sábado, 26 de marzo de 2011

Aprendemos de Japón costumbres y palabras

Sirva este post como mi humilde homenaje a Japón y a l@s español@s que han tenido la desgracia de estar allí, especialmente a mi admirada Elena Gallego, con quien comparto estas reflexiones sobre un país tan singular, como sus gentes, su cultura, sus paisajes o sus costumbres.
Desde hace años mis intereses científicos se han cruzado con Japón. Mi primer trabajo lo dediqué al Sepuku (o harakiri). Más tarde investigamos el
Hikikomori.
Por eso, cuando hace días contemplaba el tsunami no pude evitar pensar que quizá habría sorprendido a algunos de esos jóvenes encerrados en sus casas. Y también, cuando hace unos días me comunicaron la publicación de nuestro último estudio sobre el 'Cosplay', pensé que aunque pudiera parecer frívolo hablar de ello en medio de la tragedia, también podría ser una buena manera de comprender su, para muchos de nosotros, extrañísima manera de afrontar las adversidades.

Y es que, la patria del sosiego, la calma y la serenidad, también lo es de la emoción desmesurada. Desde cómo viven a cómo mueren, desde cómo visten a cómo aman, todo es en ellos sorprendente y extremado. Como los terremotos o las catástrofes atómicas. Y sin embargo logran adaptarse, sobreponerse, renacer. Desde el gélido invierno renace la vida de sus cerezos en flor.
Tal vez por eso, cuando el tempo de su vida cotidiana se relaja en la opulencia, suceden cosas incomprensibles para nosotros, como el sepuku, el hikikomori, o el kosupure o 'Cosplay'.
En efecto, cuando en los años 80 publicamos varios trabajos sobre el llamado 'Dresing Disorder' o Trastorno de Adquisición y Uso Anormal del Atuendo en jóvenes españoles, no podíamos ni imaginar lo que años después ocurriría entre las tribus urbanas de las grandes urbes de Japón.
La palabra 'Cosplay', del inglés 'Costume role play', se usa para denominar a jóvenes japoneses que tratan de interpretar un papel a través de su indumentaria, para lo cual se disfrazan como sus personajes favoritos de manga, anime, películas, libros, cómic, videojuegos o cantantes.
Este fenómeno surgió en los años 70 en las Ferias de Cómic que se celebran en Odaiba, Tokio. El fenómeno ha ido en aumento, y hoy es común ver a gente disfrazada por la calle, o participando en concursos nacionales o internacionales, como el Word Cosplay Summit en Japón, o el Yamato Cosplay Cup en Brasil.

Los 'Cosplay' se denominan a sí mismos 'reiya', y tienen a gala hacerse su propio traje, planeando minuciosamente los materiales, telas, peinados, maquillajes, accesorios... Estudian incluso la constitución física y gestos de sus personajes para conseguir parecerse a ellos lo más posible, y pueden emplear ingentes cantidades de tiempo, esfuerzo o dinero en ello. En Tokio, los distritos de Harajuku  y Akihabara  son los paraísos de los 'Cosplay'. El fenómeno se ha extendido ya por Occidente, con características propias de cada país. Hay infinidad de variantes, por ejemplo el crossplay, que consiste en disfrazarse de un personaje del sexo contrario; el kigurumi, que consiste en vestirse de ositos de peluche, animales o muñequitos; el lolicon, abreviatura de “complejo de Lolita” de acuerdo con el personaje de Nabokov; etc.

Pero anécdotas aparte, lo interesante es que en la cultura japonesa reciente están apareciendo modelos de comportamiento de los jóvenes, en este caso relacionados con el modo de vestirse, que enseguida generan olas de imitación en otros países. En nuestro estudio hemos analizado sus orígenes, causas, condicionantes y consecuencias sociales e individuales para la sociedad japonesa, pero lo que de verdad nos preocupa, como observadores del comportamiento humano, es si tales conductas son simples variantes peculiares o desmesuradas de la normalidad, o si por su grado de divergencia, extrañeza,  compulsividad o adictividad debemos considerarlas patológicas.
Eso lo dejamos a su criterio, aunque seguro que si un día aparece por su casa un hij@ disfrazad@ de algo con un hombre japonés rarísimo, sus padres van a dudar si llevarle o no al psiquiatra.

En fin, son esas cosas raras que tienen los japoneses, que ojala fuera lo peor que pudiera ocurrirles.
elmundo.es