domingo, 20 de noviembre de 2011

Ilusión


Las definiciones clásicas dan cuenta de la ilusión como la percepción deformada de un objeto real. Algo hace que no podamos identificar aquello tal como lo que es (o como es visto por los demás). Esta alteración de los sentidos puede deberse a la falta de atención necesaria o suficiente, a alguna alteración afectiva que active nuestras fantasías o como consecuencia de un elevado nivel de expectación o expectativa (el deseo de ver, escuchar o sentir algo en particular).
Dejemos en claro que cuando hablamos de ilusión hacemos referencia a la percepción, ajustada o no, de un objeto real y concreto. Es campo de las alucinaciones ver, escuchar o sentir algo que no es o que no está realmente presente.
Esta última posibilidad, la de las expectativas, es la que nos abre la puerta a la inmediata asociación que solemos hacer de la ilusión en relación con la esperanza o el deseo que nos motiva a diario. ¿Quién no mantiene encendida la llama del optimismo y la esperanza con la ilusión de que algo bueno (o algo en especial) pueda ocurrir en cualquier momento?
Al parecer, el idioma español es el único que contempla la acepción positiva de la palabra de nuestro diccionario emocional de hoy; el resto de las lenguas circunscriben la ilusión a los fenómenos que puedan ser derivados de la percepción sensorial. Los diccionarios dan cuenta de que esta construcción simbólica de los seres con mentes y corazones ilusionados, data de los tiempos del romanticismo. Curiosamente, en algún momento la psicología consideró a las ilusiones como una esperanza que no tiene fundamentos; como un espejismo, un creer que era posible algo que no estaba a la altura de nuestras posibilidades. ¿Son, acaso, las ilusiones meras fantasías; o, tal vez, deseos desajustados, inapropiados o inalcanzables?
Así como si fuéramos magos o ilusionistas de nuestras emociones, solemos decir: "Tenía la ilusión de que llamarías", "Fue una ilusión la posibilidad de volver a verte", "Tengo la ilusión de que." ¿De qué? ¿Cuál es nuestra ilusión por estos tiempos? ¿En qué quedaron las ilusiones que alguna vez tuvimos? ¿Qué hicimos para que nuestras ilusiones tuvieran fundamento o se convirtieran en algo más que un deseo?
Comenzar a responder algunas de estas preguntas será como empezar a ensayar algunos primeros trucos de magia emocionales que, seguramente, nos permitirán regular la dimensión de nuestras metas, motivaciones y proyectos.
En tiempos de grandes ideales y exigencias, sin perder, ante todo, el optimismo, será mejor pensar en una suma de ilusiones próximas y concretas que seguir soñando con sacar conejos insatisfechos de la galera.
Así como con la felicidad, que cuando la entendemos como bienestar o florecimiento parece mucho más accesible, tener ilusiones a medida puede incrementar nuestros niveles de felicidad y de tantas otras fortalezas positivas necesarias para mejorar nuestra calidad de vida.
Por Eduardo Chaktoura-psicólogo y periodista
lanacion.com

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