miércoles, 30 de marzo de 2011

Las ventajas de ser un megalómano


NUEVA YORK.- Hay algo que siempre me intrigó acerca del coronel Muammar Khadafy: ¿cómo es que un tipo que vive tan alejado de la realidad logró mantenerse en el poder durante 42 años?
Pronuncia discursos erráticos y descabellados en lugares como las Naciones Unidas; su cabeza es un remolino de dislates conspirativos y oscuras obsesiones -como su propuesta de que Suiza deje de existir o su idea de que fue la inteligencia israelí la verdadera culpable del asesinato de John F. Kennedy- y en sus visitas oficiales a países extranjeros hace su aparición vestido, por lo menos, de manera extraña, con una manifiesta preferencia por el exceso de maquillaje y el gel para el cabello, y una vez hasta se pinchó una foto sobre el pecho. Cuenta con un cuerpo de guardaespaldas exclusivamente femenino. En 2008, anunció que, como parte de una reforma total de gobierno, iba a abolir todos los ministerios, excepto un par de ellos.
Ese no es el comportamiento frío y calculador de un maquiavélico. Pero, no obstante, Khadafy tampoco puede ser desestimado como un ridículo lunático: mantuvo el dominio en una región despiadada del mundo y hasta es posible que sobreviva al caótico intento actual por derrocarlo.
Su megalomanía -el rasgo que lo definió toda su vida- parece darle cierta ventaja. Fue expulsado de la escuela por intentar organizar una huelga estudiantil. Comenzó a planear ya en la universidad el golpe de Estado para tomar el control del país. Se comparó sistemáticamente con Jesús y el profeta Mahoma. Y asegura que el Libro Verde, su libro de enseñanzas, es "el nuevo Evangelio".
El libro, de lectura obligatoria, está plagado de ideas disparatadas y verdades de Perogrullo. Aparentemente, Khadafy lo escribió con la convicción de haber descubierto la respuesta integral a los problemas humanos, lo que él llama la "tercera teoría universal". En uno de los pasajes, característico por su absolutismo, Khadafy dice: "La verdadera democracia no tiene más que un solo método y una sola teoría".
A lo largo del texto, Khadafy regala observaciones banales, propias de quien cree haber inventado la pólvora. Revela, por ejemplo, que las mujeres menstrúan y los hombres no. Se explaya sobre doctrinas que plantean una contradicción flagrante con su propio accionar: "La educación obligatoria es una educación coercitiva que suprime la libertad. La imposición de cualquier contenido de enseñanza específico es un acto dictatorial".
Khadafy parece ser una de esas personas que se creen dueñas absolutas de la verdad, que quieren imponerle sus ideas a todo el mundo y ejercer un dominio absoluto sobre los otros, a la manera de un Superman histórico y mundial.
Y así es como ha gobernado a su país. De acuerdo con los datos del Indice de Libertad de Prensa, es el país con más censura de todo Medio Oriente y norte de Africa, lo que no es poco decir. Los expertos estiman que entre el 10 y el 20 por ciento de la población funcionan como informantes de las fuerzas de seguridad del gobierno. Para eliminar la influencia externa, en determinado momento Khadafy eliminó la enseñanza de los idiomas extranjeros en las escuelas, así como los carteles callejeros escritos en alfabeto latino. Ya antes había expulsado a la comunidad italiana, a cuyos integrantes obligó a exhumar los cuerpos de los italianos de sus tumbas en territorio libio y a llevárselos a su país.
A lo largo de las décadas, Khadafy intentó cambiar el mundo a su propia y grandiosa imagen y semejanza. Trató de extender su imperio con la fusión de Libia y Sudán. Quiso crear una Federación de Repúblicas Arabes con Egipto y Siria. Buscó la creación de la Legión Arabe. Se llamó a sí mismo rey de reyes, imán de todos los musulmanes, y en 2009 aspiró a la creación de los Estados Unidos de Africa. Fundó academias de dictadura; entrenó a algunos de los más crueles autócratas del mundo y, por supuesto, apoyó a movimientos terroristas desde Australia hasta Irlanda, pasando por Alemania y varios lugares más.
Y, sin embargo, esa naturaleza megalómana parece ser, al mismo tiempo, el secreto de su longevidad y de su desquiciada idiosincrasia. Lo más paradójico es que si uno es dictador y quiere permanecer en el poder, conviene más ser un narcisista totalitario que un autócrata común y corriente.
Lo que buscan los megalómanos como Khadafy es controlar hasta la última neurona de la mente de sus súbditos y controlar todos y cada uno de los aspectos de su vida. Se ocupan de destruir toda autoridad externa y sociedad civil. Personalizan a las instituciones, para que el ejército, por ejemplo, exista para servirse a sí mismo, y no a la nación.
No los acosa la duda ni les preocupa la buena o mala opinión de los demás, pues ya se sienten poseedores de la verdad absoluta. Sólo los mueve su deseo de cumplir con su misión histórica mundial y la idea de retirarse pacíficamente a alguna villa veraniega no los motiva para nada.
Tenía razón Jeane Kirkpatrick, cuando hace unos años hizo la distinción entre dictaduras autoritarias y dictaduras totalitarias: estas últimas son al mismo tiempo más nocivas y más difíciles de desarticular. El dislate narcisista y desquiciado de Khadafy parece ser la clave de su supervivencia en el poder. Así que recuerden: para ser un tirano, mejor ser un chiflado. Es más seguro.
Traducción de Jaime Arrambide
lanacion.com