martes, 25 de octubre de 2011

Comer con toda la familia es un hábito que mejora las relaciones


Unas ricas pastas, un asado o el menú que sea. La idea es reunirse a comer con la familia y compartir ese momento en el que se enhebran historias, anécdotas y un sentimiento de unidad. Aunque parezca extraño, este tipo de encuentros no son un hábito con demasiados adeptos en todo el mundo. Sin embargo, en nuestro país, 7 de cada 10 argentinos siguen conservando la tradición de reunirse con la familia extendida, al menos una vez al mes. También es alta la cantidad de veces que padres e hijos argentinos se juntan a comer: 8 de cada 10 familias que viven en el mismo hogar comparten la mesa todos los días. Las conclusiones se desprenden del estudio “Cómo comen los argentinos”, realizado por TNS Gallup, que abarcó a 1.000 personas de todo el país.
“La familia es un modelo de estructuración de vínculos, y juntarse a comer es una costumbre muy saludable. La comida en sí misma es un festejo”, señala Harry Campos Cervera, psiquiatra y psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA).
Para Lía Ricón –psicoanalista y psiquiatra y autora del libro “Una familia suficientemente buena”– compartir la mesa “es un hábito que promueve la relación familiar y la transmisión de las pautas de vida que son privativas de cada familia”. Y agrega: “Transmitir quiere decir también discutir y escuchar los puntos de vista de todos los integrantes, especialmente de los niños y los adolescentes. Se aprenden, además, hábitos de comportamiento social como no hablar con la boca llena, por ejemplo. Y se promueve probar comidas diferentes y aceptar distintas modalidades culturales sin perder la propia”.
Claro que la mejor mesa familiar es la que se nutre de un clima cordial. “Compartir la mesa fomenta, profundiza y sostiene los vínculos afectivos con una repercusión positiva si el clima es amoroso, relajado y de diálogo. Es negativa si hay reproches y discusiones, generando hostilidad o violencia. Y será de desconexión si ‘cada uno está en lo suyo’ con la tevé, el diario, los sms o hablando por celular con el aparato sobre la mesa”, distingue Liliana Novaro, psicoanalista y psiquiatra.
María Teresa Calabrese –endocrinóloga, psiquiatra y psicoanalista– apunta que el ritual tiene algunas contras. “La tradición de la ‘familia unita’ de los domingos muchas veces terminaba siendo una obligación, cuando el domingo es el día de descanso, de contacto con los hijos, con la pareja. Hay que tener en cuenta que para armar una nueva familia sólida, es necesario liberar el vínculo estrecho con los propios padres y prestarles más atención a los chicos”.
El trabajo de TNS Gallup sirvió de base para la nueva campaña comercial de una marca de pastas. Señala que la reunión preferida es con hermanos y padres, y que la pasta ocupa un lugar especial en ese encuentro: “Se asocia al domingo, a la familia unida y refuerza el significado de unión y afectividad”, dicen en Marketing de Molinos.

Los cambios sociales se ven en la mesa familiar

Esa mesa larga y bulliciosa que reunía a la parentela completa –grandes, chicos, primos, tíos, vecinos– y que solía estar encabezada en uno de los extremos por el abuelo de la familia, quedó en el recuerdo de los argentinos. Arrancaba en el patio con un vermouth y una picada, y se coronaba con las pastas amasadas por la nonna. Fue la manera social y familiar de comer de mediados del siglo XX. Pasaron varias décadas y transformaciones culturales. Hoy las familias son más chicas, no siempre viven cerca, los hogares tienen espacios de encuentro más reducidos y pocas abuelas siguen amasando las pastas.
Muchos de estos hábitos los introdujeron en el país los italianos. “El plato convocante entre amigos y familiares dejó de ser el puchero para pasar a ser la pasta del domingo, incluso en familias o en zonas sin influencia italiana directa. El otro comer social y familiar de los argentinos –el asado del fin de semana– es una costumbre posterior a la de las pastas, porque su popularización es un fenómeno de la década del 50, paralelo a la aparición de los barrios de las afueras de Buenos Aires y otras ciudades del país”, explica el escritor y periodista Víctor Ego Ducrot en su libro “Los sabores de la Patria”.
La mesa actual está más abierta y es saludable que así sea. El grupo de protección son también los amigos y las ex parejas, dicen los especialistas. “Hay menos formalismo y también el hombre mayor dejó de ser el ‘sabio’ en la familia. Los chicos ocupan otro lugar: comen con ‘los grandes’, preguntan, emiten opiniones y son escuchados; en ambientes muy tradicionales, los chicos comían antes o en la mesa, pero en silencio”, dice la psicoanalista y psiquiatra Liliana Novaro.
clarin.com