sábado, 18 de abril de 2009

Testimonios de una vejez plena


Nacieron antes de que se realizara el primer trasplante de órganos. Tuvieron una infancia sin televisión, y jugaban con las muñecas de trapo y los carritos de rulemanes, en vez de con las Barbies y los autitos a control remoto. En su juventud vieron surgir los primeros videocasetes y escuchaban a Elvis Presley. Ya eran adultos cuando el hombre pisó la Luna y Mirtha Legrand empezaba a almorzar con las estrellas. Hoy, ya entrados en la tercera edad, han aprendido a convivir con nuevas innovaciones como Internet y los teléfonos celulares, y no pierden la capacidad de seguir sorprendiéndose.
Sus cuerpos arrugados delatan el paso del tiempo y su memoria se torna cada vez más borrosa, pero ellos lo toman con naturalidad. Han llegado a una etapa en la que disponen de mucho tiempo libre y están dispuestos a aprovecharlo. Cuando se habla de una cuarta edad, ellos son personas que rondan los 80 años, que se esfuerzan por cambiarle la connotación negativa a la palabra viejo, y demostrar que se puede tener una ancianidad plena y feliz.
"Vivimos en una cultura que nos está mandando mensajes desde los medios de comunicación, el ámbito laboral, las publicidades e incluso la propia escuela, de que los viejos son inútiles y lentos; en una sociedad que hace culto de la rapidez, el movimiento y la dinámica", sostiene Liliana Gastrón, directora del Doctorado en Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Nacional de Luján.
Independientemente de su condición social, o de cuán gastadas estén las suelas de sus zapatos, cada persona encierra un recorrido vital fascinante. En el caso de los adultos mayores, la acumulación de años ayuda a generar un baúl de experiencias invalorables, que pueden ser aprovechadas por toda la sociedad.
En el caso de Orfelina Sandoval, sus 83 años de idas y venidas, de subidas y bajadas, sólo contribuyeron a estimular su espíritu intrépido. Da clases de telar mapuche, participa de numerosos cursos, se ocupa de mantener y refaccionar su casa, y hasta sale a caminar para no perder el ritmo.
A pesar de tener dos fechas de cumpleaños, se da el lujo de no festejar ninguno, porque para ella "el tiempo no pasa". Nació el 10 de abril de 1926 en Comayo, provincia de Río Negro, pero su papá la anotó recién el 20 de julio. Hace 16 que vive en el barrio Eva Perón, en Bariloche, y las horas del día no le alcanzan para cumplir con todas sus actividades. "Me levanto a las 6 para que el día me rinda. Tejo un rato en casa y después voy a participar de las actividades de la Fundación Gente Nueva", cuenta esta mujer vivaz, de sonrisa franca y espalda encorvada. Allí, desde hace años, enseña telar mapuche y participa como aprendiz de los talleres de telar tapiz, telar de mesa, bastidores varios y porcelana fría.
A pesar de su edad, no abandona su coquetería y sus ganas de verse bien. "Adonde voy me dicen que soy muy pituca porque me gusta arreglarme bien, ponerme polleras, y pintarme los labios y las uñas", cuenta con tono pícaro y la sensación de que todavía tiene mucho camino por recorrer.
Como nunca había tenido la oportunidad de ir a la escuela no se quedó con las ganas, y decidió empezar a estudiar de grande. "Como no sabía sacar las cuentas me embrollaban. Como tampoco sabía firmar, me daba vergüenza", dice esta madre, abuela y bisabuela. Para poder cumplir con su sueño de terminar la primaria caminó 5 kilómetros durante varios años a otro barrio cercano, donde estudiaba. Hoy siente que tiene más herramientas para desenvolverse en su vida cotidiana y eso le da satisfacción.
Está jubilada, y cobra 1000 pesos por mes, pero sostiene que se las arregla porque gasta poco y hace mucho. Vive sola y eso la obliga a ocuparse de su casa. Hace poco la forró con machimbre, puso los pisos y sacó los escombros. "Soy carpintera y lo único que me falta es ser albañil. Lo que no puedo es cargar peso, porque un día me puse a acarrear bloques y me lastimé la columna", dice.
Orfelina forma parte del colectivo de 3.587.620 personas de más de 65 años, según cifras del Censo 2001, que la sociedad se encapricha en llamar abuelitos y mirar de costado.
"Los viejos son la única población que proporcionalmente crece en las sociedades actuales, con una expectativa de vida que quieren llevar a los 120 años, y sin embargo existe una representación social deficitaria con respecto a la carga que significa una larga vejez. Durante más de la mitad de la vida humana vamos a ser viejos y la pregunta que surge es ¿cuál es el sentido de vivir más si no es en plenitud?", dice Julieta Oddone, magister en Gerontología de la Universidad de Córdoba, miembro del Conicet e investigadora de la Universidad de Buenos Aires.
El censo indica que de esta población, el 70,5% es jubilada o pensionada, el 81,3% tiene obra social o un plan médico, y que la gran mayoría vive con su pareja o algún familiar. "En promedio, son más las personas mayores que se encuentran en una mejor situación de vida, porque ahora existen tratamientos que antes no existían, porque la formación de los médicos es mejor y porque los servicios de salud son más adecuados", explica Alexandre Kalache, embajador para el envejecimiento mundial de HelpAgeInternational.

Mirar al cielo
Beatriz Pérez Alzúa está orgullosa de ser patagónica y de sus 80 años. Pasó la mayor parte de su vida en un campo en Cholila y hace diez que se mudó a Esquel para estar más cerca de sus hijos. "Siendo patagónica aprendí de todo, a encajarme en la nieve, a trabajar con animales, y eso te templa el carácter", dice esta mujer muy ligada a la montaña y el alpinismo.
Casi por casualidad se anotó en el proyecto El cielo patagónico para los abuelos de Esquel , de la Fundación Educándonos, que consiste en desarrollar un conjunto de actividades relacionadas con la enseñanza de la astronomía, para personas de la tercera edad. "A mí siempre me había atraído mirar el cielo. Viviendo en el campo tenía más tiempo y el privilegio de ver todo más nítido", cuenta Neguecha, como la apodan sus amigos.
El proyecto incluye la observación durante dos años del cielo diurno, el cielo nocturno y de la luna. Un aspecto importante de la propuesta es que apunta a que los adultos mayores compartan el proyecto con sus nietos. "Cuando se enteró mi hija que yo estaba con esto, mis parientes me pasaban recortes de cosas que salían en el diario o las revistas. También era un tema de conversación con mis nietos, lo que llevó a toda la familia a estar alrededor mío", dice.
Los asistentes se dividen en grupos para medir la luna a las 9 y a las 21, y empiezan a aprender y compartir su pasión por estos fenómenos. "Esto nos incentiva a salir a las 9, con frío y escarcha. Nos lleva a compartir, hablar y a hacernos amigos con los cuales ir a tomar el té. Cuando hay equinoccio o solsticio nos reunimos en un asadito y lo medimos", dice esta oriunda de Rawson, nieta de los primeros galeses que llegaron a la zona. El curso lo terminó en 2008, pero sigue yendo como oyente porque quiere continuar aprendiendo.
No se siente limitada por su edad ni tampoco que la traten como si lo estuviera. "Por suerte tengo bastante salud y eso me ayuda. He sido deportista y hasta 2008 iba a pileta. Ahora estoy un poco vaga", dice, a la vez que confiesa que todavía no abandona la idea de organizar un viaje a Gales para ubicar el lugar exacto de donde provienen sus ancestros.
Según un estudio realizado por Oddone, a través de un convenio entre Flacso y la Secretaría de Tercera Edad en 2000, que consistió en 1506 entrevistas domiciliarias a personas de más de 60 años, las mujeres declararon, en mayor medida, que cuidan a sus nietos y realizan tareas para el hogar. Por su parte, los hombres son principalmente los que se ocupan de hacer trámites.
Con relación al uso del tiempo libre, los varones manifestaron tener una mayor tendencia a reunirse con amigos, hacer deportes, turismo, a concurrir a los centros de jubilados y desarrollar actividad política. Las mujeres, en cambio, mostraron su preferencia por el cine, el teatro, leer, asistir al culto religioso y las actividades de voluntariado. El 28,4% asiste a instituciones, el 12,4% va regularmente a plazas y el 16,5%, a centros de jubilados.
En cuanto a su lugar en la sociedad, el 60% sostuvo que no sentía tener ninguno. Cuando tuvieron que opinar sobre qué lugar les gustaría ocupar, las respuestas más populares fueron las que apuntaban a poder ser útiles a los demás, servir como guías, consejeros, docentes, ser personas respetadas, integradas a la sociedad, reconocidas, ser parte de la familia para servirles y disfrutarlos.


Marcado por los libros
Su vida estuvo siempre marcada por los libros, desde que aprendió a leer a los 7 años con la historieta que se publicaba en la contratapa de la revista El Tony , y su cabeza se llenó de letras desordenadas. Durante 64 años fue maestro, director e inspector de escuelas, y aún hoy, a sus 89, sigue leyendo y estudiando filosofía en la Universidad Nacional del Sud, en Bahía Blanca. "Recién me jubilé en 2004, y si bien al principio extrañaba dar clases, ahora me adecué a un nuevo estilo de vida", dice Américo Mazzucca, quien tiene 3 hijas, que han seguido sus pasos en la docencia.
El es una de las 11.000 personas que asisten a los cursos que la Universidad para Adultos Mayores Integrados (Upami) ofrece para los afiliados al PAMI, en más de 30 universidades de todo el país. La oferta educativa incluye informática, reflexión, literatura, historia, idiomas, teatro, radio, alimentación saludable y periodismo, entre otros.
Tener la oportunidad de ir a la Universidad, lo hizo rejuvenecer y aprender sobre historia, historia de Bahía Blanca, diabetes y filosofía. Este año, los sábados, de 10 a 12, está haciendo la segunda parte del curso de filosofía, al que asiste con sobrado entusiasmo. "La experiencia para mí fue brillante. Tengo la suerte de encontrar excelentes profesores y hacerme una gran cantidad de amigos, porque soy muy sociable", cuenta este señor que también estudia inglés en la biblioteca de Villa Mitre.
A más tardar a las 7.30 ya está leyendo los diarios, estudiando, y dedica tres horas a contestar sus mails y trabajar en la computadora. "Con una de mis hijas que está en Estados Unidos chateamos los jueves y los domingos", dice este abuelo de 3 bisabuelo de 6.
Américo sostiene que sigue haciendo las mismas cosas que venía haciendo, pero sólo un poquito más lento. Tiene la bendición de poder seguir compartiendo su vida con su mujer, Elsa Nélida, y asegura no tener nada de lo cual arrepentirse. "La docencia me trajo todas las satisfacciones, no podría pedir más. Tengo una biblioteca muy bien provista, con más libros de los que puedo leer. Pero si me saco la lotería no la desprecio", dice con picardía.


Percepción social
"Las ideas de la disminución cognitiva de las personas de edad, las rupturas generacionales, la imposibilidad de diálogo o intereses comunes forman parte del prejuicio. Nosotros realizamos una experiencia de intercambio entre las Abuelas Leecuentos del PAMI y los alumnos de Trabajo Social de la Universidad de Luján, que derribó todas esas afirmaciones erróneas", enfatiza Gastrón.
Según la investigación Representaciones sociales sobre la vejez y su impacto en la salud de la población, realizada por la Universidad de Luján y el Conicet, entre 2001 y 2005 sobre un total de 1748 casos, para el 30% de las mujeres más jóvenes (menores de 19), la vejez comienza antes de los 59, y para el 28% a los 60. En cuanto a las actitudes hacia la vejez por parte de los adultos mayores, a medida que aumenta la edad, la actitud es más favorable. El 37% de las mujeres y el 30% de los hombres manifestaron actitud más favorable. Si se toma el nivel educativo, quienes tienen universitario completo o superior mostraron en un 50% tener una actitud favorable, mientras que sólo en un 25% fue favorable, para los que tienen primario incompleto o inferior.
"¿Nani, vos alguna vez fuiste joven?", le preguntó su nieto a Lilian Craveri, dejando en evidencia los contrastes físicos que los separan. "Y claro, pensá que él sólo me conoció así, de grande ya", dice Lilian entre risas. Tiene 79 años y en cada gesto se trasluce su filosofía de vida: hacer todo lo que le gusta. En su caso, la lista es de lo más variada y extensa, e incluye ser voluntaria de las Damas Rosadas, dedicarse a la rosicultura y la horticultura, coser, estudiar fotografía, disfrutar de su familia y viajar.
"Hago todas estas cosas para mantenerme activa. Además soy muy nerviosa, si no, caminaría por las paredes", cuenta esta mujer que nació en General Pico, La Pampa, pero vivió la mayor parte de su juventud en Baradero, provincia de Buenos Aires. Hoy vive en Palermo con uno de sus hijos, en un piso 22 y con un balcón lleno de plantas y flores.
Recibe a LA NACION en la oficina que las Damas Rosadas tienen en la Maternidad Sardá. Hace más de 26 años que se puso por primera vez su delantal rosa y sus zapatillas blancas, y nunca más los abandonó. Esta organización reúne a 427 voluntarias, que entre otras cosas, acompañan a las familias de los internados, preparan mamaderas para prematuros, realizan prendas para bebes y atienden a niños en su jardín maternal.
"En estos años hice un poco de todo: estuve en los consultorios, en las salas de internación, en Neonatología. Fui coordinadora de filial, jefa de día y ahora soy tesorera en la Maternidad Sardá. Lo lindo es estar en el hospital porque es donde tenés más satisfacciones", cuenta con un tono de voz dulce y una sonrisa amplia, la misma que luce cada vez que una persona atraviesa la puerta para hacer una consulta. "Cuando viene una mamá que no tiene qué ponerle a su hijito y vos le elegís una batita linda, no tiene precio. También nos pasa que nos tenemos que enfrentar con un montón de situaciones de vida complicadas, y eso muchas veces es difícil de llevar. Pero para eso estamos", dice convencida.
Pero su compromiso no termina en el hospital. Cuando está en su casa aprovecha sus años de ruta con su Overlock, para hacer batas para los bebes de Neonatología y sábanas. "Estoy industrializada y corto las telas con una tijera eléctrica. En 3 horas llego a hacer 12 batitas", explica orgullosa.
Una de sus grandes pasiones son las plantas y flores. Por eso se anota en cuanta actividad encuentra. "Los viernes voy a un curso de diseño floral en el Botánico y otro sobre ramos de novia", cuenta. Con la Sociedad Argentina de Horticultura, se ha ido de viaje a Marruecos, Estambul, Croacia y Guatemala.
Pocas cosas le producen tanto placer como hacer programas con sus nietos y acompañarlos en su crecimiento. "Para un cumpleaños de mi hijo le organizamos un desfile de modas y yo le hice los vestidos a mis nietas." Su próximo proyecto es preparar una celebración especial para sus 80 años, que incluirá a toda su familia. También está por empezar un curso de fotografía, para poder sacarle buenas fotos a las flores, las plantas y su familia.
Lilian se anima a todo, incluso a la computación. "Para trabajar acá, las planillas las hago en el Excell. Me regalaron un pen drive y estoy chocha que puedo llevar la información para todos lados. También me manejo mucho con los mails y averiguo cosas por Internet", relata.
No se siente una persona vieja ni le preocupa su edad. Sin embargo, prefiere que la llamen señora en vez de vieja porque le suena peyorativo. "Lo único feo de llegar a esta edad es que vas perdiendo a la gente que más querés, a tus familiares y amigos", concluye.
Desafiando todas las reglas científicas, los viejos están cada vez más jóvenes. Les sobra el tiempo para seguir aprendiendo, haciendo lo que más les gusta, y para pasar sus conocimientos y experiencias a todos aquellos dispuestos a escuchar.
Por Micaela Urdinez De la Fundación LA NACION
Contactos
Damas Rosadas :
http://www.damasrosadas.org.ar/
Upami : 0800-222-7264
Fundación Educándonos: 02945-450567
Fundación Gente Nueva:
http://www.fundaciongentenueva.org.ar/
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Ensanchar el horizonte del trabajo
Por Aldo Isuani

Las sociedades, a través del tiempo, oscilan entre la valoración que hacen de la plenitud física asociada a la juventud y la que otorgan a la experiencia/conocimiento ligados, generalmente, a las personas mayores. En sociedades gerontocráticas, el poder político reside en los ancianos sobre la base que ellos poseen el equilibrio y la experiencia necesarios, mientras que en la mayoría de las sociedades modernas, la potencia propia de la juventud es la que ocupa el escenario. En éstas, la edad avanzada es considerada una limitación. Pocas son las sociedades con la sabiduría necesaria para entender que ambas capacidades son importantes de rescatar.
En nuestras sociedades occidentales modernas se margina a los ancianos, se los condena a vivir en verdaderos guetos, casi sin contacto con niños o jóvenes; se los hace sentir inútiles y esperar la muerte como única perspectiva. Predomina la imagen que dieron en el pasado lo más valioso de su aporte a la comunidad y reciben calificaciones como clase pasiva o inactivos.
Nuestros mayores tienen experiencia, conocimientos y sensibilidad de sobra para que el resto de la sociedad los desaproveche. Para empezar a valorarlos mejor, es importante ensanchar el horizonte de lo que consideramos trabajo útil, saliendo de una visión estrecha ligada a la producción de bienes para incorporar actividades como cuidar un niño o un enfermo, infundir respeto por lo público o el medio ambiente o difundir experiencias, actividades en las que mucho pueden contribuir las personas mayores.
Por eso es importante revalorizar el papel del anciano, de sus potencialidades y del bienestar que en todos los grupos generacionales pueden brindar, si éstos redescubren dicha riqueza y si las personas mayores son estimuladas para brindarla.
El autor es profesor titular de la UBA e investigador principal del Conicet



El peligro de perder autonomía
Por Silvia Gascón

Durante el siglo XXI, por primera vez y quizá para siempre, la proporción de personas mayores de 60 años será superior a los menores de 14 años.
Si bien la mayoría de las personas envejecen con altos grados de autonomía, a medida que la edad aumenta, se incrementa la posibilidad de padecer enfermedades crónicas que producen pérdida de autonomía o discapacidades.
La fragilidad que suele acompañar a las personas a partir de los 80 años las pone en peligro de perder aquello que más estiman: su autonomía. Esto implica que hay que estar atentos a estas situaciones para poder intervenir a tiempo.
Sin embargo, son escasas las políticas y los servicios desarrollados para ofrecer a los adultos mayores y sus familias alternativas que les permitan prevenir la cadena de dificultades y limitaciones que las enfermedades crónicas traen aparejadas.
Los mayores recursos que disponen los mayores para enfrentar los problemas de dependencia son los propios y los de sus familias. La principal cuidadora de los adultos mayores es una mujer, en la mayoría de los casos la hija; en otros, las nueras, y frecuentemente otra mujer también mayor, su esposa, compañera o hermana. Poco y nada existe hasta el momento para apoyar a estas cuidadores informales, que según un estudio realizado por la OPS hace unos años en la ciudad de Buenos Aires, en un porcentaje cercano al 70%, dijeron que no podían más.
Es imprescindible establecer cuidados a lo largo de la vida, para prevenir patologías evitables, pero también reconocer un nuevo derecho: a la dependencia. Es decir, a contar sin discriminación alguna de todas las prestaciones que garanticen la atención de la salud y la plena inclusión social a lo largo de la vida.
La autora es directora de la Maestría en Gestión de Servicios de Gerontología de la Universidad Isalud.

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Incluir a los más grandes
Impulsar un cambio sobre la mirada de los adultos mayores, procurando destacar sus invalorables aportes y su insustituible rol en la sociedad, es el principal objetivo del concurso Nuestros Mayores. También busca promover el tratamiento de la temática y fortalecer a las organizaciones que ya se ocupan de ella.
A la iniciativa, presentada por HelpArgentina (www.helpargentina.org), Fundación Navarro Viola, Fundación Noble y Fundación LA NACION, se presentaron más de 104 proyectos provenientes de más de 110 organizaciones. Se seleccionaron ya los cuatro ganadores, a quienes se les podrán adjudicar premios de hasta 30.000 pesos.
Los ganadores fueron los proyectos de Integración, Calor y Calidad de Vida Sustentable, presentado por la Fundación Julio Palacios; Manos que recuerdan, ojos que ven más lejos. Buscando la tradición del trabajo y la organización social, fue presentado por la Fundación para la Inclusión Social, la Asociación contra Viento y Marea y por el Centro Cultural La Ronda; Nuestros Mayores, el Monte y sus Riquezas de la Fundación Pilotos Solidarios y Rescate de los Alimentos Ancestrales y los Productos Andinos fue presentado por la Fundación Catua en Crecimiento.
La iniciativa de la Fundación Julio Palacios, ubicada en la provincia de Neuquén, tiene como objetivo promover la integración de los adultos mayores a través de la elaboración de ecoleños.
Estos, obtenidos sobre la base de prensar papeles, cartones, hojas secas, residuos forestales, pinocha y cáscara de papas, son utilizados como combustible. Este proyecto intenta solucionar dos problemas identificados: por un lado, promover la integración de los adultos mayores, quienes podrán colaborar con la comunidad a través de la elaboración de los ecoleños. Y, por otro, permitirá menguar un problema energético y reducir la extracción de leña en forma indebida.
Las acciones que tienen previstas realizar son, primero, una campaña para reunir residuos sólidos, y luego que los integrantes del taller Amulén enseñen a los abuelos los pasos para hacer los ecoleños. Finalmente, voluntarios y adultos con capacidades diferentes organizarán la venta de ecoleños.
Manos que recuerdan, ojos que ven más lejos. Buscando la tradición del trabajo y la organización social, fue presentado por la Fundación para la Inclusión Social, la Asociación contra Viento y Marea y por el Centro Cultural La Ronda.
Estas asociaciones identificaron en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, una carencia en la generación de empleo para los jóvenes junto con una concepción negativa de la ancianidad, que asocia a los mayores con lo inútil.
Frente a esta realidad, crearon un proyecto que propone que los adultos mayores transmitan a los jóvenes su experiencia laboral en una Escuela Itinerante de Oficios de Lomas de Zamora. "Cuando los chicos se acercaban para realizar alguna actividad no sabían cómo enfrentarla, porque se habían perdido el aprendizaje de las experiencias de los mayores", explica Carlos Barrios, responsable del proyecto.
Cada adulto mayor puede optar entre 22 talleres: tejedor, alfarero, sastre, luthier, tornero y periodista. Los jóvenes documentarán lo que los ancianos les transmitan con la cámara de sus teléfonos celulares.
"Ellos mismos -afirma Barrios- expresan el valor de sus oficios como algo mucho más importante que el sueldo que reciben como ingreso. Lo perciben como un orgullo y como algo que aporta identidad."
Nuestros Mayores, el Monte y sus Riquezas es un proyecto de la Fundación Pilotos Solidarios, de Santiago del Estero, que pretende difundir los saberes culinarios de los ancianos santiagueños para reducir la malnutrición en la provincia.
Según la asociación, la globalización produjo la pérdida de costumbres alimentarias naturales. Esto se ve reflejado en la salud de los habitantes, en los que se ha detectado un incremento del riesgo de muerte temprana.
Como remedio, la fundación propone revalorizar el saber de los ancianos, que conservan aún las recetas tradicionales de la provincia. Para eso, se realizarán talleres con abuelos, padres y nietos, en los que se cosechará y cocinará en conjunto.
Como objetivo complementario, se espera también una revalorización de lo local. Desde la fundación sostienen que muchas veces se buscan soluciones foráneas a problemas simples que pueden resolverse con respuestas locales.
"Es una tarea que va más allá de lo profesional, de poner un marcapasos o arreglar una dentadura. Estamos rescatando personas y rescatándonos a nosotros mismos", explica Juan Carrera, director ejecutivo de Pilotos Solidarios. También destaca la alegría y la gratitud que la gente del Monte no duda en demostrar, a pesar de las constantes desgracias y carencias con las que viven.
Los adultos mayores capacitarán a los más jóvenes y promoverán modificaciones en la dieta de las familias. Además, se imprimirán recetas para los pobladores, que luego se entregarán en las escuelas y viviendas.
De esta manera, se espera que, al finalizar el proyecto, los ancianos sean vistos como un referente cultural y que haya mejorado la salud de los pobladores.

Alimentos exóticos
Rescate de los Alimentos Ancestrales y los Productos Andinos fue presentado por la Fundación Catua en Crecimiento, provincia de Jujuy.
Frente a la inserción de productos alimenticios exóticos, las costumbres culinarias de la zona andina han ido en detrimento. Por eso, la asociación propone recuperar la tradición, a través de la realización de cuatro talleres de cocina, que serán coordinados por "los abuelos de la comunidad".
René Jorge Gerón, que está a cargo del proyecto, sostiene que se trata de copiar una costumbre que viene de antaño: "Antes, las mujeres se juntaban para intercambiar recetas en lo que era una especie de trueque".
Asistirán a las clases las familias de la zona andina, a las que se les enseñará o recordará algunas recetas para cocinar productos típicos de la zona. Algunas de estas comidas son hicharrón con mote, charqui con cebollas, locro, calapurca, chalonas, chilcan, sango, tostado de maíz con mate cocido, ensalada de berros, mazamorras, anchi, chicha y arrope.
Asimismo, en los encuentros habrá clases teóricas en las que se buscará concienciar a la población sobre el beneficio que implica conservar las costumbres andinas. Según plantea Gerón, velar por la tradición implica mantener viva la cultura del pueblo, y permite, además, aprovechar al máximo los recursos locales para una alimentación sana.
Contactos
Fundación para la I nclusión Social:
carlosbarriossilva@yahoo.com.ar
Fundación Palacios :
fundacionjuliopalacios@yahoo.com.ar
Fundación Catua:
funcatua@yahoo.com.ar
Fundación Pilotos Solidarios:
solagerardo@pilotosolidarios.org.ar
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