domingo, 23 de octubre de 2011

Orgullo


El termómetro del orgullo puede ser una buena medida para descubrir cuán satisfechos estamos con la vida que llevamos. Tal vez resulte algo ambicioso y, bajando un poco la exigencia, al menos por hoy nos alcance con responder: ¿qué hemos hecho o logrado que nos despierte cierto sentimiento de satisfacción personal?
El buen orgullo, en definitiva, viene a darnos cuenta de un autorreconocimiento o mérito por algo propio o relacionado con uno mismo. ¿Qué logramos identificar como meta alcanzada? ¿Cuál es nuestro pequeño o gran éxito en la vida?
¿Pistas? Cientos, cada quien con la suya: una buena nota, un dibujo, un cuadro, una copa/diploma/medalla, un poema/cuento/libro, un oficio o profesión que nos dé placer o armonioso prestigio, un viaje, un árbol, un hijo...
Es un trabajo personal y silencioso. A conciencia plena. Intentando evitar los juicios y las valoraciones extremas. Sin condenar al pasado ni llorar por el tiempo que pasó. Sin dejarlo todo para mañana condenando al futuro por sobrepeso o exceso de equipaje.
Tomarse unos minutos y reflexionar sobre estas cuestiones puede ser un buen ejercicio para identificar qué hemos estado haciendo, qué habremos alcanzado y, entre otras cosas, qué es lo que andamos buscando. Tal vez nos ayude a empezar a mirar todo con más autocomplacencia, a ponernos en marcha, a reformular el plan o a resignificar nuestra escala de pretensiones.
No hay parámetros para el orgullo. Podríamos, así como con el colesterol, pensar en que hay un orgullo bueno y uno malo. El bueno, promovido por la sencillez, la modestia, la humildad, lo noble y saludable. El malo, auspiciado por la soberbia y sus miserias: la vanidad, la arrogancia, el narcisismo de pensarlo todo, exclusivamente, en torno a sus ambiciones. ¿Todo vale con tal de llegar a la meta?
El orgullo, insisto, es una de las virtudes fundamentales que propone ajustar la vara de nuestras ambiciones. Es amor propio, la autoestima justa y necesaria para definir la saludable moralidad de una vida plena.
Por Eduardo Chaktoura  
El autor es psicólogo y periodista
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