domingo, 13 de marzo de 2011

La sacrificada (e insoportable) existencia del esnob



Marcelo Moreno
El (o ella) es distinto. Eso es lo que lo distingue. Y eso es lo que nos remacha hasta el agotamiento (nuestro) y el hartazgo (también, y supremo). Es el esnob, aquel que mediante homéricos esfuerzos y un desmesurado (e inútil) trabajo, ha logrado construir de sí mismo otro, que nos quiere persuadir que es el auténtico. Eso, cuando justamente lo auténtico, lo verdadero, lo natural y espontáneo de ser es lo que el esnob ha renegado al punto de haberlo enterrado en el último rincón del olvido.
Para el esnob, la afectación es la norma y todo reflejo instintivo, un enemigo en potencia.
Seguramente en la lista de imbancables pica entre los primeros por el ruido ambiente que suele generar su estrepitosa personalidad. Pero también estamos los que casi nos divierte o nos apena contemplar el patético denuedo que despliegan en sostener la construcción artificial que han hecho de sí mismos.
Nada en ellos (o casi) responde a lo innato: los gestos, la manera de hablar, la mirada, el tono de voz, el atuendo. También, las opiniones y hasta los pensamientos. Todo ha sido estudiado y edificado con paciencia de orfebre. Y la espontaneidad ha sido arrancada de raíz, como se despeja un mal sueño.
Y desde luego, el objetivo supremo que se imponen es el de destacar esa obra que son ellos mismos. Se desesperan por mostrarse y sobresalir. Es cierto que producen un batifondo molesto en ese empeño. Pero también es cierto que no pueden parar: exhibir la manufactura resultante de sus esfuerzos compone, casi, el sentido de sus vidas.
Ellos quieren evidenciarle al mundo lo originales, elegantes, inteligentes, perspicaces, agudos que son. Y todo lo informados que están, todo lo que saben sobre todo lo que imaginan importante.
Y su carácter de distintos la exhiben desde la indumentaria, notabilísima señal que hace a su diferencia. He conocido esnobs que usaban sólo ropas blancas. Otros, sólo el negro. Recuerdo a una mujer que vestía de naranja y a un millonario que siempre andaba de zapatillas y jean, hasta en invierno. Lo de siempre no es casual porque ellos lo saben: la insistencia acentúa el rasgo.
Otros, que usaban sombreros en épocas en que ya nadie lo hacía. Y hasta el colmo de utilizar bastón sin necesitarlo.
Muchos se equivocan al confundirlos con súbditos de la moda: la detestan, porque los obligaría a integrar un conjunto que sigue una tendencia cuando justamente pretenden lo contrario, pavonear una individualidad sin mácula social.
Y en todo caso, lo que aceptan, gustosos, son imitadores: ellos quieren imponer la moda. Desde otro punto de vista, lo que viven (y muy mal) es casi una tragedia vecina al homicidio: aplastaron lo que fueron hasta que no quedara vestigio, en pos de un supuesto brillo personal que se afanan en pulir sin prisa y sin causa, con esfuerzo sostenido y tremendo.
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