domingo, 24 de julio de 2011

El destino cita a Amy Winehouse


A primeras horas de la tarde, saltaba la noticia: Amy Winehouse había fallecido en un piso de Camdem, en Londres. No era la primera vez que se rumoreaba su defunción y hubo que esperar a que un portavoz de la Policía Metropolitana confirmara que sí, que el Servicio de Ambulancias recibió una llamada a las 15.54 (hora británica) pero que ya no pudo hacer nada por la cantante. Dados los antecedentes, medios y fans especulaban que se trataba de una sobredosis. Conviene esperar al informe del forense, aunque -con toda seguridad- antes nos llegaran las revelaciones de supuestos amigos.
Una de las últimas apariciones públicas de Amy ocurrió el 18 de junio, en Belgrado. No fue un buen concierto: se cayó, parecía incapaz de interpretar su repertorio y tampoco recordaba el nombre de sus músicos. El público serbio decidió que la cantante estaba borracha y se dedicó a abuchearla: el respetable huele la sangre y no perdona. Al poco, se suspendía el resto de la gira europea, que incluía una parada en Bilbao. Su oficina anunciaba que no habría nuevas actuaciones hasta que Winehouse pudiera recuperarse: otra vez el ciclo de rehabilitaciones, caídas, intentos de volver a la normalidad.
Su muerte transforma una carrera extraordinaria en una simple moraleja. Inevitablemente, eso eclipsara su papel en el redescubrimiento del soul y en el boom de las vocalistas femeninas, dos fenómenos que han cambiado el perfil de la música pop internacional. Con veinte años, ella editaba Frank (2003), un disco de querencia jazzística que compitió por el premio Mercury. Pero fue en 2006, con Back to black, cuando encontró la fórmula ganadora.
Su segundo trabajo mostraba una fascinación por el soul de los sesenta, con la autenticidad que proporcionaban los Dap-Kings, la banda que tomó prestada a la veterana vocalista neoyorquina Sharon Jones. También había rastros de exuberantes músicas jamaicanas pero lo esencial fue la construcción del personaje, con canciones desafiantes como Rehab y You know I'm not good. Amy se transformaba en una versión contemporánea de las protagonistas del repertorio de las Shangri-Las y otros girl groups, chicas atrapadas por amores complicados y enfrentadas a la moral dominante.
Paulatinamente, nos enteramos de que su imagen coincidía con su vida privada. Había un novio, luego marido, con nombre de villano: Blake Fielder-Civil. El padre, un taxista con vocación de cantante, también se convirtió en figura mediática: quería salvar a su hija de la adicción al crack, la heroína, el alcohol. Hubo broncas, visitas a la comisaría, declaraciones explosivas. El marido, dado a resolver violentamente discusiones, terminó en la cárcel y ella en una isla del Caribe, para alejarla de las malas influencias, mientras se tramitaba el divorcio. Aquello se convirtió en un reality show: se rodó un documental, luego libro, titulado Saving Amy (Salvando a Amy).
En realidad, el título más adecuado era el del segundo disco de los New York Dolls: Too much, too soon (Demasiado y demasiado pronto). Amy era un producto de la sofisticada industria inglesa del pop: entre los muchos colegios que conoció, había pasado por la BRIT School, una eficaz academia para futuras estrellas. A los 19 años, estaba bajo contrato con una discográfica, una editorial y una empresa de management. Sin embargo, no pudo aprender lo esencial: como sobrevivir a una fama repentina, de dimensiones globales, en los tiempos de la comunicación instantánea.
Durante la peor crisis de la industria musical, ella fue uno de los pilares de la multinacional Universal. La compañía hizo lo posible por estirar su arrollador éxito, publicando ediciones ampliadas tanto de Frank como de Back to black. De alguna manera, el consenso general en su círculo era que resultaría buena terapia empujarla a hacer un disco. Sus dos productores, Salaam Remi y Mark Ronson, lo intentaron pero se había evaporado la inspiración -Amy sí pudo participar en homenajes colectivos, interpretando temas ajenos- y se había perdido la motivación.
Por la brecha que ella abrió, se colaron otras cantantes británicas con educación en el soul y en el reggae: Lilly Allen, Duffy, Adele. Ellas evitaron los deslices de Amy, una chica flaquita que se vendía como despampanante sex symbol, con grandes ganas de divertirse e impermeable a las críticas. Es su desdicha que haya muerto unas semanas antes de cumplir los 28 años, lo que la sitúa de pleno en la leyenda urbana del club de los 27, el grupo de rock stars que desaparecen al llegar a esa edad.
En realidad, Amy pertenecía a otro club: era más bien la continuadora de vocalistas como Billie Holiday, Dusty Springfield, Nina Simone o Etta James. Algunas de ellas tuvieron hábitos tan peligrosos como los de Winehouse pero vivieron muchos años. En ningún libro estaba escrito que ella tuviera que morir ahora, tras hacer únicamente dos discos: cada drama tiene sus razones.

Solo dos discos

- Frank, 2003. El título de su primer álbum era un homenaje a Sinatra. El disco obtuvo un éxito notable en Reino Unido: fue platino y recibió varias nominaciones a los premios británicos Mercury . Destaca el single Stronger than me.Back to black, 2006. Supuso la consagración internacional de la artista. El disco, producido por Mark Ronson, se convirtió en triple de platino a las pocas semanas de su aparición. Winehouse compuso los diez temas del álbum. En la edición de los Grammy, ganó cinco premios de las seis candidaturas a las que optaba.

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Amy Winehouse, fiel al espíritu autodestructivo

"Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver". Amy Winehouse ha terminado por cumplir al pie de la letra con la famosa frase, atribuida popularmente a James Dean, aunque fue el actor John Derek el primero en decirla en 1949 en la película de Nicholas Ray y Humphrey Bogart Llamad a cualquier puerta. Y además lo ha hecho a la edad maldita de los 27 años, que le concede el extraño honor de pertenecer a lo que algunos han dado en llamar el Club de los 27, el grupo de jóvenes estrellas musicales que murieron a esa edad como Brian Jones, Jimi Hendrix, Jonis Joplin, Jim Morrison o Kurt Cobain.
Parecía como si su final estuviese escrito de antemano. En la única biografía publicada en España sobre la cantante, Amy Winehouse. La chica mala del pop rock, escrita por Joán Sarda y editada en 2008, se hace incluso referencia en sus primeras páginas a este ilustre club de desaparecidos, a modo de justificación por la temprana semblanza biográfica. "Nadie intentó, por ejemplo, escribir una biografía de Janis Joplin cuando triunfó con Cheap Thrills, y la cantante nacida en Texas establecida en California contaba con 25 años", escribe Sarda. También se recuerda en el libro la existencia de una web de apuestas donde muchos dudaban si la cantante británica iba a superar los fatídicos 27 años. Alguno a lo mejor se ha hecho multimillonario con tan truculenta apuesta y, mientras tanto, a decir verdad, todo el mundo esperaba que sucediese lo que ya ha sucedido. Hasta su padre, Mitch Winehouse, el taxista parlanchín que siempre ha hablado a todo micrófono que se mueva, se atrevió a anticipar su funeral para regocijo de la prensa amarilla.
Este es el aliento que ha rodeado la vida de una cantante que había dejado de ser noticia por su música soul (neo-soul que empezaron a llamar los fanáticos de las etiquetas comerciales) en detrimento de sus idas y venidas a los centros de desintoxicación y la suspensión de cada vez más conciertos por su lamentable estado de salud. La "muñeca rota del soul", como la calificaron algunos medios anglosajones en cuanto saltaron a las noticias sus escándalos, coincide con Joplin o Morrison no solo en su edad sino también en tener un final precedido por la autodestrucción, su compañera de viaje desde que se dio a conocer en 2004 con su disco Frank. Con su espectacular moño y sus numerosos tatuajes por el cuerpo, Winehouse es la última representante del live fast, die young, fielmente caracterizada mejor que nadie por Sid Vicious, integrante de Sex Pistols. Es decir, existencia frenética y excesiva, impulsada por el consumo de droga, en el mundo del pop-rock que acaba de forma trágica y muy temprana. El binomio drogas-música ha alumbrado grandes obras artísticas, siendo motor creativo de muchos grupos y compositores desde la irrupción paralela del jazz y de la marihuana hasta el rock psicodélico y el LSD, pero también ha sido el detonante definitivo para el adiós de muchos, como los del Club de los 27.
Bill Wyman, exbajista de los Rolling Stones, decía de Brian Jones que era el "inventor e inspirador de los Stones". Fundador y guitarrista, Jones había significado como nadie la actitud de la contracultura del rock a mediados de los sesenta con su pertenencia a los Stones y una inmersión sin límites en las drogas. Apareció muerto en la piscina de su casa en julio de 1969. A Jones le siguió Jimi Hendrix, el mejor guitarrista de la historia del rock, que murió en septiembre de 1970 en Londres por una mezcla de somníferos y alcohol. Joplin apareció sin vida en octubre de ese año en el hotel Landmark de Los Angeles tras sufrir una intoxicación de heroína y morfina a causa de una sobredosis. Su cuerpo permaneció desnudo en el suelo de la habitación unas 16 horas hasta que lo encontraron. Jim Morrison murió en la bañera de un hotel de París después de que su compañera Pamela le suministrara sus últimas rayas de heroína. Kurt Cobain, que también había sufrido sobredosis de heroína y vivió atormentado, apareció muerto en abril de 1994 en una habitación encima de su garaje tras dispararse con una pistola. Dejó escrita una nota con el verso de una canción de Neil Young: "Es mejor quemarse que apagarse lentamente".
Ese fuego incontrolado ardía dentro de Winehouse, de la que hemos vivido casi en directo su decadencia mortal. Al igual que con las muertes de cualquiera de ese club de los 27, no tardarán en llegar las conspiraciones de su fallecimiento. Los monstruos de la prensa amarilla británica se encargarán de ello porque tenían en ella un filón. De hecho, el tabloide News of the World, cerrado recientemente por los escándalos de las escuchas ilegales y que a finales de los sesenta se hizo eco del consumo de drogas de los Stones, se alimentó hasta sus últimos días de su trágica caída. Cualquier cosa era válida. Según se cuenta en su biografía, Winehouse, que formaba parte de ese circo sobredimensionado y caprichoso formado por Kate Moss, Pete Doherty o Kelly Osbourne, se reía de todo ello pero no podía evitar ser víctima. Tal vez, por eso, se fijó en Billie Holiday como una referencia que transcendía lo artístico a lo vital. "Es como dicen. Ningún maldito episodio es como el negocio del espectáculo. Había que sonreír para no vomitar", decía la grandísima vocalista de jazz que también fue consumida por las drogas.
Mil veces escuchada en la radio (y lo que queda a partir de ahora), la canción Rehab, el éxito con el que saltó a la fama mundial, era autobiográfica de Winehouse. Era el relato de la visita que la cantante realizó a un centro de desintoxicación. El "Ray" que aparece en la primera estrofa no es otro que Ray Charles, a cuyos discos acudió Amy en esa etapa dominada por la depresión causada por el abandono de su polémico marido Blake Fielder-Civil. Ray Charles pasó por la autodestrucción pero logró sobrevivir. Winehouse no ha tenido tanta suerte. O no la quiso.
Como un icono excesivo de nuestros tiempos, auspiciados por la publicidad y el sensacionalismo, Amy Winehouse queda hoy como la última célebre aniquiladora del tiempo, en referencia a la obra de El perseguidor de Julio Cortázar, escrito en homenaje a la fugaz y obsesiva existencia de Charlie Parker, adicto a la heroína e impulsor del bebop con su saxo que buscaba constantemente la belleza del jazz. "Poder vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes, de esa manía de los minutos y de pasado mañana...", escribía Cortázar. La cantante de Back to Black vivía mil veces más de lo que podía vivir tras resucitar supuestamente el soul para unos, ser portada de todos los tabloides, el producto más rentable de una gran discográfica y dedicarse a reconstruir a base de güisquis y cocaína un espíritu roto en pedazos.
Lejos de ser un consuelo, podrá poner en su tumba lo que pone en la inscripción griega de la placa de bronce de la lápida de Jim Morrison en el cementerio parisino de Pére Lachaise: "Fiel a su propio espíritu".
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