martes, 13 de marzo de 2012

Fe


¿En quién creer? ¿En quién confiar? ¿Cómo explicar esa sensación o fuerza interior que nos ayuda a suponer que algo o alguien superior nos permitirá superar cualquier adversidad? ¿Qué promueve esa confianza ciega, ese animarse a dejar en las manos de un otro nuestro rumbo o destino? ¿Qué y cuánto conferimos al poder de los dioses?
La fe suele estar estrictamente relacionada con la religión, con el creer (o no) en Dios. Esta es la fe más primitiva, la consensuada o conferida a una fuerza suprema o poderosa de la que no es necesario tener evidencia alguna. Creemos porque sí, porque así nos lo enseñaron, porque así lo determinamos y porque así lo sentimos.
Cuando ese Dios nos defrauda, imperiosamente precisamos sustituirlo. Es que, muy en nuestro interior, necesitamos creer, tener a quien rezarle, con quien hablar en silencio, más allá de poder hacerlo con la almohada. Es así como llegamos a entregarnos inmediatamente a la primera figura que nos ofrece confianza o, con mucha más cautela, nos disponemos a buscar a quién entregarle el mando de nuestras creencias más profundas. En esta búsqueda tan sentida, podemos, incluso, llegar a sentirnos sin fe porque nada ni nadie termina de convencernos ante tamaña decisión.
Pero la fe trasciende lo bíblico o espiritual. En otra escala, como parte de la manada, de un grupo, de una sociedad, tenemos fe en el líder, en quien se supone que sabrá decidir o cuidar de nosotros. ¿Qué nos ofrece nuestro líder? ¿Cuál es su misión? ¿Qué pretende de nosotros? ¿Por qué confiamos? ¿Qué condiciones tiene? ¿Por qué lo elegimos?
Porque necesitamos creer, amar, sentirnos queridos, incluidos, proyectarnos y trascender. Necesitamos confiar y tener fe en nuestros padres, parejas, hijos, amigos, compañeros de equipo y demás. Tener fe es pensar, suponer, sentir, tener la esperanza de que ellos nos acompañarán o que lograrán llegar a la meta tan deseada.
En este acto de fe emocional, tan terrenal y cotidiano, vale preguntarnos qué solemos esperar o pretendemos de los otros; qué retribución buscamos en el amor, en la amistad y en el trabajo; qué suponemos beneficioso o productivo para nuestros hijos, beneficioso para quién.
Responder algunas de todas estas preguntas parece ser un acto de fe para con nosotros mismos. Es renovar nuestros votos de confianza. Es estar convencido o sentirnos lo más coherentes posible con un proyecto personal auténtico.
Tengamos fe, confiemos en que sabremos ser fieles a nuestros deseos, creencias y propósitos más sentidos. Seguramente en este camino podamos estar cada día más cerca del bienestar físico y emocional.
Por Eduardo Chaktoura - psicólogo y periodista
lanacion.com