lunes, 30 de agosto de 2010

Belleza sin edad, el secreto lo tienen las francesas

A menudo veo una mujer mayor en mi barrio de París, valseando por la calle al ritmo de una música imaginaria, lanzando una sonrisa ligeramente demente a todo el que pasa. En cualquier otro lugar cruzaría la calle para evitarla. Pero siempre usa un conjunto que combina bien, ligeramente loco -como la pollera roja estampada, cárdigan suelto y sombrero acampanado que usó un día en la primavera- tiene gran postura y se maquilla muy bien.
Claramente, le encanta ser ella misma. Y me hace pensar que en Francia las mujeres podrán olvidar cualquier cosa a medida que envejecen, pero nunca su sentido del estilo. Si hay un secreto para envejecer bien, las mujeres francesas deben conocerlo. Al menos eso es lo que piensan los estadounidenses. Vemos actrices como Juliette Binoche, de 46 años, o políticas como Ségolène Royal, de 56, o superestrellas como Catherine Deneuve, de 66, y pensamos que deben saber algo especial sobre el proceso de maturation.
Incluso la francesa común -digamos, aquella a la que se puede ver de compras por la Rue du Faubourg Saint-Honoré o disfrutando de un almuerzo tranquilo en la Rive Gauche, o paseando por los Jardines de Luxemburgo- parece contradecir la idea de que al envejecer hay que ocultar el proceso con Botox, liftings de los ojos, rellenado de los labios y todo tipo de procedimientos que dan una desesperada apariencia "joven", o darse por vencida y dejar que el tiempo haga lo suyo.
¿Pero tienen estas mujeres realmente la respuesta con respecto al proceso de envejecimiento? Mientras las mujeres estadounidenses, al menos como yo, se dedican a su cuidado personal con eficiencia práctica, las mujeres francesas que conozco ven el tratado de la piel, el pelo y el cuerpo como un ritual disfrutable y gratificante.
Verse atractivas a cualquier edad es lo que las francesas hacen, especialmente las urbanas. Para las parisinas, mantener su imagen es tan natural como atarse un pañuelo perfecto o usar tacos altos en calles de adoquines. La belleza es una tradición que se pasa de generación en generación. "Mi abuela siempre me dijo: «Nunca te abandones, ni siquiera en el menor detalle»", dijo mi amiga Françoise Augier, abarcando, con un gesto, de la cabeza a los pies. La actriz francesa Leslie Caron, que aún tiene aire de Gigi a los 79, me dijo la frase favorita de su madre: "La piel de la mujer es demasiado sensible como para estar descubierta". No es que las adolescentes francesas presten más atención que sus contrapartes estadounidenses a los consejos de sus madres. Mi especialista en belleza, Martine, está preocupada porque tantas de sus clientas jóvenes (de 12 años en adelante) salen a la calle sin protector solar. Quizá no debería preocuparse. Una encuesta de una compañía de estudios de mercado, Mintel, mostró que el 33 por ciento de las chicas francesas de entre 15 y 19 ya usan cremas contra el envejecimiento o antiarrugas. Aunque los hombres franceses claramente se interesan -en la calle y sin pudor, se devoran a las mujeres con los ojos- la belleza es un tema femenino. Cuando, en la sobremesa, pregunté a una abuela con tres nietos cómo se las arreglaba para verse hermosa, desvió el tema diciendo: "Nunca hablo de estas cosas delante de mi marido".
La respuesta número 1 a mi encuesta informal de francesas acerca de los años de envejecimiento mágico es no subir de peso, jamás. Si una francesa llega a ver un kilo o dos adicionales en la balanza de su baño, hará lo que sea para obligar a la escala a volver a donde debe estar. "Mantengo mi peso estable, sin subidas ni bajadas", dice Caron. "Evito todos los excesos." Dice que come de todo, en porciones pequeñas -sus amigas aseguran que son minúsculas- y no bebe alcohol. No es tanto que las "francesas no engordan", como dice el título del best seller de Mireille Guiliano. Más bien es que las francesas no se dejan engordar. Y tampoco es que hagan ejercicio. Cuando llegamos con mi marido a París y le preguntamos a nuestra banquera personal -todos tienen banquero personal- a qué gimnasio ir, su respuesta fue: "¿Por qué? Los gimnasios son una forma de tortura". Parece que la única manera aceptable de quemar calorías es caminar.
Si las francesas no caminan lo suficiente para mantenerse en forma, siempre hay una píldora, una loción, una máquina o un tratamiento que resuelve la cosa. Las farmacias tienen mostradores llenos de remedios para hacer dieta y que mejoran la figura. Una crema promete "reducción acelerada en las áreas resistentes a la dieta" (caderas, muslos y nalgas). Hay cápsulas que aseguran una panza más plana en cuatro semanas. Un afiche que apareció pegado recientemente en todas las estaciones del métro de París ofrece un diminuto cinto de "estimulación electrónica de los músculos" que afirma proveer, en una sola sesión, el equivalente de 120 ejercicios abdominales.


Los favoritos
Las francesas también recomiendan tratamiento facial, masajes y "curas" en spa, contra las arrugas, la celulitis y cola, panza y pechos caídos. Un tratamiento favorito de spa es la talasoterapia, el tratamiento basado en agua de mar que se originó en Francia. Usa chorros de agua, envolturas en algas marinas, baños de barro e inhalación de bruma marina, lo que mejora la circulación, ayuda a dormir, fortalece el tono muscular y reduce la celulitis. Algunas mujeres se las arreglan -o tienen motivos legítimos de salud, como puede ser la artritis- para conseguir órdenes médicas indicando semanas de tratamiento en su spa favorito. Eso significa que la salud pública cubre gran parte del costo.
En cuanto al maquillaje, las francesas de casi todas las edades (excepto las adolescentes) consideran que menos es mejor. La base pesada tiene la tendencia a destacar las arrugas y los poros, y la mayoría de las mujeres prefieren un poco de rubor. Las que usan base se aseguran de que se absorba en la piel, a menudo aplicándola inmediatamente después de la humectación. La idea es verse lo más natural posible: un poco de color en los párpados, máscara, quizás un poco de delineador y brillo labial.
Por supuesto que es fácil verse natural si se tiene buena piel. Y quizá sea allí donde se encuentran los secretos de las francesas. Según un informe de Mintel de 2008, ellas gastan unos 2200 millones de dólares al año en el cuidado de la piel del rostro, tanto como las españolas, alemanas y británicas sumadas. Si usted llega a usar un baño en una casa francesa -cosa que, dicho sea de paso, no está bien vista- podría encontrarse con una línea de productos para el cuidado de la piel que rivalice con un estante en Duane Reade [importante tienda neoyorquina proveedora de productos de belleza y farmacéuticos]. Habrá cremas diurnas (con pantalla solar), cremas nocturnas (sin), humectantes, limpiadores y tonificantes. Pero quizá no encuentre jabón. Caron dice que no lo usa en su rostro o su cuerpo (salvo para "ciertos lugares"). La revista Madame Figaro recientemente citó a la actriz y presentadora de televisión Léa Drucker: "El día que dejé de usar jabón cambió mi vida". Postransformación, usa una crema hidratante.
Tal como sucede en Estados Unidos, algunas mujeres en Francia recurren al dermatólogo para el cuidado de su piel, y sus visitas probablemente estén cubiertas por el seguro de salud. Pero ni el generoso sistema francés paga por inyecciones de Botox o de colágeno, ni por liftings u otras cirugías cosméticas. Eso no impide a las francesas "hacerse algo". El objetivo de la cirugía plástica en Francia, según el doctor Michel Soussaline, un cirujano parisino con más de 30 años de experiencia, es "conservar la belleza y el encanto natural de cada mujer individual, no adecuarse a algún ideal de moda". A fin de cuentas, las modas cambian. En Estados Unidos, dice, las mujeres que gastan mucho dinero en liftings faciales quieren mostrar el resultado de su inversión. (Quizás eso explique los labios carnosos y las mejillas suaves que la actriz estadounidense Ellen Barkin, de 56 años, mostró recientemente en la alfombra roja de Cannes.)
En cambio, las francesas prefieren resultados que se vean lo más naturales posible (fotos de Isabelle Huppert, a los 57 años, muestran un envejecimiento elegante y sin cirugía). En Francia tengo una sola amiga que confesó haberse hecho una cirugía, una operación discreta para hacer más firme su mentón y cuello. Está encantada con el resultado: nadie lo nota.
Los rituales para el cabello son de dos tipos: deshacerse de lo que no se quiere en las piernas y las axilas, y aprovechar lo más posible lo que está en la cabeza. Eso significa un buen corte cada tres o cuatro semanas y un color razonablemente natural. Hay una plétora de salones de belleza (50 en mi arrondissement) y los precios, en general accesibles (18 euros, equivalente a 22 dólares por un corte, champú y secador), facilitan la visita frecuente al peluquero. Usan acondicionadores y otros tratamientos poschampú, seguidos de un enjuague con agua fría. "Ayuda a la circulación" dice una amiga.
Por supuesto que es debatible que las francesas envejezcan mejor que las estadounidenses. La tasa de obesidad van en aumento en Francia, aunque sigue siendo mucho más bajas que en Estados Unidos. Y no todas las estrellas del cine o la política se mantienen bien. El símbolo sexual de mitad del siglo XX, Brigitte Bardot, que ahora tiene 75 años, está canosa, llena de arrugas y con sobrepeso. Martine Aubry, la jefa regordeta del Partido Socialista Francés, de casi sesenta años, no es conocida por su atención al estilo. Y cuando le pedí a Katie Breen, una francesa ex editora de la revista Marie Claire, que nombrara una mujer que haya envejecido particularmente bien, su respuesta fue decididamente no francesa: Meryl Streep.
Para las francesas, el envejecimiento parece ser una cuestión más mental que de maquillaje. Françoise Sagan escribió: "Hay una cierta edad en la que una mujer debe ser hermosa para ser amada y luego viene un momento en que debe ser amada para ser hermosa". Y muchas francesas parecen ser amadas al envejecer, por sus familias muy unidas, sus amigas y, quizá lo más importante, por sí mismas. Para el caso, mi vecina loca, completamente coordinada, perfectamente arreglada, totalmente francesa.
Por Ann M. Morrison/NYT
Traducción de Gabriel Zadunaisky

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