domingo, 4 de marzo de 2012

¿Divertidos o felices?


Por Sergio Sinay  | Para LA NACION
Señor Sinay: En la sociedad actual se muestra el placer como lo más importante. Tengo 50 años y fui educado por padres para quienes antes del placer estaba la responsabilidad. Considero correcta esa postura, pero choco con la actual sociedad.
Renato Mentasti
RE:
La búsqueda del placer como fin en sí mismo es, efectivamente, una marcada tendencia en la cultura de lo instantáneo. La palabra divertido en todas sus formas y deformaciones copa el lenguaje y guía las conductas. Todo debe ser divertido: lo que hacemos, lo que nos contamos, los trabajos, los estudios, las conversaciones, la ropa, la comida y hasta las terapias. Se penaliza al amargo, al que no se pliega a la fiesta continua, al que prefiere otros ritmos y otras búsquedas. Hay adicción a la adrenalina (entre otras adicciones glamorosas). El filósofo Alan Watts (1915-1973) lo advertía al describir, en Vivir el presente, un mundo obsesionado por ser todos buenos, todos alegres, todos felices y por ganar sin perder, sin matices, como si habitáramos un Hollywood universal. Una suerte de Truman show, mundo artificial que sigue un guión sin dramatismo.
Diversión, en su origen latino, significa desviar. ¿Desviarse de qué? ¿Evitar encontrarse con qué? Tal como lo escribió en El hombre doliente y lo ejemplificó en numerosos textos y conferencias, Viktor Frankl pensaba que cuando el placer (al igual que el poder) se convierten en objetivos de las acciones humanas, es porque se ha frustrado o perdido la voluntad de sentido, de significado existencial, en la propia vida. Como fin último y permanente el placer, decía, es un móvil neurótico. Y muchos fines neuróticos suelen justificar los medios, cualesquiera sean.
Otra cosa es la felicidad. En su expresión más plena ella es la consecuencia de un modo de vivir, nace de logros plasmados. Decía Frankl que el ser humano no busca la felicidad, sino razones para ser feliz. Esto es tareas, vínculos, modos de vivir sus afectos y valores que, como huella de su andar, lo hagan sentir en plenitud existencial. El placer es efímero (no por eso deja de haber placeres entrañables), necesita renovarse, a menudo compulsivamente. Quizá quienes piensan como Renato optan por buscar razones para ser felices.