miércoles, 10 de agosto de 2011

Erase una ciudad en transición

Cada día, a las 17.30, las calles de Stroud quedan desiertas. Los comercios bajan sus persianas, los oficinistas se despiden hasta la siguiente jornada laboral y las carreteras se convierten en un disciplinado hormiguero. Incluso los autobuses urbanos hacen su último recorrido tan sólo hora y media más tarde. Es a partir de entonces, justo después de la cena, cuando esta pequeña ciudad del sur de Inglaterra vuelve a cobrar vida, pero una muy diferente a la del ajetreo diurno y las obligaciones cotidianas. Es en este momento cuando los tornos comienzan a girar en los cursos de cerámica, los coros inundan de melódicas voces las salas de ensayo y empiezan las reuniones de todo tipo de asociaciones locales (ambientales, sociales, artísticas, conservacionistas), una cantidad excepcional si lo comparamos con cualquier ciudad de veinte mil habitantes.
De entre todos los grupos que se reúnen hay uno que se destaca de forma especial, no tanto por el número de personas implicadas (menos de 50) como por sus aspiraciones. No pretenden cambiar el mundo, sino algo mucho más cercano. En primer lugar, ellos mismos y, más tarde, la ciudad en la que viven. A la vez confían en que esto ocurra en la ciudad vecina, y también en la siguiente, y así sucesivamente, albergando la esperanza de que cada comunidad realice de forma autónoma su transición hacia un futuro pospetróleo.
La idea que defienden es simple. El momento en el que se alcance la producción máxima de petróleo está por llegar, incluso puede ser que ya se haya producido. A partir de este punto el descenso será vertiginoso, tanto como lo fue el ascenso. Las reservas de petróleo cada vez serán menos y los nuevos yacimientos descubiertos de más difícil acceso, lo que hará que su extracción sea más costosa y, como consecuencia, el precio final de los combustibles resulte progresivamente más alto. De esta forma, la única vía que parece quedarnos es ir abandonando poco a poco la dependencia del petróleo. Un gran desafío, que podría ser afrontado como una oportunidad para crear sistemas urbanos en mayor contacto con la naturaleza, donde predomine lo local ante lo global y se fortalezcan las relaciones comunitarias.

Una movida global

Stroud no es la única comunidad en transición ni la idea surgió hace dos días. El movimiento de las Transition Towns comenzó a ser desarrollado por el profesor Rob Hopkins hace más de cinco años en su ciudad natal, Totnes, a poco más de doscientos kilómetros de Stroud. Hoy, el movimiento tiene presencia en todo el globo. Son trescientas setenta y cinco las iniciativas oficiales a nivel mundial y más de cuatrocientos grupos están planteándose cómo comenzar una Iniciativa en Transición. Existen treinta y cuatro países que cuentan con iniciativas o proyectos de transición (tan diversos como Yemen, Letonia, Nigeria, Chile, Tailandia, Francia o Nueva Zelanda). La red se ha extendido de tal forma y en lugares tan variopintos que hablar de ciudades en transición ha perdido el sentido, puesto que el concepto actualmente se aplica en barrios, penínsulas, bosques, universidades.
El éxito sin precedente de las Transition Towns puede atribuirse a tres factores: su cercanía (por atañer de forma muy directa a nuestra vida cotidiana, ya que el fin del petróleo nos afecta directamente y no es algo lejano e incierto como pueden ser los efectos del cambio climático), su apoliticismo, y el hecho de ver la transición como una oportunidad para dar un giro positivo a nuestras comunidades. En palabras de Helen Royall, quien fue coordinadora de Transition Stroud hasta hace un año, "llevar a cabo una iniciativa en transición es algo brillante. Por eso tenemos que hacer todo lo posible por disfrutarlo como comunidad, porque será lo que nos conduzca hacia un futuro excelente y saludable".
La transición de una comunidad es mucho más que reducir el uso del auto y evitar viajar en avión de forma indiscriminada. La transición también llega a los aspectos aparentemente minúsculos de la vida cotidiana, como comprar verduras de temporada producidas localmente o aprender a remendar unos calcetines. Todo con la finalidad de reducir el uso del petróleo y las emisiones de dióxido de carbono, consumiendo sólo lo necesario y de la forma más local posible. La fórmula es sencilla, pues sólo se trata de comparar, por ejemplo, la cantidad de combustible invertido en importar un mango de Israel y el necesario para transportar por carretera una manzana producida en nuestra región. La opción de consumo más coherente decanta por sí sola.
Para comprender que la vida sin este consumo frenético de combustibles fósiles es posible no hay más que mirar unas decenas de años atrás o preguntarles a las personas de más edad, a los que vivieron aquella época en la que no se concebía que todo fuese para usar y tirar. Una época en la que los viajes en avión eran un lujo del que como mucho se gozaba una o dos veces en la vida, las compras se hacían en el mercado o en la tienda del barrio y la ropa venía, como muy lejos, del otro extremo del país. La clave está en imitar las buenas costumbres del pasado, relocalizar y readquirir habilidades que casi se han perdido por desuso, fortalecer las a menudo debilitadas relaciones interpersonales y, en definitiva, lograr que la comunidad en conjunto y cada uno de sus habitantes en particular sean más autosuficientes.
Cada lugar es diferente y, por lo tanto, cada iniciativa en transición sigue su propio camino. Hopkins sugiere una secuencia de doce etapas, descritas en su Transition Handbook. Las mismas son un reflejo de la primera experiencia en Totnes y su evolución, pero dejan la decisión a cada comunidad de alterar el orden de los pasos propuestos o incluso saltarse o añadir otros. La experiencia de los años siguientes a la publicación del libro ha demostrado que cada Transition Town sigue su propia metodología, aquella que se adapta mejor a las necesidades y características de la comunidad y, sobre todo, del grupo que hace que esto sea posible.
El propio Hopkins, quien está preparando una segunda edición del libro, reconoce que esta propuesta de las doce etapas "ha sido muy útil en los primeros años de las Transition Towns", pero que "es necesario plantear el modelo de una forma diferente y más flexible, de manera que nadie sienta que tiene que seguir dichos pasos uno por uno y hasta el final, y así dejar las puertas abiertas a la creatividad de cada uno".
Quizás el paso número cinco sea uno de los más ineludibles, por tratarse del corazón de la estructura de las comunidades en transición. Es en este momento en el que se consolidan pequeños grupos de trabajo centrados en diferentes aspectos del proceso, como la energía, el transporte o la comida. Cada uno ha de determinar dentro de su ámbito la mejor forma de reducir la dependencia de los combustibles fósiles. Dichos grupos se forman a partir de los intereses personales de sus miembros, al igual que ocurría en las teorías utópicas de Fourier, quien basaba el funcionamiento de sus comunidades ideales en las pasiones personales de cada uno de sus componentes. La pasión y el entusiasmo son elementos imprescindibles en las iniciativas de transición, pero en muchas ocasiones no son suficientes para conseguir el éxito de un proyecto de tal magnitud. A menudo también hacen falta conocimientos y experiencia para que una iniciativa de este tipo cobre solidez, como es el caso de Stroud. El movimiento de transición de esta ciudad cuenta entre sus miembros con personas como Molly Scott-Cato, profesora de Economía Ambiental de la Universidad Metropolitana de Cardiff, y una de las fundadoras de la moneda local, la Stroud Pound, o el urbanista Neil Buick, quien coordina el evento de las Open-Homes, en el cual los propietarios abren sus casas durante un fin de semana para mostrar las reformas realizadas para incrementar la eficiencia energética. La veteranía de sus integrantes, cuya media de edad rebasa los cuarenta, es uno de los puntos que más pueden sorprender a alguien acostumbrado a que en su país este tipo de iniciativas sean casi de forma exclusiva realizadas por jóvenes, con muchas ideas y energía, pero con una experiencia limitada. Como contrapartida, la casi total ausencia de gente joven involucrada en el grupo es un factor que podría acabar poniendo en peligro la viabilidad del proyecto a largo plazo.

Las dos caras

Los grupos de trabajo pasan en sólo unos meses de estados de euforia creativa a la hibernación. O a la inversa, dependiendo del grado de intervención de sus miembros y del tiempo y energía de la que dispongan. Esta es, una vez más, la doble cara de los trabajos voluntarios. Algunos abandonan el proyecto después de años de trabajo y largas horas de reuniones vespertinas, pero a la vez otros se unen, insuflándole a Transition Stroud nuevos aires y aportando ideas frescas. Las propuestas se cuentan por decenas, las que se realizan son menos y las acciones que tienen un impacto verdadero a corto o mediano plazo se pueden contar con los dedos de las manos. Al día de hoy, uno de los proyectos más tangibles es la creación de una moneda propia para fomentar el consumo local, la libra de Stroud (Stroud Pound), que ya es aceptada en más de cuarenta negocios del municipio. Otras, de momento, sólo son ideas imprecisas, como la del aprovechamiento energético de los pequeños saltos de agua, hoy en desuso, de los canales creados por algunas fábricas situadas a las orillas de los mismos.
Mientras tanto, el espíritu de transición de Stroud se mantiene vivo gracias al desarrollo de todo tipo de actividades que engloban diferentes aspectos de la vida cotidiana. Las iniciativas que hasta ahora se han puesto en marcha son tales como las destinadas al fomento del uso de la bicicleta y la reducción del uso del auto, cursos para la recuperación de habilidades perdidas como arreglar ropa, fabricar abono orgánico o cultivar verduras en los jardines, la concesión de una beca a una profesora de un colegio de la zona para que dedique parte de su jornada a cuestiones ambientales o la organización de charlas y proyecciones de documentales sobre el cénit del petróleo y el cambio climático, entre otras.
Por otro lado, tal y como afirma Simon Allen, uno de los miembros fundadores y de los más activos del grupo, "la transición es algo más bien psicológico, por eso no sólo se generan nuevos proyectos en el seno de Transition Stroud, sino que también se van incluyendo otros que surgieron con anterioridad o posteriormente, pero que persiguen los mismos objetivos". Dentro de estos proyectos paralelos se encuentran algunos tan peculiares como el Global Bee Project, dedicado a la conservación de las abejas, la Stroud Community Agriculture, cooperativa de consumidores que obtiene de forma directa productos de la tierra, el StroudCo, cuya misión es poner en contacto directo a consumidores finales y productores de alimentos, o el Car Club, que pone a disposición de sus miembros una flota de vehículos para necesidades puntuales, reduciendo así el número de automóviles por persona.
Para quien no conozca de cerca una comunidad de transición es fácil idealizarlas. En seguida uno se imagina un lugar sin autos ni supermercados, con niños jugando en la calle y oficinistas yendo al trabajo en bicicleta. Nada más lejos de la realidad.
En el caso de Stroud se pueden apreciar sin demasiado esfuerzo dos ciudades que conviven en forma paralela. Por un lado está la ciudad que ha atraído durante décadas a artistas y gente de pensamiento alternativo, la primera ciudad inglesa en la que se construyó una Co-housing, la ciudad donde todos los sábados se celebra un pintoresco mercado de productos locales... Pero en ella también reside una ciudad inglesa más donde, a pesar de su reducido tamaño, hay un inusual número de hipermercados, establecimientos de comida rápida y escasas facilidades para peatones, ciclistas y usuarios del transporte público.
A pesar de que Transition Stroud ha logrado una productiva relación de trabajo con el gobierno local, la mayoría de los aspectos básicos de la organización del municipio todavía quedan fuera de su alcance. Las iniciativas en transición aplican una estrategia del tipo bottom-up, es decir, de abajo hacia arriba. Justamente a la inversa de las iniciativas lanzadas por la administración local para fomentar la participación de la población. Las comunidades asumen un papel proactivo, puesto que son las que mejor conocen las necesidades del entorno local, ante un gobierno que no dirige sino que reacciona ante las demandas de la ciudadanía.
Otro aspecto que Rob Hopkins considera clave es la visión del futuro. Es decir, pensar adónde se quiere llegar y a continuación empezar a trabajar para conseguirlo, dándole un enfoque positivo muy lejos de las actuales campañas ecologistas basadas en mostrar escenarios futuros devastados por grandes catástrofes naturales. Una buena síntesis de lo que a toda comunidad de transición le gustaría alcanzar se puede ver en el mismo centro de Stroud, en la algo exclusiva comunidad de viviendas Co-housing, donde viven varios miembros del grupo. Allí los niños sí pueden jugar por la calle sin preocuparse de autos u otros peligros, hay espacios comunitarios para fomentar la interacción entre los vecinos, parte de la energía consumida es generada por paneles solares, los huertos son regados con agua de lluvia y abonados con residuos orgánicos e incluso los vecinos pueden comprar los huevos a la familia encargada del corral.
Después de compartir una de las cenas comunitarias que se organizan tres veces a la semana en las Co-housing, uno no puede evitar pensar que, a pesar de los tres años y medio que Transition Stroud lleva en funcionamiento, todavía queda demasiado por hacer para acercarse a ese tipo de existencia semidílica. Por un lado esto parece darles a sus componentes una energía inusitada para continuar adelante con la transición, pero por otro puede hacer plantearse a los más escépticos si un proceso tan lento no hará caer en el desánimo a sus integrantes, e incluso si los cambios necesarios para afrontar un futuro pospetróleo se lograrán a tiempo. Si fuera así, y el momento en el que los combustibles fósiles sean tan escasos y caros que no resulten suficientes para abastecer a la población llegara antes de lograr una verdadera sociedad de transición, siguiendo la atípica pero lúcida recomendación de Rob Hopkins, Transition Stroud debería "celebrar su fracaso", es decir, darlo a conocer para que otros no repitan los errores que ellos cometieron.

MIENTRAS TANTO EN AMERICA LATINA

En nuestro continente la propuesta de las Transition Towns aún no está muy difundida. Cuenta únicamente con una iniciativa oficial y siete proyectos distribuidos en cuatro países: Argentina, Brasil, Chile y México.
En 2007 se creó en Chile la (por el momento) única comunidad de transición de carácter oficial. Está en un diminuto pueblo llamado Villa Manzano, situado en la región del Biobío, en donde tres hermanos pusieron en marcha el proyecto y fueron contagiando poco a poco al resto de los vecinos con su idea de convertir la población en un lugar ecológico y autosustentable. También en Pucón, en la región de la Araucanía, el pasado marzo se celebró la sesión de apertura de una nueva iniciativa.
En la Argentina son dos las comunidades que se preparan para convertirse en iniciativas de transición: Capilla del Monte (provincia de Córdoba), de la mano de la escuela y granja orgánica Jardín de los Presentes, y la llamada Comarca Andina en Transición, primera iniciativa de este tipo en el país, que ya realiza acciones en tres pequeños pueblos de las provincias de Chubut y Río Negro.
Por otra parte, en Brasil existen tres proyectos más, Brasilândia, São Lourenço y Transition Granja Viana. En México, a principios de este año, se formó un grupo de trabajo que pretende convertir la ciudad de Ensenada en una nueva iniciativa de transición.

EN LA RED

Transition Networks www.transitionnetwork.org
Transition Stroudwww.transitionstroud.org
Transition Town Totneswww.transitiontowntotnes.org
Comarca Andina en Transición http://sites.google.com/site/sinpetroleo
 lanacion.com