jueves, 20 de octubre de 2011

Cuando la adolescencia nos hace más inteligentes... o menos

Estudiantes adolescentes en Vitoria. | Mitxi
El cociente intelectual, la medida más común para calcular la inteligencia en escuelas o empresas, puede sufrir grandes variaciones durante la adolescencia. En sólo tres o cuatro años, un joven de inteligencia normal puede convertirse en un cerebro dotado o, por el contrario, quedarse por debajo de las habilidades medias de sus compañeros.
Un estudio dirigido desde la Universidad College de Londres (UCL) y publicado en la revista 'Nature' ha mostrado que tanto la estructura neuronal del cerebro como los resultados obtenidos en las pruebas de inteligencia cambian significativamente en algunos estudiantes, tanto entre los 12 y los 16 años como entre los 15 y los 20 años de edad.
Ambas transformaciones están asociadas positivamente, es decir, los jóvenes cuya materia gris ha crecido a lo largo de los años mejoran habitualmente sus resultados en las pruebas, y viceversa. Esta relación entre cambios neuronales y cociente intelectual significa, según los autores del trabajo, que el cerebro posee una gran plasticidad durante la adolescencia, y quizás también en la madurez.
Los investigadores, dirigidos por Cathy Price, evaluaron el cociente intelectual de 33 adolescentes sanos en 2004, al tiempo que tomaron imágenes por resonancia magnética de las áreas cerebrales asociadas tanto a la inteligencia verbal como a la inteligencia motora. Al cabo de cuatro años, repitieron las pruebas. La intención del estudio era, en principio, comprobar si los escáneres hechos en la adolescencia temprana servían para predecir el desarrollo de habilidades mentales durante los próximos años.

Imposible de predecir

Como tantas veces ha ocurrido en la ciencia, se produjo un feliz accidente. La hipótesis de partida resultó ser falsa, pero los resultados obtenidos desvelaron una realidad aún más interesante, aunque también más compleja. En efecto, hay una relación entre las estructuras neuronales que recogen los escáneres y el nivel de cociente intelectual, pero todo ello es muy maleable a lo largo del tiempo y es imposible predecir qué pasará con algunos jóvenes, si potenciarán o mermarán sus capacidades.
Lo sorprendente no fue tanto que el cociente de los adolescentes hubiera variado en estos años, pues dicho resultado podría deberse a multitud de factores, desde que estuvieran más concentrados en una u otra ocasión o que hubiesen recibido una buena (o mala) formación académica. El hecho relevante es que los diferentes resultados iban parejos a los cambios en las neuronas, visibles en las imágenes por resonancia magnética.
"Nuestros resultados muestran que la 'inteligencia', tal y como la miden los tests de cociente intelectual, está todavía formándose en los años de adolescencia", comenta la doctora Sue Ramsden, una de las autoras del estudio, a ELMUNDO.es. Por ello, y aunque el cociente intelectual puede ser un "buen indicador" del rendimiento escolar para el común de los estudiantes, siempre "habrá individuos" para los que esta regla no se cumpla.

No hay rutinas conocidas

El estudio no ha entrado a valorar cuál es la causa que puede motivar estos cambios, o de qué forma podría entrenarse al cerebro para optimizar los resultados en un futuro. "No existen rutinas que sepamos que se haya demostrado que aumentan la inteligencia", recuerda Ramsden. Sin embargo, algunos de los datos que se desprenden de la investigación han revelado cierta relación entre el trabajo escolar que desempeñan los jóvenes y las transformaciones cerebrales que experimentan.
"Es interesante destacar que los cambios se producían bien en las destrezas verbales o bien en las destrezas no verbales. Esto podría deberse a que los adolescentes se especializan en materias verbales o no verbales en la escuela", comenta Ramsden, quien recuerda que, en Inglaterra, se permite a los alumnos especializarse desde los 14 ó 15 años. "La independencia entre las destrezas verbales y no verbales no es extraña. Dependen de diferentes estructuras cerebrales".
La mejoría o el deterioro de las destrezas verbales, por tanto, está asociada a cambios estructurales en las neuronas especializadas en estas tareas, mientras que la variación de la inteligencia no verbal queda igualmente reflejada en otras áreas del cerebro. La independencia entre ambas habilidades es tal que algunos participantes mostraron un aumento de una de las dos destrezas al tiempo que experimentaban un retroceso en la otra.
elmundo.es