lunes, 31 de octubre de 2011

Casi se triplicó el contagio de VIH en mayores de 45

DESPUES DE LOS 60. EL 75% DE LOS HOMBRES Y EL 40% DE LAS MUJERES MANTIENEN UNA SEXUALIDAD ACTIVA.
"El abuelo tiene sida”. El diagnóstico es demoledor, porque superpone dos mundos que parecían a años luz uno del otro. Pero está ocurriendo, y con más frecuencia de lo que se cree.
Funcionarios del Ministerio de Salud, especialistas de la Fundación Huésped y médicos del PAMI así lo confirman: los mayores de 45 años se están convirtiendo en un grupo de riesgo . Existen varias razones, pero una desencadena las demás: la aparición –diez años atrás– del sildenafil, la droga que estimula la erección o viagra en su nombre más popular.
De acuerdo con las estadísticas del Ministerio de Salud, estas personas representan el 20% de los nuevos casos de VIH que se diagnostican cada año. Una década atrás, esos diagnósticos no llegaban al 7%. Pero en 2008 ya habían aumentado al 12%.
“La tendencia se mantiene, las personas de más de 45 años con diagnóstico de VIH ha ido creciendo”, señala Carlos Falistocco, director del Programa Nacional de Sida del ministerio. Y agrega: “Es una población que no se considera en riesgo. Pero además, tampoco se han hecho campañas dirigidas a ellos, nos olvidamos que son personas sexualmente activas ”.
Patricia Patterson es investigadora de la Fundación Huésped y trabaja con los llamados “adultos mayores”: “Es fabuloso que vuelvan a tener sexo porque habla de una buena calidad de vida, el problema es que nadie les dice que ya no estamos en los años 50 y que tienen que usar preservativo”.
Lo que ocurre en la Argentina no es diferente a lo que pasa en el resto del mundo : los viejos están fuera de las campañas, pero cada vez consumen más viagra, tienen más relaciones sexuales y se infectan más. Son el grupo que más creció en los últimos diez años, según los datos que se dieron a conocer el año pasado en la XVIII Conferencia Internacional de VIH-Sida. Durante esa reunión en Viena, se presentó un estudio de la OMS que mostró que en EE.UU. la proporción de mayores de 50 años con el virus había aumentado del 20% en 2003 al 25% en 2006.
“Es una población invisible para el sistema de salud –alerta Patterson–. Ahora tienen una vida sexual más prolongada, pero al mismo tiempo no tienen incorporado el uso del preservativo. Son generaciones en las que era de “macho” llegar a casa con sífilis. Y además muchos te dicen que con el preservativo se les baja, por eso es muy difícil que lo incorporen”.
Si bien la población con VIH está envejeciendo porque la aparición, a mediados de los 90, de los medicamentos retrovirales hizo que el virus dejara de ser mortal, los especialistas coinciden en que existe un segmento al que se está olvidando. El viagra les devolvió placer, pero no fue acompañado por campañas de prevención ni médicos dispuestos a explorar en la vida sexual de sus pacientes. “ A los médicos les da vergüenza plantear cuestiones de sexualidad o proponerles que se hagan el análisis –reconoce Patterson–. Nosotros tenemos responsabilidad, mucha responsabilidad, es como si el sida no existiera en los mayores”.En la Argentina se venden unos 20 millones de pastillas para tratar la disfunción eréctil. Y aunque en teoría sólo se consiguen bajo receta, en los hechos se pueden comprar sin prescripción.
El problema es que, además, los diagnósticos llegan tarde. “No se hace el diagnóstico en forma temprana porque muchos de los síntomas están asociados a la vejez, entonces se piensa en cualquier cosa menos en que la persona tiene VIH ”, sostiene Patterson.
Cada año, en el país se diagnostican unos 5.000 nuevos casos de VIH. Es una cifra que se mantiene estable desde la aparición de los retrovirales. Pero lo que sí varía son las edades: de esas personas, mil corresponden a mayores de 45 años. Y aunque en ellos se mantiene la misma proporción de dos hombres por una mujer que se da en el resto de los grupos, en esos diagnósticos ellas suelen llevarse la peor parte. “Hay más sorpresa y preocupación entre las mujeres porque claramente no se sienten en riesgo”, señala Falistocco. Son mujeres que han dejado de preocuparse por un embarazo y que en muchos casos fueron infectadas por sus propios maridos.
“Hay un consenso en que el sida es cada vez más joven, más femenino y más pobre, pero también estamos viendo que es cada vez más grande en las mujeres. Los homosexuales, los jóvenes, tienen más conciencia, pero la mujer que siempre estuvo en su casa, que no tuvo otro hombre, es la más vulnerable”, dice Patterson.
No existen estadísticas que sirvan para examinar con mayor sutileza este fenómeno. Tampoco campañas que enseñen sobre los peligros de tener sexo sin preservativo. Lo que si existe es el número de nuevos enfermos, un número que crece día a día.

La contagió su marido, el único con quien tuvo relaciones

Hace ocho años que el marido de Mabel duerme en el cuarto de al lado. Ella hubiera querido echarlo a patadas, pero se aguantó la bronca para no dejarlo sin techo. Conviven así, sin que nadie sepa que ya no son lo que eran, sin que nadie se haya enterado que fue él quien la infectó.

Ella lo supo cuando la llamaron de la clínica donde había dejado su sangre para la operación de una prima: no servía porque tenía VIH. El mundo, entonces, se desplomó: “Se acabó todo, uno nunca piensa que te va a pasar”.
Pasaron ocho años, pero Mabel todavía siente que hay ciertas cosas que tiene que aclarar: “Yo siempre fui una mujer de mi casa, seria. Si hubiera sido una atorranta... Pero sólo me dediqué a cuidar a mis hijos”. Mabel respira profundo y agradece: “Pero bueno, me tocó y gracias a Dios y la Virgen la llevo bien”.

Tiene 62 años y es ama de casa. Familia de clase media, tres hijos, marido con trabajo estable y una vida sin sobresaltos. Así iban pasando sus días. Fueron sus hijos los que le dijeron que no había otra opción de contagio, había sido él, el único hombre con el que había tenido relaciones. Y fueron sus hijos los que le rogaron que no lo eche. “No lo pude perdonar, esto es imperdonable. Si se queda es por mis hijos, porque fue un buen padre. Pero para mí se terminó”.

Mabel y su marido viven de la ayuda que reciben de sus hijos. Poco después del diagnóstico, la empresa donde él trabajaba cerró y desde entonces está desocupado. Con la edad y el test positivo no le resulta fácil conseguir empleo. La Fundación Huésped les da los remedios y hasta ahora el virus está controlado.

Desde que conocieron el resultado del test, duermen separados. Pasan las fiestas juntos, comparten la mesa y festejan cumpleaños. Todo como sí, pero no. Mabel, como la inmensa mayoría de las personas con VIH se siente marginada. Así lo demostró la encuesta que realizó la Fundación Huésped con Onusida y que se conoció en agosto en la que nueve de cada diez infectados dijeron que el virus los estigmatizaba.

Ella no quiere fotos y pide que la llamen Mabel y no por su verdadero nombre. “Salvo mis hijos nadie sabe nada, no sé, nunca me dijeron nada, pero es por esas cosas que uno escucha, de como hablan del tema del sida...”.

El virus no discrimina por edad

En los últimos años, los mayores de 45 se convirtieron en una población a la que debemos mirar con especial atención en relación al VIH-Sida. Por un lado, los enormes avances en los tratamientos para controlar la infección mejoraron enormemente la calidad de vida de las personas que viven con el virus, cuya esperanza de vida, si son tratados a tiempo, es similar a la de aquellos que no viven con el virus. En Argentina, el 20% de las personas con VIH tienen más de 45 años.
Además de una mayor y mejor expectativa de vida entre quienes viven con VIH, se agregan otros factores que explican el fenómeno del crecimiento de casos entre esta población. Por un lado, la posibilidad de tener una vida saludable en la adultez, junto con una mayor expectativa de vida y la aparición de medicamentos que ayudan a prolongar la vida sexual activa. Por otro, esta población generalmente no se considera en riesgo, por lo que suele practicar sexo no protegido con frecuencia. Además, esta falsa percepción es muchas veces compartida por los médicos que no piensan en una posible infección por VIH entre las causas de los síntomas que sus pacientes puedan manifestarles. Muchas veces nos encontramos con casos en los que el análisis fue pedido recién cuando todas las pruebas para otras enfermedades no arrojaban resultados expliquen las dolencias del paciente.
Es importante que los médicos incorporen el VIH entre las posibles causas que expliquen el estado de salud de sus pacientes en este grupo etario y que toda aquella persona que lleva adelante una vida sexual activa utilice preservativo, independientemente de su edad. Como decimos siempre, el virus no discrimina por preferencia sexual, género o edad. Es bueno que los adultos mayores y sus médicos lo tengan presente.

La “revolución sexual” azul

Ellas van a la farmacia y lo piden con naturalidad. Lo consumen adultos mayores que buscan prolongar su vida sexual con su pareja de siempre o con mujeres jóvenes. Los adolescentes lo toman para “una buena primera vez”. El viagra es barato y hasta se puede masticar. Queda claro: revolución, independencia y libertad sexual, dones que se le atribuyen a la “pastillita azul”. Dones que van más allá de la posibilidad de una erección. “La desinhibición que tienen al pedirlo es absoluta. Y cada vez son más las mujeres que vienen a pedir Viagra”, describió Marcelo Peretta, directivo del Colegio de Farmacéuticos y Bioquímicos de la Capital Federal. En Argentina, se venden 20 millones de pastillas contra la disfunción eréctil por año, según cifras de la industria farmacéutica. El 30% de los que consumen viagra en nuestro país son adolescentes que quieren tener un debut sexual sin contratiempos. ¿Cuánto cuesta cada píldora? Un promedio de $5,46 la presentación de 0,50 miligramos. Y hay para elegir: el mercado propone 56 marcas diferentes de sildenafil, el principio activo del viagra. Es la cantidad más alta de América Latina.

La mayoría de los adultos mayores no se siente en riesgo

No existen en el país estudios que exploren el universo de las personas mayores con VIH. Las estadísticas oficiales aportan sólo el número y muestran una tendencia que crece.
La gerontóloga del PAMI Andrea Cassi fue una de los pocos médicos que se animó a investigar en profundidad el tema, impulsada por lo que veía todos los días en su consultorio: “Yo tampoco estaba mentalizada, pero empecé a ver que tenía pacientes con gonorrea, con hepatitis B y entonces me di cuenta de que como médicos no estábamos acompañando la actividad sexual del viejo”.
Si bien su estudio –presentado en la Sociedad Argentina de Gerontología y Geriatría– es de 2004, mantiene su validez porque investiga sobre ese mundo del que, según Cassi, no se habla. “En la era del viagra, ¿los médicos indagamos en la sexualidad del viejo?”, se pregunta en las conclusiones.
La investigación fue hecha en base a doscientos pacientes mayores de sesenta años. Y además de mostrar la relación con el VIH, también explica cómo es la sexualidad en los mayores.
De los cien hombres entrevistados, 75 tenían sexo activo: 55 de ellos eran casados, pero 40 no tenían relaciones con sus esposas porque ellas no querían. Es decir que ese 40% casado buscaba sexo pago o tenía amantes . Cassi asegura que con las entrevistas también descubrió que existen redes de prostitución que actúan cerca de los bancos los días de cobro de la jubilación.
En cambio, la situación de las mujeres era completamente diferente.
Sólo 40 sobre cien seguían teniendo sexo activo.
De las que no mantenían relaciones, 40 eran casadas. Sobre la posibilidad de contraer VIH, el 55% de los hombres y el 70% de las mujeres r espondió que no se consideraba un grupo de riesgo .
Pero además, el estudio apuntó al papel de los médicos y así logró determinar que sobre 150 médicos gerontólogos entrevistados, el 64% dijo que no consideraba de rutina el análisis de VIH y el 69,5% aseguró que no hacía preguntas sobre sexualidad a sus pacientes.
“Los resultados fueron sorprendentes –dice Cassi–. Hay una desinformación total, los viejos están absolutamente obviados del VIH.
La comunidad médica no tiene conciencia de esto ”.
Pero las infecciones continúan y ante cada análisis positivo lo que sigue es, según Cassi, “devastador. Ellos se creen fuera de toda posibilidad”. Y recuerda que uno de los casos más difíciles que le tocó enfrentar fue el de un hombre de 75 años que tenía VIH: “ Sentía tanta vergüenza que desapareció de su hogar sin explicación.
El hombre era de esos tanos con mandatos muy rígidos, que creía que tenía una enfermedad de putos. Me enteré por la señora y la hija, que vinieron a preguntarme si realmente tenía algún problema de salud. Pero el secreto médico me impidió contarles y tuve que explicarles que yo no podía dar detalles. La mujer cayó en una depresión grande. Fue un caso que me costó horrores manejar”.
clarin.com