lunes, 23 de agosto de 2010

La contaminación lumínica daña el ambiente, la salud y es un problema para los astrónomos

Khalil Gibran se lo escribió a su "adorada Mary" en los años veinte del siglo pasado. "¡Qué gran diferencia entre la luz que viene de arriba y la que viene de abajo!", se lamentaba el poeta libanés. Khalil Gibran le contaba a Mary lo "impresionante y bella" que sería Nueva York bajo el brillo solo de la luna y las estrellas.
Casi un siglo después -y descartado ya el sueño del escritor de dejar a oscuras a la ciudad de Nueva York, salvo apagón accidental-, la luz que generan las ciudades se ha colado en la conciencia medioambiental. Forma parte de los problemas del denominado medio ambiente urbano, que las Administraciones intentan atajar. El último ejemplo es el de Andalucía, que acaba de aprobar un reglamento de protección de la calidad del cielo nocturno, que prevé sanciones de hasta 60.000 euros para los que infrinjan las restricciones que se imponen en la norma y que incluye los anuncios luminosos.
Los efectos de la contaminación son bastante sencillos de detectar. Como cada agosto, los restos de polvo del cometa Swift-Tuttle desencadenan un curioso fenómeno en el firmamento, la lluvia de estrellas conocida como las Perseidas o Lágrimas de San Lorenzo. Pero verla es cada vez más complicado, sobre todo, en las grandes urbes. "En 20 años hemos perdido en España una magnitud aparente", señala David Galadí, astrónomo del Observatorio de Calar Alto (Almería): es decir, vemos menos estrellas que nuestros abuelos, que podían observar a simple vista objetos hasta tres veces menos brillantes.
El principal enemigo de los observatorios astronómicos es la contaminación lumínica. "Cuando obtenemos un dato tenemos que descontar el efecto brillo del cielo, que cada vez se acentúa más por la explosión urbanística", indica Galadí. Pero las observaciones astronómicas no solo se ven afectadas por los alumbrados instalados cerca de los telescopios. "Esta contaminación se genera en un punto pero sus efectos llegan a cientos de kilómetros de distancia", añade Galadí, quien también es coordinador en Andalucía de Cel Fosc, asociación de lucha contra este tipo de polución: "A Calar Alto le afectan las luces de Almería (situada a 50 kilómetros), de Baza y de Macael".
El problema de los observatorios astronómicos fue el que hizo que empezara la preocupación por esta clase de contaminación. La primera norma en España para proteger las noches data de 1988, la denominada Ley del Cielo de Canarias. La aprobó el Congreso de los Diputados para intentar blindar el Observatorio del Roque de los Muchachos, en la isla de La Palma, uno de los puntos de referencia para la investigación astronómica internacional.
Pero el reto ahora es trascender el ámbito puramente científico y concienciar a toda la población sobre los problemas que acarrea esta contaminación, que rebasa lo que clásicamente se ha considerado conservación del medio ambiente.
El nuevo reglamento andaluz surge del desarrollo de la Ley de Gestión Integral de la Calidad Ambiental de Andalucía (Gica) y de la ley estatal 34/2007, cuya disposición adicional cuarta insta a todas las comunidades autónomas a prevenir y reducir este tipo de contaminación. Actualmente, no existe una directiva europea sobre esta forma de polución, por lo que el Gobierno central deja en manos de las Administraciones autonómicas la regulación del problema, señala el Ministerio de Medio Ambiente.
La primera comunidad que abordó este asunto fue Cataluña, que aprobó una ley en 2001 y la desarrolló a través de otro reglamento en 2005. La norma ha tenido algunos problemas en su tramitación pero, según la Generalitat, en los últimos años ha provocado que se dejen de emitir 28 millones de kilolúmenes por hora, lo que significa que se emite un 60% menos que en 2006. Este ahorro equivale a dejar de emitir a la atmósfera 85.000 toneladas de CO
2. Por su parte, los técnicos de la Consejería de Medio Ambiente de Andalucía que han elaborado el nuevo reglamento estiman que, gracias a esta norma, se dejarán de emitir 37.400 toneladas de dióxido de carbono al año.
El frente del derroche energético es el que han elegido algunas Administraciones para tratar de concienciar sobre este problema a la sociedad, mucho más sensible a otros tipos de contaminación urbana como, por ejemplo, los ruidos. "La contaminación lumínica es la más desconocida, en el caso de la acústica tenemos una mayor presión social", reconocen desde la dirección general de Cambio Climático y Medio Ambiente Urbano de la Junta de Andalucía: "Estamos iniciando el camino para que la sociedad pida que no se derroche".
"Con el alumbrado ocurre igual que cuando llegó el agua corriente a los pueblos y el alcalde colocaba una fuente de la que salía agua durante 24 horas como un signo de prosperidad", añade Galadí. "Ahora sería considerado una obscenidad". En opinión de este astrónomo, en España existe una "visión de nuevos ricos" respecto al alumbrado: "Cuantas más bombillas, más bonito nos parece todo".
Al margen del derroche energético, la contaminación lumínica afecta a los ciclos vitales y a los comportamientos de especies animales y vegetales con hábitos de vida nocturnos. Al ser humano también le provoca molestias como la fatiga visual, la ansiedad y alteraciones del sueño. Según explica Ángeles Rol de Lama, profesora de Fisiología y miembro del Laboratorio de Cronobiología de la Universidad de Murcia, la luz durante las noches también afecta a la glándula pineal, localizada en el cerebro y que desempeña un papel fundamental en el reloj biológico en los vertebrados.
Esta pequeña glándula produce y libera en el cuerpo humano la hormona melatonina, pero lo hace en mayor cantidad durante las noches y en momentos de oscuridad, según esta investigadora. La melatonina está considerada como un agente anticancerígeno que frena el inicio y progresión de algunos tumores. También es una molécula antioxidante que frena el envejecimiento de las células y la aparición de enfermedades degenerativas. En concreto, la contaminación lumínica provoca "un aumento del riesgo" en determinados tipos de cáncer como el de próstata, mama y colo-rectal. "Una investigación realizada en Israel con fotografías por satélite, combinadas con otros factores de riesgo, señala como las zonas con más incidencia de estos tipos de cáncer son las más iluminadas", añade Rol de Lama.
El problema con esta forma de polución no solo se genera por el elevado número de bombillas, sino también por la configuración de las luminarias. Muchas de las farolas de los municipios alumbran por igual las aceras y el cielo, algo absurdo. El nuevo reglamento andaluz, por ejemplo, da un plazo de tres años para eliminar las luminarias que emitan más de un 25% de luz sobre el plano horizontal. Según Fernando Ibáñez, presidente del Comité Español de Iluminación (CEI), el 63% de los sistemas de alumbrado que hay en España no cumplen con los rangos de eficiencia energética. "Estamos en el buen camino, pero queda mucho que hacer con las instalaciones antiguas", añade Ibáñez.
La contaminación lumínica se genera por la mala orientación de las luminarias y por los rangos espectrales que se utilizan de forma innecesaria. En la reglamentación andaluza, por ejemplo, está previsto que en dos años desaparezcan todas las lámparas que no sean monocromáticas en las zonas oscuras, denominadas en la legislación como E1. "Las luces naranjas son las menos agresivas (...) Las blancas son las peores, porque sus efectos llegan más lejos y generan más contaminación", explica Galadí. La norma andaluza también prohíbe el uso de láser y led que emitan por encima del plano horizontal o la utilización de aerostatos por las noches con fines publicitarios.
Las características técnicas que deben cumplir las instalaciones de alumbrado exterior son comunes para todo el país y están recogidas en el real decreto 1890/ 2008, que aborda la eficiencia energética en este tipo de iluminación. Sin embargo, las restricciones y reglamentos los deben elaborar las comunidades autónomas. Cataluña, Islas Baleares, Navarra, Cantabria y Andalucía son las pioneras en este asunto. Otras, como Castilla y León, Murcia o Valencia tienen más o menos avanzadas sus regulaciones.
Todas las normativas autonómicas parten de la zonificación en cuatro grandes áreas. Las más restrictivas son las zonas oscuras o E1, donde el uso de la iluminación artificial está muy restringido. En el caso andaluz se consideran áreas oscuras los espacios naturales protegidos. Los reglamentos también blindan determinados puntos de referencia. En el texto catalán el punto de referencia es el observatorio astronómico de Montsec. En el andaluz, los observatorios de Sierra Nevada y Calar Alto.
Luego, cada región concreta sus propias limitaciones. Por ejemplo, en Cataluña y Navarra se prohíbe la "iluminación permanente" de las pistas de esquí. En Andalucía, se intenta poner coto a la iluminación ornamental de monumentos durante el horario nocturno y el alumbrado de playas y costas, "a excepción de aquellas integradas física y funcionalmente en los núcleos de población". La Junta de Andalucía ha incluido en su reglamento excepciones que podrán establecer los Ayuntamientos, que son los que, al final, tienen que aplicar las restricciones a través de sus ordenanzas. Y en los municipios muchas veces no se dispone de técnicos especializados en este tipo de asuntos medioambientales ni de recursos. Aquí es donde suele fallar la aplicación de las normas sobre contaminación lumínica.
El Ayuntamiento de Tárrega (Lleida) fue de los primeros en aprobar una ordenanza de protección del cielo en 1998. Poco a poco, más corporaciones se han ido sumando a este tipo de iniciativas. En el caso andaluz, el nuevo reglamento obligará a los 771 municipios de la comunidad a aprobar una ordenanza de protección del cielo y así lograr que las noches sean más oscuras y se pueda contemplar algo más que el lucero del alba.

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