jueves, 24 de marzo de 2011

Día Mundial de la Tuberculosis: la gracia en la tos olvidada



George Sand solía decir de Frédéric Chopin que este tosía con una gracia infinita. Y es que en la Europa romántica del siglo XIX, el imaginario colectivo hacía de la tuberculosis (TB) una enfermedad de prestigio, asociada a la creatividad de los círculos intelectuales. Pero las percepciones y los estándares comunes cambian rápidamente y, como fuere, de la mano del progreso económico y de la nueva estratificación social que acompañó a Europa durante el siglo XX, la TB se instaló con cierta exclusividad en las clases más populares. La mitificación romántica dio paso a la estigmatización severa que, ya en los años 1970, condujo a la TB a permanecer en el olvido, identificada como un problema alejado temporal y geográficamente, aparentemente fuera de la cotidianidad del mundo occidental.
Así, con el objetivo de aumentar el perfil, la sensibilidad alrededor de esta enfermedad, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó en 1982, con motivo del 100º aniversario del descubrimiento de la bacteria Mycobacterium tuberculosis por el científico alemán Robert Koch, la instauración del 24 de marzo como Día Mundial de la Tuberculosis.
La realidad, sin embargo, es que a pesar de los esfuerzos de las Naciones Unidas, junto a instituciones públicas y privadas de todo el mundo, la TB no solo sigue siendo una enfermedad olvidada sino que, lejos de erradicarse, todavía en nuestros días representa una verdadera amenaza para la salud y el desarrollo de la Humanidad. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la TB provoca la muerte de 1,7 millones de personas anualmente y representa, después del VIH/sida, la segunda causa de muerte por enfermedad infecciosa en todo el mundo. No obstante, al tratarse de una enfermedad que se transmite a través del aire, como el resfriado común, el potencial pandémico de la TB es muy elevado: una persona con TB activa puede infectar a un promedio de entre 10 y 15 personas cada año.
Asimismo, la OMS indica que de los aproximadamente 2.300 millones de personas (¡un tercio de la población mundial!) infectadas por M. tuberculosis o bacilo de Koch, un 5-10% desarrollará TB. Esta proporción, sin embargo, resulta muy superior en situaciones determinadas. Y es que el desarrollo de la propia enfermedad (el paso de TB latente a TB activa) se produce cuando el sistema inmunológico se deprime, cuando bajan las defensas del organismo a causa de factores como la coinfección por el VIH/sida, la malnutrición o las malas condiciones de vida ligadas a contextos de pobreza. En efecto, la combinación de la TB con el VIH/sida y la pobreza resulta letal: la TB es la primera causa de muerte de las personas infectadas por VIH y su impacto se concentra sobremanera en países de rentas bajas o muy bajas. El África Subsahariana, por ejemplo, sufre una incidencia por TB de 350 casos por cada 100.000 habitantes, proporción dos veces superior que en el Sudeste asiático (segunda región con mayor incidencia) y ocho veces superior que en Europa.
Como en tantas crisis humanitarias, el inmovilismo y la laxitud de las autoridades públicas de todo el mundo explican la extensión de la pandemia de TB. Prueba de ello, por inquietante en nuestra era de esplendor tecnológico, es la inexistencia de herramientas de salud efectivas para diagnosticar, prevenir y tratar la TB: el método más corriente para diagnosticar la enfermedad, el análisis de esputos mediante microscopio, fue descubierto a finales del siglo XIX y no detecta la mitad de los casos de infección, especialmente en personas coinfectadas por el VIH/sida; la vacuna utilizada para prevenir la TB, la BCG, que fue descubierta en 1921, ofrece alguna protección contra la enfermedad en niños y niñas, pero resulta inefectiva para prevenir la TB pulmonar en adolescentes y adultos, donde se concentra la mayor tasa de infección por TB en todo el mundo; el régimen terapéutico que aún se utiliza para tratar la enfermedad tiene más de 40 años, debe administrarse en un periodo de entre 6 y 24 meses, se basa en una combinación de cuatro fármacos y dificulta la adherencia del paciente facilitando la expansión de cepas resistentes a los fármacos como la MDR y la XDR (TB multirresistente a los fármacos y TB extremadamente resistente). En definitiva, por tratarse de una enfermedad de la pobreza, las inversiones en investigación y desarrollo de nuevas herramientas para la TB han permanecido (y permanecen) rezagadas: se estima que de los 2.000 millones de dólares anuales necesarios para alcanzar las metas en investigación y desarrollo de la Estrategia Alto a la TB de la OMS (desarrollar nuevos métodos diagnósticos, preventivos y terapéuticos efectivos, asequibles y accesibles para todas las personas que los necesiten), en 2008 solo se alcanzaron 510 millones de dólares globalmente.
Y aunque sorprendente, el Gobierno de España no participa en los esfuerzos globales para promover el desarrollo de nuevas herramientas de salud cruciales contra la TB. Sorprende porque, por un lado, España es un país muy activo en la lucha contra la pobreza y uno de los principales donantes de ayuda oficial para el desarrollo, que sí financia la investigación en otras pandemias de la pobreza como el VIH/sida o la malaria y, por el otro, porque la situación epidemiológica de la TB en nuestro país es más que inquietante y una eventual mejora de los productos de salud para diagnosticar, prevenir y tratar la enfermedad contribuiría positivamente a revertir su impacto doméstico.
Porque, si bien el impacto de la TB es más pronunciado en regiones en vías de desarrollo, países industrialmente avanzados como España no escapan de esta dinámica. La eclosión del VIH/sida en los años 90, el aumento de los contextos de pobreza en grandes ciudades (el llamado cuarto mundo) o el incremento de los flujos migratorios explican que España sea el segundo país de la UE por casos absolutos de TB, solo por detrás de Rumania. Según la OMS, la TB tiene una incidencia en España de 28 casos por 100.000 habitantes o 12.000 nuevas infecciones cada año. A pesar de este contexto y de las múltiples peticiones de profesionales de la salud y del Congreso de los Diputados todavía no está operativo, y van cuatro años desde su aprobación, el Plan Nacional para la Prevención y el Control de la TB.
Por todo ello, y ante la previsibilidad de que la crisis financiera internacional afecte dramáticamente a la epidemiología de esta vieja enfermedad, es oportuno reivindicar, con motivo del Día Mundial de la Tuberculosis, una mayor y más activa implicación española hacia los esfuerzos globales para detener la TB. Es necesario fortalecer las políticas públicas de ámbito doméstico e internacional con medidas como la implementación del Plan para la Prevención y el Control de la TB en España y el apoyo financiero a la investigación y desarrollo de nuevas herramientas de salud efectivas para todas aquellas personas que las necesiten. Porque, a un año para acabar la legislatura, el Gobierno de España tiene una oportunidad inmejorable para incrementar la calidad de vida de los y las españolas, exportar su pericia en el campo de la salud pública, ejercer liderazgo internacional y, en definitiva, contribuir de forma estratégica a la erradicación mundial de la TB. Porque en nuestros días es momento de acabar con la estigmatización y sacar, de una vez por todas, la TB del olvido. El mundo pide a gritos vivir sin TB, dar las gracias por el fin de la tos olvidada.
Gaspar Llamazares es presidente de la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados; James E. Connolly, director ejecutivo de la Fundación Mundial Aeras para las Vacunas de la Tuberculosis; y Joan Caylà, jefe de la Unidad de Epidemiología de la Agencia de Salud Pública de Barcelona.
elpais.com