emociones: hacerte mala sangre te daña el corazón

Estrés
Uno está obligado a seguir, y pareciera que taponar las emociones es más efectivo y saludable que actuar sobre ellas. Pero... ¿Qué nos sucede cuando no podemos expresar emociones como la bronca, el enojo o la angustia? Nos enfermamos.
Solucionar y trabajar desde la prevención no es tarea fácil; muchas veces es necesario generar el apego por la vida. Uno puede, por ejemplo, prevenir eventos cardiovasculares evitando factores de riesgo, como el tabaquismo u otras adicciones, diabetes, hipertensión arterial, lípidos elevados.
Existe una confusión con respecto al concepto de estrés. Por eso es importante explicar que el estrés es una respuesta normal que tiene el ser humano de acuerdo con la interpretación y la evaluación consciente o inconsciente que realiza de una situación, dándole el significado de amenazante o perjudicial. Implica que al responder se encuentra una solución al conflicto, conjugando pensamientos y sentimientos. Es un mecanismo de defensa inherente a la herencia filogenética: se activa cada vez que se desorganiza el equilibrio dinámico del cuerpo, implica un proceso fisiológico.
Cuando esa situación de perturbación permanece en el tiempo sin posibilidad de dar una respuesta satisfactoria, se produce el disestrés, que involucra una serie de mecanismos que pueden conducir a una enfermedad o agravar el curso de la misma.
Reconocer los síntomas y/o signos que se pueden presentar con el disestrés permite generar una alerta frente a los mismos y hacer una consulta médica en el momento oportuno.
Esos síntomas y/o signos se producen porque durante el disestrés se segregan sustancias, fundamentalmente el cortisol y las catecolaminas (noradrenalina y adrenalina), que pueden causar con el transcurso del tiempo diferentes patologías, entre las que se destacan la enfermedad cardiovascular por su incidencia cada vez mayor y las implicancias que tiene en relación a la calidad de vida.
También las mencionadas sustancias pueden desencadenar enfermedades metabólicas como la diabetes, las dislipidemias o trastornos de los lípidos; enfermedades autoinmunes con impacto, por ejemplo, a nivel tiroideo. Todas estas patologías a su vez tienen repercusión en el aparato cardiovascular.
Es probable que, como consecuencia del disestrés, se manifiesten cambios en las conductas de la alimentación con trastornos que involucran no sólo la cantidad sino la calidad de los alimentos. La incorporación de grasas e hidratos de carbono y el aumento en la ingesta de alcohol conducen a un incremento en la secreción de catecolaminas que también afectan el aparato cardiovascular.
Puede despertarse el hábito de fumar o incrementarse el número de cigarrillos, debido a que una persona con disestrés se siente muy angustiada y a veces recurre ilusoriamente a querer calmar su malestar fumando. Pero lamentablemente lo que logra es segregar mayor cantidad de catecolaminas y, como consecuencia de esto, aumentar la frecuencia cardíaca, la presión arterial; y, a nivel sanguíneo, elevar el LDL (colesterol malo), los triglicéridos y disminuir el HDL (colesterol bueno).
Las manifestaciones de labilidad emocional que ocasiona el disestrés generan cambios de conducta que repercuten en la vida familiar, laboral y social de una persona con el riesgo de padecer quiebre en los vínculos afectivos, inestabilidad económica, etc.
El enfoque terapéutico del disestrés debe abarcar la aplicación de intervenciones prácticas de prevención y no sólo de tratamientos cuando ya está instalada la enfermedad cardiovascular.
La consulta y el trabajo interdisciplinario no sólo implica el accionar del cardiólogo o del psicoterapeuta: los maestros, los periodistas, permiten esclarecer y arbitrar los diferentes recursos que puede tener el ser humano para realizar la prevención primaria y secundaria del disestrés, evitando enfermedades que se focalizan fundamentalmente en el aparato cardiovascular.

Dra. María Cristina La Bruna
entremujeres.com

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