lunes, 14 de marzo de 2011

Ese deporte llamado hablar mal de otros



No hay reunión social que no incluya como actividad espontánea hablar mal de otros. A veces a viva voz, otras veces en un pasillo, a veces de gente lejana que vemos por la tele, otras veces de familiares, colegas, amigos. La cosa no es de quién ni por qué: la cosa es hablar. Describir lo mal que trabajan, los hábitos espantosos que tienen, la forma errada de criar a sus hijos, los defectos de carácter que nos perturban o nos irritan cotidianamente.
La primera excusa para hacerlo es que es divertido, que es un entretenimiento banal. Y hay algo de cierto: los chistes más divertidos e incorrectos, en general son ofensivos. Pero la mayoría de las veces a este deporte de crítica superficial se le suma algo de bronca y resentimiento. ¿Por qué nos importa que una actriz sea mala, por ejemplo, para dedicar una velada entera a hablar de sus gestos, de su interpretación mediocre, del tono que usa en sus escenas? ¿Es divertido? ¿Nos hace sentir diferentes y superiores que todos sepan que notamos su ineptitud, que no somos parte de quienes siguen ese fraude? ¿Nos da envidia que tenga fama, dinero, reconocimiento que sospechamos no merece? ¿Sentimos que al hablar mal impartimos una justicia suplementaria y paliativa que nivela su suerte? Porque hablar mal es divertido, sí, pero no es gratuito. Nadie hace un deporte sin que le reditúe algún beneficio o lo haga sentir bien. ¿En qué nos beneficia, entonces, hablar mal de otra persona? ¿Por qué empleamos tiempo y energía en criticar gente que no conocemos ni nos conoce?
Las razones son variadas, pero similares. Hablamos mal de otros para sumar adeptos a nuestro club (queremos que otros los odien tanto como nosotros), para marcar una diferencia (ellas son malas madres, yo no; ellos son estúpidos, no yo), para desarrollar complicidad (si yo odio a fulano, y ellos también, quizás yo les caiga mejor) y para destacarnos (miren lo malos, lo tontos, lo feos que son los otros: lo diferentes a mí que son). Después de todo, criticar es evaluar y estar en desacuerdo. Se critica a otro porque hace las cosas diferentes a como uno las haría, y sin querer uno asciende a un lugar superior: el de "otro" que ve de afuera, entiende qué está fallando y da un veredicto. En síntesis, hablamos mal de otros para sentirnos mejor con nosotros mismos. Porque cuando descubrimos que el otro es mal actor, nos sentimos mejor con nuestro trabajo. Porque cuando otras son madres terribles nuestros errores cotidianos son menos trascendentes. Porque es una forma de devolverle a un jefe, a un amigo, a un vecino, o repito, a un actor de televisión, todo lo mal que nos hace sentir cuando no nos da lo que nosotros creemos merecer.
Si el amor por algunas cosas nos hermana (nos gustan las mismas cosas, seguimos la misma música, tenemos los mismos planes) quizás también nos acerque el odio. Aunque no sea más que un deporte; un deporte banal, frívolo y divertido, que disimula nuestros defectos y deja bien en claro que los que hacen todo mal siempre son los otros, los diferentes.
Por Carolina Aguirre
lanacion.com