domingo, 27 de noviembre de 2011

Mi socio, mi socia, mi amor


Por Sergio Sinay  
Primero hablemos de amor y luego de negocios. Cuando murió, en 1952, el poeta francés Paul Eluard (que se llamaba en realidad Eugène Grindel) dejó una vida intensa, rica en misterios, como el de una inexplicada desaparición de siete meses en 1924, y un compromiso político y existencial. Considerado uno de los más grandes líricos de la lengua francesa moderna, pilar del surrealismo y romántico de ley, además legó algunos de los más bellos poemas de amor que se puedan encontrar. En uno de ellos dice: "No es posible conocerme mejor/ de lo que tú me conoces."
Dos personas que unen amorosamente sus caminos pueden honrar las palabras de Eluard convirtiéndose una en maestra de la otra en el arte de amarse. Si cada uno enseña al otro (a través de palabras y actos) cómo necesita ser amado, se convertirán mutuamente en sus más consumados amantes. Este emprendimiento mutuo y simultáneo no es teórico. Se verifica en el día a día de la convivencia y de la relación. Cuantas más áreas significativas de la vida se compartan, más son las posibilidades de profundizar en el vínculo, de enriquecerlo y de darle trascendencia. El amor no es una abstracción. Es lo que dos personas construyen a través de acciones amorosas, es decir, a través de actos en los cuales el sentimiento y la energía que los liga se concreta en hechos.
El amor, por lo tanto, necesita oportunidades cotidianas para manifestarse, para hacerse palpable. No es un traje para guardar y lucir sólo en ocasiones extraordinarias, no es una joya para exhibir en momentos culminantes, no son palabras que se declaman en situaciones extremas. No es simple enamoramiento, esa emoción intensa y concentrada, hecha de idealización y desconocimiento del otro, sino un árbol de raíces profundas, que arraigan en el conocimiento mutuo, forjado en el tiempo y las experiencias compartidas.
Competir o cooperar
Cuando el amor discurre de ese modo, algunos de los mitos y creencias que lo rodean pierden su consistencia. Uno de ellos dice que no hay que trabajar juntos, porque eso alienta la competencia y el resentimiento, aumenta la rutina y crea riesgo de aburrimiento. Pero si regresamos a Eluard y sus palabras son ciertas, ¿quién podría ser nuestro mejor socio en un emprendimiento profesional, laboral o comercial que aquella persona que nos conoce mejor que nadie?
Una pareja puede ser campo de cooperación o campo de confrontación. De competencia o de colaboración. Esto no depende de la suerte, sino de las bases sobre la que se construye. Como bien dice el doctor Aaron T. Beck (padre de la terapia cognitiva y autor de Con el amor no basta), después del enamoramiento inicial y a medida que se calman las pasiones (y se consolida el amor, podríamos agregar), la dedicación al bienestar y la felicidad aparecen como la energía esencial de la pareja. Esto se manifiesta en las funciones matrimoniales y, cuando llegan hijos, en las parentales. Una pareja puede manifestar su fecundidad a través de los hijos, pero no necesariamente tiene que ser esa una vía única y excluyente. La fecundidad, la creatividad y la trascendencia de un matrimonio pueden expresarse también de otras maneras y por otros caminos.
Cuando el compromiso existencial que los une es sólido y está fundamentado en conductas y acciones, es posible multiplicar los rostros de la fertilidad. Y si no hay bases sólidas, no será el hecho de emprender juntos un negocio o un proyecto profesional el que los hará tambalear. En todo caso allí se pondrán en juego las debilidades que la pareja tiene emboscadas y que quizá se disimulan mientras son pocos y superficiales los espacios que comparten, o cuando los roles paterno y materno encubren la ausencia de otros proyectos o sueños compartidos.
Por suerte, dice Beck, hemos nacido no sólo con la tendencia al egocentrismo, sino también con capacidad para la cooperación y el sacrificio. La gratificación que resulta del sentido de unidad es una gran fuerza en los asuntos humanos, se trate de una organización compuesta por dos personas, como el matrimonio, o de muchas, como en el equipo de un club. Al abordar un emprendimiento conjunto muchas parejas se encuentran con la oportunidad de complementar capacidades diversas y tienen un campo real y concreto en el cual aprender a dirimir diferencias. La cooperación en situaciones específicas, que requieren madurez en los razonamientos y en las decisiones, marca, como señala Beck, una clara diferencia con las circunstancias del romántico enamoramiento. Si la relación ha madurado a lo largo de sus vivencias compartidas, habrá intereses y metas que pueden divergir, pero esto no impedirá que se pueda negociar o dejar de lado intereses propios para pensar en función del equipo.
Sobre metas y metodos
De hecho, una pareja es una sociedad que en lugar de fundarse sobre bases comerciales o económicas, se constituye sobre fundamentos afectivos y emocionales. Al menos en la teoría. La práctica depende de los protagonistas. Son siempre ellos quienes decidirán para qué están juntos y cómo habrán de consolidar ese propósito.
La pregunta para qué es fundamental y orientadora. Apunta a una ruta para seguir, opera como un GPS afectivo. Si dos personas que emprenderán un viaje juntas tienen en mente destinos distintos (uno quiere ir al mar y el otro a la montaña, por ejemplo) tendrán dificultades tanto para iniciar la travesía como para continuarla. Si una de ellas resigna sus razones para no perder el viaje, y esas razones eran de peso, será inevitable un fondo de resentimiento, de malestar con el otro o consigo. Si el que impuso su propuesta lo hizo a través de manipulación o coacción, también quedará un rescoldo tóxico en la atmósfera del viaje. Esto no significa que no puedan viajar juntos a uno de los destinos propuestos. Pero llegar a esa conclusión debería ser algo más que el producto de una imposición, de una resignación o de un temor a estar solo. En ninguno de estos tres casos habría un para qué compartido.
En la lista de los para qué funcionales se pueden incluir cuestiones como: para aprender, para desarrollar mis potencialidades al lado de alguien en quien confío y que confía en mí, para experimentar el amor en la convivencia, para trascender, para compartir y multiplicar los momentos felices y para conllevar y hacer menos dolorosos los tránsitos tristes, para abordar experiencias de aprendizaje, para caminar junto a alguien con quien comparto valores y para dar sustento a esos valores. Cada persona, cada pareja, puede explorar sus propios motivos hasta comprobar cuáles son compartidos. Estos permitirán encontrar un cómo, es decir, una instrumentación, una forma de hacer y de vivir en el día a día que los oriente en la marcha común hacia el para qué. Establecido el para qué, puede haber diferencias, negociaciones y largas conversaciones para dar con el cómo. Puede haber desacuerdos, estos son parte de la vida, pero se resuelven cuando hay un para qué.
Más que negocios
Que una pareja trabaje junta, que desarrolle sociedades, emprendimientos laborales o profesionales, puede significar que haya encontrado en ellos un cómo que les permite reafirmar su para qué. Sólo hacer negocios, enriquecer cuentas bancarias, competir exitosamente en mercados, no es la razón de existir de una pareja afectiva. Si así fuera, se habría convertido en una simple unidad de negocios en la vida de sus componentes y dependerían de esto para seguir juntos o no (como suele ocurrir con quienes son naturalmente socios empresariales, comerciales o profesionales).
Pero si una pareja es una sociedad para la vida y en el propósito común que orienta su existencia se cuenta la necesidad de crear, de mejorar el mundo en que se vive, de aportar a la comunidad de la que se forma parte, desarrollar aspectos valiosos de cada uno, aportar valores éticos al quehacer económico y, en fin, explorar junto con el otro en actividades compartidas el sentido de la propia vida, la perspectiva cambia y se enriquece. La empresa comercial, laboral o profesional compartida es una herramienta de un proyecto existencial mayor. Podrá convertirse en un espacio de crecimiento, de mutuo conocimiento, de intercambio emocional. Podrá ser un campo en el cual fortificar la confianza, la interdependencia, la mutua admiración (todos ingredientes del amor). Y se les abrirá, al mismo tiempo, un gran desafío. El de aprender en dónde y cuándo terminan lo empresarial y lo laboral y desde dónde se extiende el campo de la vida amorosa compartida. Una buena construcción amorosa puede cobijar, entre otros aspectos, al proyecto comercial. Pero éste no puede reemplazar al cimiento afectivo ni disfrazarse de él.
Compartir espacios laborales desgasta al amor, dice un extendido prejuicio. También se puede afirmar lo contrario. En todo caso se trata de demostrar lo que se afirma. Cuando existe confianza, lealtad, propósito, respeto, cuidado y amor, no habrá desgaste. Cuando el tiempo y los espacios que se comparten son rutinas huecas, simplemente se confirmará lo que probablemente ya se sospechaba o intuía: que el vacío era previo a la rutina o al mucho tiempo compartido. En verdad, las rutinas son rituales, rutas (de allí viene la palabra) que nos indican destinos. Cuando los vínculos se alimentan de actitudes, de gestos, de hechos, las rutinas los consolidan, se convierten en pequeñas celebraciones cotidianas, alimentan y anticipan la intimidad. Cuando no es así, reemplazan al diálogo, a la comunicación, a la intimidad. En principio se trata de que los negocios no separen lo que el amor ha unido.
Trabajar juntos, compartir la responsabilidad de un emprendimiento, embarcarse en un proyecto económico puede dar lugar al establecimiento de nutrientes rutinas, puede abrir nuevos espacios de contacto y conocimiento en la pareja. Podría reformularse entonces el viejo refrán y decir: dime cómo trabajan juntos y te diré cómo se aman.
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